Pocas cosas logran esa clase de ubicuidad. Los blue jeans, los tenis blancos, los lápices hexagonales de madera amarilla, una botella de Coca-Cola. Objetos capaces de cruzar idiomas, fronteras y costumbres sin necesidad de presentación. El negroni pertenece a esa rara categoría: productos que, de tan universales, terminan por convertirse en una forma de lenguaje común. Y por eso vale la pena preguntarse cómo llegaron hasta ahí.
Su éxito es difícil de explicar. Objetivamente, no sabe bien la primera vez que lo pruebas; más bien es un gusto adquirido. Es muy amargo, dulce y alto en contenido alcohólico. Más que conquistar de inmediato, exige cierta práctica. Tal vez su éxito se pueda explicar como un triunfo de la mercadotecnia. O quizá todo se deba a la precisión casi matemática de su receta: una parte de ginebra, una parte de vermut y una parte de Campari. También podría deberse a que estos ingredientes son shelf-stable y, por lo tanto, el coctel se puede recrear sin depender de productos frescos o de temporada. No necesita cítricos recién exprimidos, frutas estacionales ni preparaciones que envejecen mal.

Lo que sí es, definitivamente: un hito del mundo de la coctelería. Un coctel bastante simple, creado hace más de cien años, que ha viajado a lo largo del tiempo y las fronteras para estar disponible en casi cualquier lugar.
Su historia comienza en el norte de Italia, con el conde Camillo Negroni, nacido en 1868. No se conoce mucho de este personaje, pero se sabe que viajó por el mundo. Estaba fascinado con el oeste estadounidense, con los vaqueros y sus costumbres; en particular, con la forma en que consumían hard liquor.
Cuando llega la Ley Seca a Estados Unidos, alrededor de 1919, el conde vuelve a Florencia. En esa época están de moda el Milano-Torino, preparado con vermut rojo y Campari en partes iguales, y el Americano, que es básicamente lo mismo, pero con un poquito de agua con gas.
Al regresar de sus viajes, el conde va a su bar de confianza, el Casoni, y pide un coctel. Como quiere algo más fuerte, solicita que sustituyan el agua con gas por ginebra. Negroni era un socialité, así que su creación se pone de moda y otros clientes empiezan a decir: “Yo quiero lo que toma Negroni”.

Así comienza el recorrido de este icónico coctel… o, por lo menos, eso dice la leyenda urbana, nunca comprobada. Algunos descendientes de la familia Negroni y varios historiadores de la coctelería han puesto en duda la existencia del conde y el origen exacto de la receta.
Lo cierto es que, con el paso de las décadas, el nombre comienza a aparecer en libros de coctelería y manuales técnicos para bartenders. En 1947, el actor y director Orson Welles contribuye a la leyenda con una frase que se vuelve célebre: “El amargo es excelente para el hígado; la ginebra es mala para ti. Se equilibran”.
El fenómeno moderno del negroni está ligado al renacimiento de la coctelería clásica de los años dos mil, especialmente en ciudades como Nueva York y Londres.

Hoy es un coctel al alcance de todos: en tu bar de confianza, en la comodidad de tu casa o en la barra de un restaurante cuya carta tiene un sinfín de ingredientes irreconocibles. El negroni es, a la vez, un coctel sofisticado y universal.
Y, gracias a su sencillez, cualquiera de nosotros puede hacer su propia versión. Mientras se mantenga la estructura básica de partes iguales y se conserven dos de los tres ingredientes, técnicamente cualquiera puede crear su interpretación personal y participar en este fenómeno cultural.
La mía, por ejemplo, lleva: una parte de ginebra Tanqueray, una parte de vermut rojo Dolin y una parte de Cynar (un amaro de alcachofa que, en mi versión, reemplaza al Campari).
Hablo en partes porque la idea es que cualquiera pueda preparar su versión sin necesitar un equipo profesional. Basta un vasito o una tapa que tengas a la mano para medir los ingredientes.
¿Cómo prepararlo? En un vaso con mucho hielo, agrega los ingredientes y revuelve hasta alcanzar una dilución aproximada de 25%. Es decir, si pusiste tres caballitos, después de revolver con hielo deberías tener el equivalente a tres caballitos y tres cuartos. Sirve con hielo nuevo y un twist de naranja.