Lisboa

El Museo Calouste Gulbenkian vuelve a abrir en Lisboa

Una visita infravalorada de la capital portuguesa que abre sus puertas después de una profunda renovación.

POR: Iker Jáuregui

El Museo Calouste Gulbenkian siempre ha sido una experiencia infravalorada en Lisboa. Rodeado por los jardines de la Fundación, su edificio de hormigón, piedra y grandes ventanales fue concebido en los años sesenta para que arquitectura, arte y naturaleza convivieran en un mismo recorrido. Ahora, después de un año y medio cerrado, vuelve a recibir visitantes con una renovación que actualiza sus instalaciones sin borrar la identidad del proyecto original.

La historia comienza mucho antes. Calouste Sarkis Gulbenkian, empresario y coleccionista nacido en Constantinopla en 1869, reunió durante más de medio siglo unas 6.000 piezas que abarcan desde el Antiguo Egipto hasta la Europa del siglo XX. En su testamento de 1953 dejó establecido que la colección debía permanecer reunida y que Lisboa sería su destino. En 1960 llegaron a Portugal 6.440 obras y, después de pasar temporalmente por el Palacio de los Marqueses de Pombal, encontraron su casa definitiva. El museo fue inaugurado el 2 de octubre de 1969, coincidiendo con el centenario del nacimiento de su fundador.

Más de cinco décadas después, la remodelación ha buscado precisamente eso: conservar el espíritu del museo y prepararlo para el futuro. El proyecto, coordinado arquitectónicamente por Teresa Nunes da Ponte, recuperó elementos de la concepción original y actualizó sistemas de climatización, iluminación, seguridad y conservación. También se revisó la presentación de las obras y se incorporó un nuevo Gabinete de Numismática, hasta ahora reservado principalmente a investigadores, que permite acercarse a la extraordinaria colección de monedas griegas de Gulbenkian.

Y ahí está buena parte del atractivo. El recorrido propone un viaje de más de 5.000 años: empieza en Egipto y atraviesa Mesopotamia, Grecia, Roma, el mundo islámico, Armenia, China y Japón antes de llegar al arte europeo. Entre las paradas imprescindibles están las pinturas de Rembrandt, Rubens, Turner, Manet, Degas, Renoir y Monet, además de esculturas de Rodin y una excepcional colección de artes decorativas francesas.

Pero quizá ningún espacio resume mejor el gusto del coleccionista que la sala dedicada a René Lalique. Gulbenkian adquirió directamente del artista cerca de 200 piezas —joyas, objetos de vidrio y dibujos— y llegó a considerar su obra una de las partes más especiales de su colección. Después de la renovación, esta sala vuelve a ocupar un lugar destacado en el recorrido.

Visitar el Gulbenkian ahora es, por tanto, algo más que volver a ver una colección extraordinaria: es descubrir cómo un museo concebido hace más de medio siglo puede actualizarse sin perder aquello que lo hizo especial. En Lisboa, pocas pausas culturales tienen un escenario semejante.

 
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