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El arte del buen escribir

El bolígrafo, ese objeto tan común en nuestra vida diaria, también puede ser un especializado objeto de diseño, con una tradición de excelencia y elegancia que se remonta siglos atrás.

POR: Iker Jáuregui

Nunca me ha atraído particularmente el brillo de lujos como la joyería o la moda. Honestamente, tampoco cedo a muchos caprichos materiales, pero últimamente me he sorprendido fascinado frente a los aparadores de plumas de alta gama, incluso contemplo seriamente introducirme en ese costoso mundillo de híper nicho.

Al final siempre logro entrar en razón y salir con las manos vacías, pero he de decir que cada vez me cuesta más trabajo no ceder. Lo único que en última instancia me hace meter el freno de mano y dar media vuelta es una voz interior más pragmática, que se cuestiona la utilidad de la hipotética inversión. “Si al fin y al cabo ya ni siquiera escribes en papel”, me digo.

Supongo que es un argumento al que muchos otros, como yo, tienen que recurrir para ahogar sus impulsos consumistas. Pero también supongo que de eso se trata el lujo. De un deseo que supera cualquier criterio de utilidad o practicidad y que, francamente, carece de cualquier tipo de lógica o explicación.

Yo simplemente gravito hacia las plumas y no me explico por qué me gustan tanto, pero la realidad es que son el resultado de un muy especializado proceso artesanal que tiene como misión lograr la mejor caligrafía posible. Hay una comunidad de tamaño considerable que se dedica a apreciar bolígrafos con ciertas cualidades y que puede servir para encontrarle sentido a esta atracción que por ahora no puedo poner en palabras.

Se trata de una labor en la que convergen artesanía, ingeniería y diseño. Porque, aunque una pluma pueda parecer un objeto sencillo, esconde un universo de precisión mecánica y tradición manufacturera. Fabricar un instrumento de escritura de alta gama requiere decenas de procesos y, en muchos casos, horas de trabajo manual que justifican su condición de objeto de lujo.

La historia de estas piezas se remonta siglos atrás. Las antiguas plumas de inmersión, que debían mojarse constantemente en un tintero, fueron el principal instrumento de escritura hasta el siglo XIX. La revolución llegó con la pluma estilográfica, capaz de almacenar su propia tinta gracias a un depósito interno. A partir de entonces surgieron algunos de los grandes nombres de la industria: la alemana Montblanc, fundada en 1906; la italiana Aurora, nacida en Turín en 1919, o la histórica Parker, responsable de algunos de los modelos más influyentes del siglo XX.

La fabricación de una pluma de lujo comienza con la selección de los materiales. Resinas raras, ebonita, celulosa, titanio o incluso plata y oro son habituales en las ediciones más exclusivas. El corazón de la pieza es el plumín, generalmente elaborado con oro de 14 o 18 quilates y rematado con una diminuta esfera de iridio o aleaciones ultrarresistentes que reducen el desgaste.

La magia, sin embargo, está en el ajuste. El alimentador –la pieza que regula el paso de la tinta– debe calibrarse con una precisión microscópica para lograr un flujo constante. Demasiada tinta y el trazo se vuelve incontrolable; muy poca y la escritura se interrumpe. Por eso, muchas casas siguen confiando en artesanos especializados que afinan cada plumín de manera individual antes de que la pieza llegue al usuario.

Alemania y Japón son dos de los principales guardianes de este oficio. En ciudades como Hamburgo o Hannover sobreviven tradiciones de manufactura basadas en la precisión industrial y la excelencia técnica. Marcas como Pelikan o Lamy han perfeccionado sistemas de pistón y diseños funcionales que hoy son referencia para coleccionistas. La icónica Lamy Safari, por ejemplo, es considerada una de las mejores puertas de entrada al mundo de las estilográficas. En Japón, la escritura se relaciona de manera estrecha con el arte de la caligrafía. Firmas como Sailor y Pentel han desarrollado plumines extraordinariamente precisos y acabados que reflejan la atención al detalle característica de la artesanía japonesa.

No todos los instrumentos de escritura cumplen la misma función. La pluma estilográfica utiliza tinta líquida y ofrece una experiencia suave y expresiva, ideal para quienes disfrutan la escritura pausada o la caligrafía. Una rollerball emplea una tinta más fluida que la de un bolígrafo convencional, logrando un trazo intenso y cómodo para el uso diario. Una ballpoint, o bolígrafo de punta esférica, usa tinta más viscosa, es práctica y requiere poco mantenimiento. El lápiz mecánico, por su parte, se ha convertido en el favorito de arquitectos y diseñadores gracias a la precisión de sus trazos y la posibilidad de corregir fácilmente.

El rasgo común entre toda esta variedad de modelos es la búsqueda de la excelencia. Sus características, sus proporciones y sus materiales varían únicamente al servicio del trazo, un arte que cada día cae en mayor desuso, pero que siempre permanecerá afincado en una eterna necesidad humana por escribir como una extensión de la personalidad.

 
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