Justo en el corazón de Ciudad de México, la Zona Rosa es indudablemente uno de los barrios más icónicos que hay en la capital mexicana. Pero, dependiendo de a quién le preguntes, todos tendrán diferentes razones para explicar exactamente por qué. Este es un barrio temperamental, por decir lo menos. A lo largo de la historia se ha ido adecuando a las particularidades de los muy diversos grupos de residentes que lo han habitado. Desde millonarios burgueses en su origen hasta una actualidad marcada por la gentrificación, además de la comunidad coreana más grande de México.
En realidad, la versión más memorable de la Zona Rosa se remonta a los años ochenta, cuando se convirtió en el centro de reunión absoluto para la comunidad gay en Ciudad de México. En pleno cenit de una de las épocas más restrictivas entre las buenas conciencias de la sociedad mexicana, ciertos bares y antros del barrio encontraron un resquicio de tolerancia, aderezado por algunas de las mejores fiestas que la ciudad recuerda.

La Zona Rosa conserva su esencia diversa, pero se ha extendido a rasgos multiculturales. Entre la vida nocturna y la histórica arquitectura porfiriana, ahora se leen letreros con caracteres hangeul y se pueden escuchar conversaciones en coreano. Podría parecer una fabricación comercial para aprovechar la abrumadora –y muy lucrativa– K-wave, a raíz de que, justamente, todo lo relacionado con la cultura del país asiático se ha puesto de moda entre un grupo demográfico muy específico de adolescentes que no sólo idolatran a sus boy bands, sino que quieren sumergirse por completo en esta cultura.
Pero “el pequeño Seúl” de la Zona Rosa es auténtico, al menos en una buena medida. Quizá, a diferencia de otros ejemplos en el mundo u otras minorías dentro de la propia ciudad, la diáspora ha sido discreta y progresiva. Ciertamente no es numerosa: la población de origen coreano en Ciudad de México se calcula en alrededor de 13,000 personas, de las cuales 5,000 se concentran precisamente en la Zona Rosa. Tampoco es del todo antigua. Aunque hay registros de la llegada de migrantes coreanos a la ciudad desde principios del siglo XX, en realidad ha sido en las últimas décadas, desde mediados de los ochenta, que esta comunidad realmente se ha asentado dentro de los límites de las calles de Hamburgo, Florencia, Sevilla o Biarritz.

Su prosperidad podría estar relacionada con el establecimiento paralelo de grandes empresas coreanas de tecnología en la ciudad o explicarse como un proceso migratorio interrumpido que en realidad debió haber culminado en Estados Unidos. Sin importar cuál sea la razón, es una comunidad con una retención cultural muy particular, que ha conservado sus costumbres prácticamente intactas a pesar de la distancia. De hecho, de acuerdo con una encuesta realizada por Berkeley en 2018, sólo 20% de los residentes coreanos de la Zona Rosa habla y entiende español en un nivel avanzado. Sin embargo, cuando las conversaciones están destinadas a fallar por la barrera del idioma, hay otras formas de establecer diálogos. Lo mejor es empezar con la cocina.
Un platillo: BBQ
Junto con el kimchi, quizá esta sea la joya de la corona de la gastronomía coreana. Pero, el BBQ coreano no es como cualquier otro BBQ; en realidad tiene un componente lúdico, casi ritual, que justamente lo hace un platillo tan especial. Básicamente se trata de una serie de ingredientes, que pueden ir desde carne y pollo hasta algunas verduras y chiles, que llegan crudos al comensal, para que pueda cocinarlos a su gusto en su propia mesa, equipada con una parrilla al centro, además de una chimenea tubular que desciende desde el techo para evitar que el lugar se llene de humo.
Este tipo de restaurantes abunda en la Zona Rosa, algunos con mayor autenticidad que otros. Goguinara, en la calle de Génova, es una de las opciones de mayor tradición para sumergirse en este ritual de manera auténtica.

Continúa la ruta gastronómica
Justo a un costado del centro financiero y muchos de los sitios turísticos más importantes de Ciudad de México, la Zona Rosa también es regentada todos los días por oleadas de oficinistas y curiosos hambrientos. Esto también ha derivado en una oferta culinaria de dudosa calidad y autenticidad que más vale evitar. Pero, ¿cómo saberlo? Dos buenos consejos que quizá todos los viajeros intuyan: los restaurantes respaldados por su sabor no tienen nada que probar con letreros despampanantes en sus entradas y no hay mejor indicio para distinguir la autenticidad que las mesas de un lugar ocupadas sólo por locales.
De apariencia discreta, sólo reconocible por un letrero en coreano sobre la calle de Florencia, Mink So Chon es un imperdible del barrio. En la carta predomina el alfabeto hangeul, con una pequeña explicación en español sobre los platillos que vas a ordenar, en caso de que algún perdido entre sin saber a dónde ha llegado y no tenga que arriesgarse a pedir a ciegas. Las opciones van desde clásicos reconocibles, como bimbap y kimchi, hasta desconocidas recetas de fideos de arroz picante y verduras.

Cerca de ahí, en la calle de Liverpool, se esconde otro de los secretos mejor guardados: Mapo GalBi. Literalmente oculto en el medio sótano de lo que parece un edificio abandonado, el restaurante es atendido y frecuentado por coreanos que le dan ese sello de autenticidad necesario entre tantas otras ofertas que podrían ser más llamativas, pero no igual de buenas. Hay que abrir bien los ojos para dar con estos lugares en la Zona Rosa; la autenticidad abunda incluso en cosas tan simples como un supermercado. En el Good People, en la calle de Hamburgo, llenan sus anaqueles con productos importados, mercancía de K-pop o arroceras, además de que puedes comer ahí mismo.
Momiji para el skincare
Quizá una de las tendencias más importantes de la K-wave en todo el mundo sean los productos de skincare importados de Corea. Si no estás familiarizado con el fenómeno, lo único que tienes que saber es que allá se toman muy en serio todo lo relacionado con cosméticos, ya que producen algunos de los mejores productos que se pueden encontrar en todo el mundo, sobre todo especializados en aquellas pieles sensibles.
Desde 2016, cuando apenas era un emprendimiento joven, Momiji empezó a importar a México muchas de las marcas más exitosas del K-beauty, por lo que tuvo un éxito rotundo en muy poco tiempo e incluso estableció su propia línea de producto. La mejor prueba es su café/showroom justamente en la Zona Rosa. No sólo es un espacio para probar y conocer más todo sobre este culto a la belleza y el cuidado de la piel, sino también para tomarte un boba tea, otro de los grandes íconos coreanos que han empezado a tomar fuerza por todo el mundo.
