48 horas en Albuquerque

Dos días alcanzan para asomarse a la historia de Albuquerque, pasear en globo sobre el Río Grande y admirar las Montañas Sandía.

03 Nov 2017

Más de uno llega a Nuevo México imaginando una versión extraña del país con el que comparte medio nombre, pero basta con un primer vistazo para saber que, fuera de los 288 kilómetros de frontera, amor loco por los chiles y alguaciles de apellidos Márquez, Ramírez y Martínez, poco tiene que ver con su viejo pariente.

Raramente se escucha español en las calles, aunque sí abundan referencias de ‘mexicanidad’ en las tiendas de souvenirs, que venden camisetas de la Virgen de Guadalupe, bolsas de Frida Kahlo, figuritas del Día de Muertos y trenzas de chiles rojos para colgar.

Día uno

Por la mañana

La cordillera de tonos rojos y rosas (de ahí el nombre Sandía) que delimita la ciudad al este, cautiva como para ser la primera parada. Pero antes de aventurarse por la naturaleza habrá que cumplir con la tarea de historia.

Muchos new mexicans, o neomexicanos, sugieren empezar por el Old Town, donde están algunos de los edificios más antiguos del estado como la iglesia de San Felipe de Neri, que data de 1719, y otras residencias con casi 300 años de antigüedad que ahora albergan cafeterías y boutiques.

Para abarcar una ruta más larga, la bicicleta es buena opción. Frente a la iglesia, Routes Rentals and Tours ofrece bicicletas de montaña, híbridas, urbanas y tandem. Quien tenga más tiempo libre puede contratar el New Mexico Chile Bike Tour, para probar gastronomía local, salsas y especias por sólo 50 dólares, o alguno de sus otros tours para rodar entre cervecerías y viñedos.

A lo largo de todo el camino predominan construcciones de uno o dos niveles, muchas de ellas de adobe o materiales que simulan serlo, con muros anchos y de esquinas redondeadas, desagües en el techo que apuntan a la calle y vigas de madera que no fungen como sostén, sino como mero adorno.

Esta arquitectura, endémica del estado, se conoce como Pueblo Style; mezcla rasgos distintivos de las misiones franciscanas y de las casas Navajo, Apache y Acoma −los primeros habitantes de estas tierras− y facciones de las primeras construcciones del virreinato novohispano.

Por la tarde

Luego de pedalear un par de kilómetros al oeste, se llega al Río Grande (conocido en México como Río Bravo). De ahí, una ciclopista conecta al sur con museos y el BioPark, que alberga un acuario, un jardín botánico, un zoológico y un lago.

Para pasar la tarde, a unos ocho kilómetros hacia el norte (media hora de pedaleo), está Casa Rondeña Winery, que ofrece catas de sus etiquetas basadas en cabernet franc y sauvignon, merlot, syrah y petit verdot.

Los últimos rayos de sol iluminan la bodega, donde, entre barriles de roble americano, los visitantes prueban quesos y jamones con los tintos y blancos, disfrutando el paisaje de hileras de vid y una iglesia de adobe al fondo.

Día dos

Por la mañana

La agenda del primer día no fue estricta, pero en la segunda jornada el despertador debe activarse a las cinco de la mañana. Para admirar por completo los tonos que ofrece el vuelo aerostático, hay que ganarle por al menos unos minutos al amanecer.

Compañías como Rainbow Ryders, que cuenta con globos para entre dos y 14 personas, llaman a los pasajeros unos días antes para confirmar la hora exacta de encuentro y despegue. El personal cuida a detalle la seguridad de los pasajeros, desde cómo acomodan cada lazo y lona del globo, lo llenan primero de aire frío con ventiladores y después con los quemadores calientan el aire para paulatinamente ponerlo vertical.

En ese momento los visitantes suben a la canastilla y comienza el viaje. Patrick, piloto de globo, avión y helicóptero, explica que Albuquerque, por condiciones geográficas (estar entre montañas, desierto y el río), recibe vientos en distintas direcciones dependiendo de la altura, lo que permite dirigir verdaderamente y no sólo dejarse llevar.

Según dice, son pocas las ciudades donde esto puede hacerse. Desde las alturas pueden verse las casitas color café, montañas color sandía, álamos amarillos y brillantes campos de golf. Una hora después del amanecer, el aterrizaje es suave y se celebra, siempre, con vino blanco espumoso.

Por la tarde

El remate perfecto para un día de paisajes lo brinda la gastronomía: solomillo de ternera en el elegante Antiquity Restaurant del Old Town, queso asado con chile verde en The Grove o burritos de cerdo en La Salita, con salsa verde caliente, difícil de comer pero imposible dejar de hacerlo.

  • Rainbow Ryders. 5601 Eagle Rock Ave. T. +1 (505) 823 1111

Dónde comer

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