Una visita a Panamá

Un viaje por la exagerada capital futurista de Centroamérica.

06 Aug 2019

¿Qué significa panamax? Es una clase de barcos con una medida máxima estandarizada para que puedan cruzar el Canal de Panamá.

En mayo de 2001 le prometí a mi amiga Valerie que iría a visitarla a Panamá. Pasaron 12 años para que cumpliera mi promesa. Pero la cumplí. Aterricé en el aeropuerto de Tocumen una mañana calurosa pero nublada, y ya desde el aire me había quedado sin palabras. Mientras el avión se acercaba a la ciudad, por el mar, los barcos en miniatura habían empezado a aparecer allá abajo, en las aguas del Pacífico. De 20 a 100, de 100 a miles. Y al fondo una ciudad que más que latina parecía china. La barrera de los rascacielos que bordean el mar me dio la bienvenida a la capital del país más estrecho de continente.

Shanghai versión Caribe

La gran mayoría de los viajeros que vienen a Panamá lo hacen por negocios, y posiblemente no salgan nunca de ciudad de Panamá. Pero es suficiente. Transitar por el Corredor Sur, desde el aeropuerto hasta la Avenida Balboa, explica por qué Panamá no es como los demás. Aquí se ve y se siente el dinero que ha dejado el canal en cada uno de los rascacielos que se eleva a lo largo de Costa del Este y en Punta Paitilla.  Un poco más adelante se encuentra la boca de entrada al Canal.

Una vez instalada, era la hora del reencuentro, y como sucede en cualquier ciudad donde el coche es el rey, mi amiga pasó a buscarme en una camioneta más bien gigantesca de alguna marca asiática que ahora no recuerdo. Recorremos las calles de la ciudad tapada de tráfico mientras platicamos de todo lo que ha pasado en los últimos años. Descubro entre el paisaje de concreto una torre y concluyo, en dos segundos, que es el edificio más feo que he visto jamás. Se trata de una estructura de cuadros apilados a manera de sacacorchos y recubierta en un horroroso vidrio entintado en azul. En lo más alto, una punta blanca corona la monstruosidad. Es la peor interpretación galáctica que he tenido la fortuna de ver. Saco el cuerpo por la ventana para intentar llevarme alguna foto de recuerdo. Originalmente se llamaba Torre Revolution.

Esa noche, después de cenar intento explorar el centro de la ciudad con un grupo de entusiastas colombianos. En Panamá, el juego es legal y esta zona está llena de casinos. Intentamos primero en el del Marriot Panama, pero el ambiente es muy tranquilo y queremos más movimiento. Cruzamos la Vía España con rumbo al hotel Veneto, famoso por su gran casino pero el éxito aquí es contraproducente. Las dos chicas del grupo no tardamos en entender que la gran mayoría de las mujeres que están aquí no vienen a divertirse sino a trabajar. Por el bien de todos descartamos la idea del casino y optamos por un local árabe que mi amiga me había recomendado antes: Beirut. El calor es insoportable, incluso a las 11 de la noche. Nos sentamos en la terraza, bebemos Balboa y Panamá, las dos cervezas nacionales, y platicamos aguantando el clima tórrido.

Al Valle

Por suerte, parte de mi paseo por Panamá incluye escaparse del calor. Salimos temprano de la ciudad rumbo al Valle de Antón, 600 metros más arriba de la ciudad. En el camino pasamos Coronado, la playa donde vienen a descansar los panameños el fin de semana, y Quesos Chela, la parada más importante del camino. este último es un localito sencillo, al borde de la carretera y junto a una gasolinera donde absolutamente todo el mundo que sale al interior del país hace una escala. Nos bajamos del coche desconcertados y nos encontramos con que aquí, en efecto, se vende queso pero también empanadas, panes dulces y un extraño brebaje de maíz llamado chicheme. Y aunque no me había despertado pensando en un festín de quesos frescos, no tuve ningún reparo en hacerlo. Con el hambre apaciguada seguimos hacia el Valle.

Aunque Panamá ha crecido bastante en cuanto a turismo en los últimos años, la industria es todavía rústica y eso se nota en el Valle de Antón. La vegetación aquí es completamente verde y exuberante, y a los estadounidenses, sobre todo, les apasiona venir hasta acá en busca de pájaros. También hay mucho turismo local, pues aquí es adonde viene la gente de la ciudad buscando un poco de paz y mucha naturaleza.

Nuestra parada se llama Chorro El Macho y es un pequeño parque donde se puede hacer una ruta entre la selva. Está también la opción de hacer canopy entre los árboles o la de bañarse en una alberca natural que se crea a partir del chorro de agua que le da nombre al lugar. Estando aquí, uno sí se siente en cualquier país latino, y los gigantescos rascacielos de la ciudad parecen más lejos que nunca.

Ese día visitamos también un zoológico más bien rústico y unas aguas termales con poca infraestructura. Después comemos en un local que se encuentra en medio del campo abierto y que ofrece gastronomía alemana. Y es que Panamá es un país con muchísima inmigración y hay de todo: desde griegos hasta colombianos, pasando por franceses, estadounidenses, italianos, venezolanos e incluso una gran comunidad de judíos, a la que pertenece mi amiga.

Nuestro paseo en el Valle termina en la playa, para ser más exactos en Buenaventura. Aquí, una poderosa familia panameña levantó hace un tiempo un hotel, que antes era el Bristol Buenaventura. Aunque independiente, la propiedad bien podía competir con la de cualquier gran cadena internacional y no obstante que el hotel tenía éxito entre los turistas internos, la falta de una marca global hacía difícil que tuviera una proyección en el extranjero. Hace unos meses, Marriot se quedó con la operación de la propiedad y la convirtió en un JW, su versión más top. El hotel es un paraíso gigantesco con un club de playa inmenso, un campo de golf y una serie de canales que conectan el hotel con las villas privadas. Aquí, aunque sea playa, recuerdo de nuevo que estoy en Panamá y que un canal es suficiente para cambiar el rumbo de un país. Disfrutamos de la playa y del calor que dentro de una alberca ya no es ninguna tortura. Y si bien el lado más espectacular de Panamá está en las playas del Atlántico, en Bocas del Toro, agradezco que a menos de dos horas de la capital exista éste no tan pequeño remanso de paz.

Las esclusas de Miraflores

De vuelta en ciudad de Panamá me queda un asunto pendiente: el canal. Encuentro a mi amiga en su departamento, en una de las gigantescas torres que miran hacia el mar sobre la avenida Balboa. Pese a que el plan es ir al canal, nuestra prioridad es la plática y tardamos un buen rato de salir de su casa. Desde el balcón miro la bahía, que en realidad es un golfo, y vuelvo a impresionarme de lo espectacular que es esta ciudad. Desde aquí arriba se aprecian los cargueros que esperan su turno para cruzar de un océano a otro.

Salimos a la calle finalmente y me sorprendo porque en 15 minutos estamos en las esclusas de Miraflores (¡y yo que pensaba que era un excursión de todo un día!). El canal conecta el Caribe con el Pacífico a través de una vía de navegación de 78 kilómetros. Hay tres juegos de esclusas a lo largo del camino, y las de Miraflores son las que se encuentran más cerca de la ciudad. Después viene la de Pedro Miguel y mucho más adelante, casi saliendo al Atlántico, están las de Gatún. Es de aquel lado donde se encuentra Colón, y la Zona Libre de Colón (la segunda más grande del mundo) hacia donde todos los días viajan muchos para trabajar.

Como no soy la única curiosa que quiere ver el canal, hay aquí un museo de sitio y espacio para que los visitantes se asomen a ver pasar los barcos por las esclusas. Y aunque no suelen gustarme los museos de sitio, confieso que éste me resulta interesante. Leer sobre la hazaña que fue construir esta obra de ingeniería y estar en ella es emocionante. Salimos al mirador en la última planta y, ahí, debajo de nosotros están las esclusas de Miraflores con un pequeño catamarán que está cruzando hacia el Pacífico. Valerie me cuenta de la ceremonia de devolución del canal, a la que vino cuando era chica. Era 31 de diciembre de 1999. Fue a partir de entonces que todo cambió para Panamá. Cuando los estadounidenses devolvieron el canal, y el dinero empezó a quedarse aquí.

Un barco, para cruzar por el canal, debe pagar una cuota de hasta 300 mil dólares. La cifra suena exorbitante, pero hay que pensar que la otra opción, la única, sería bajar hasta el Estrecho de Magallanes. Este atajo vale cada centavo y los barcos hacen fila por días para cruzar por él. La parte más complicada del canal no es hacer pasar los barcos por entre un pedazo de tierra, lagos y ríos, sino compensar las distintas alturas durante el recorrido, para eso justamente sirven las esclusas, pues funcionan como elevadores. Y para asegurarse que los barcos puedan transitar por este sistema hay incluso un tamaño estandarizado llamado Panamax. Cuando la ampliación del canal se concluya, en 2015, barcos de otras dimensiones podrán utilizar el canal, el New Panamax, y no sólo eso, los cinco mil millones de dólares que costará el proyecto ayudarán a incrementar el tráfico hasta por 25 por ciento.

Terminamos el paseo en la vieja Panamá, la parte colonial de la ciudad. Hasta hace poco tiempo tierra de nadie, finalmente a alguien se le ocurrió que era un desperdicio no recuperar el barrio y ha empezado a cobrar vida de nuevo. Recuerda un poco a Cartagena de Indias pero, a diferencia de Cartagena, aquí casi no hay gente en las calles. Tal vez sea el calor. Tal vez todo el mundo prefirió alguna vez mudarse a las grandes torres de Paitilla. Pero parece que todo va a cambiar. Hay muchos planes para Panamá y lo que sobra es dinero.

Después de comer es hora de despedirnos. Me voy feliz por haber cumplido mi promesa de venir algún día. Mientras vuelo de vuelta, pienso en lo que dejé atrás. Panamá es el país de las excepciones. Todo aquí se sale de las reglas. A diferencia de otros países centroamericanos, Panamá es muy rico. A diferencia de otras ciudades, aquí la arquitectura no recuerda al tercer mundo sino a Miami. En lugar de pesos, hay dólares. Panamá no es otra ciudad en Centroamérica. Es un extraño pedacito de tierra que conecta dos mares y dos regiones. No hay nada común en Panamá.

Guía práctica

Dónde dormir

Calle 52 y Ricardo Arias, Área Bancaria, Ciudad de Panamá

T. +(507) 210 9100

Avenida Aquilino de la Guardia, Ciudad de Panamá

T. +(507) 264 0000

340 Calle 3ª, Buenaventura, Río Hato

T. +(507) 908 3333

Avenida B y Calle 8, San Felipe

T. +(507) 262 4030

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