Postales de Kioto

Si Japón deja a cualquiera con la boca abierta, en Kioto más.

27 Oct 2017

    Nuestro guía se llama Aki. Es un hombre mayor, bajito, un poco panzón, con boina, que viste una chamarra gris y lleva unos lentes amplios. “Good morning”,dice con acento estadounidense. Se parece a Mister Miyagi de Karate Kid. Subimos a un coche negro que nos lleva por la ciudad. Aki empieza con su cantaleta de guía, es decir, habla de la fundación de Kioto, de la importancia cultural, del gran número de templos que tiene, pero pronto el aire se llena de su aliento a noodles, a ajo, a sushi, a qué sé yo. Me aguanto y disfruto del paseo.

 

   Aki nos da datos impresionantes, como que Kioto tiene 1700 templos budistas y 300 sintoístas. Es la ciudad de los templos de Japón. Y nos dice que está hermanada con Guadalajara, que él conoce, pues ha ido 10 veces a México. Pero nos pregunta cómo se llama esa bebida alcohólica de México. “Tequila”, le contesto, incrédulo, y me pongo a dudar de él.

 

Aki lleva 35 años de guía respondiendo a preguntas básicas que le hacen los extranjeros, como nosotros, sobre samuráis y geishas. Nos explica que “las geishas no eran y no son prostitutas, eran mujeres dedicadas al arte, a entretener, sabían de literatura, canto, danza, música”. Luego nos lleva al barrio de Gion, conocido por ser el distrito donde viven y trabajan las geishas.

 

El origen del barrio data del siglo xv, y ahora se aprecian algunas casas de té, y sobre todo restaurantes y pequeñas tiendas. Aki nos muestra donde ocurre la novela de Memorias de una geisha. Nos señala un pequeño puente que cruza un canal, el lugar donde el escritor estadounidense Arthur Golden, según él, se inspiró para escribir el libro. Incluso nos sugiere que nos pongamos ahí, en el puente, para que nos tome una foto. Y nosotros, como turistas obedientes, le hacemos caso.

 

El famoso jardín de las rocas en Ryōan-ji 

    “¿Por qué es tan famoso este jardín?”, le pregunto a Aki. “Porque en 1975 vino una inglesa que luego habló mucho de este lugar a periodistas, a mucha gente”, responde. “¿Y quién era?”. “Isabel II, la reina de Inglaterra”, dice, con una sonrisa de niño que juega con una adivinanza. El jardín de las rocas es uno de los jardines secos, conocidos como karesansui, más visitados de Japón. Se encuentra dentro del templo zen Ryōan-ji, que significa el Templo del Dragón Pacífico y, para ser más preciso, se sitúa frente al salón Hojo. En la entrada, uno debe quitarse los zapatos, igual que en todos los templos zen que visité en Japón. Y luego, uno se calza unas chanclas de plástico color crema.

 

    Frente al jardín, lo primero que respiro es tranquilidad. Fue construido en el siglo XV y ha sido durante años un sitio de meditación de los monjes zen. El jardín es rectangular y contiene 15 piedras que, como meteoritos, parecen haber caído del cielo sobre esta arena rastrillada; las piedras tienen a su alrededor un poco de musgo, que es lo único verde del jardín. Me siento con las piernas estiradas y Aki me corrige para que quede en posición de loto. Sin embargo, me tuerzo. Aki, a su edad (tal vez tenga 70 años), sí lo logra. Sonríe orgulloso.

 

   Divertido, estoy a punto de decirle: “Wax on, wax off”, tal como en Karate Kid, pero mejor contemplo las piedras. Las veo. Son de tamaño mediano, como costales de cemento. El tiempo parece detenerse, como si me estuviera hipnotizando. Minutos después salimos sin decir nada. Eso sí, hemos ganado minutos de silencio, y yo, por mi poca flexibilidad al sentarme en posición de loto, me llevo algo de dolor en las piernas.

 

El Pabellón Dorado: un imán para la vista

   El Pabellón Dorado es un templo de tres pisos, construido de madera, cubierto de oro, y mira a un gran estanque. Su belleza está en su color, su entorno de agua y frondosos árboles. Data de finales del siglo XIV, fue la villa de descanso del shogun Ashikaga Yoshimitsu y después su hijo la convirtió en templo zen. Karine, Aki y yo lo observamos del otro lado del estanque, debajo de nuestros paraguas, pues es un día nublado y cae una lluvia leve, un chipichipi.

 

   A pesar del clima, el templo brilla con intensidad, como si adentro hubiera una gran lámpara. Aki nos cuenta que las paredes de madera tienen varias capas de oro, y hace cálculos de lo que pueden pesar. Habla para sí en japonés y luego sonriendo dice el peso de las paredes. Ahí guardan figuras antiguas de Buda, pero no se puede entrar a verlas. Nos dirigimos rumbo al pabellón. Caminamos lentamente con nuestros paraguas, mientras Aki señala que se ha quemado tres veces.

 

   La última vez fue en los años cincuenta, por culpa de un monje zen que sufría de tuberculosis y estaba mal de la cabeza. Lo que vemos fue reconstruido en 1955. También nos dice que a finales de los ochenta se le puso una nueva capa de oro. Habla de esto mientras nos acercamos imantados por su color oro, como mosquitos atraídos por una intensa luz en la noche.

 

Los venados “come galletas” de Nara

   “No traffic —dice Aki—. No holiday, people working”. Avanzamos en un día soleado de diciembre por una cómoda autopista, sin coches. Llegamos pronto a Nara, capital de Japón en el siglo viii, conocida por su parque donde abundan venados libres y por su diversidad de templos, considerada Patrimonio de la Humanidad por la unesco. El templo más sobresaliente es el budista, Tōdai-ji, el Gran Templo Oriental.

 

Primero visitamos el parque, paseamos por un camino de piedra, y me sorprende ver a tantos venados sueltos cerca de la gente. La especie es el ciervo sica (Cervus nippon). Karine y yo nos miramos, felices. Fascinado, contemplo una escena única: un niño japonés con una galleta en la mano junto a un venado y su padre tomándole una foto. De repente se acercan tres venados más, y el más grande de éstos, con el doble de altura del niño, se lleva la galleta de una mordida. Casi le arranca la mano. El pobre niño llora, asustadísimo.

 

Su padre muy sonriente se acerca a abrazarlo, como si hubiera sido una broma. Saco mi cámara para fotografiar un venado, pero uno de estos animales cree que mi cámara es una galleta, y casi me la arrebata de un mordisco. Me alejo, asustado, igual que el niño. Y para mi desgracia, piso un montículo de bolitas. Es caca de venado pegada a mi suela. Rápido, bajo a un riachuelo para limpiarme el zapato. Luego subo, más tranquilo, pero no encuentro a Karine. Aki me dice que se fue a una tienda. La buscamos en las tienditas de postales y demás souvenirs sin éxito. ¡Malditos venados! ¿Se habría refugiado en el coche? ¿Se habrá subido a un árbol, protegiéndose de estos venados? ¿Estará haciendo otra compra, más lejos, quizás de una escultura de ciervos sica?

 

Alcanzo a ver un letrero que señala: “Peligro. Los venados de Nara son animales salvajes. Ocasionalmente pueden atacar a las personas, por favor ten cuidado”. Y abajo aparecen dibujos de un venado tumbando a una viejita con bastón. Al ver esto, miro con más temor a estos animales y guardo mi cámara en mi bolsillo. Aki y yo esquivamos un par de ciervos y nos dirigimos rumbo al templo Tōdai-ji. Por fin, encontramos a Karine, muy campante, sana y salva, alzando su brazo en forma de saludo en la entrada del templo.

 

El templo de madera más grande del mundo

   Creo estar viendo la película El señor de los anillos o alguna con semejante mundo de fantasía, y que este enorme inmueble, en forma de pagoda, es irreal y que pronto alguien apagará el proyector. Pero no. Tōdai-ji es el templo de madera más grande del mundo. Mide 57 metros de largo, 50 de ancho y 48 de alto. Es budista y se le conoce como el Gran Templo Oriental. La primera versión se construyó en el siglo xiii, y era tres veces más grande, pero se incendió. ¿Cómo podría ser tan grande? Difícil imaginar que en aquella época se levantara algo así. Y pienso en Notre Dame o en la Catedral de Bourges o hasta en la Catedral de la ciudad de México, y en el número de personas que dedicaron su vida a levantar estos inmensos templos.

 

El Tōdai-ji de ahora es la versión de principios del siglo xviii. Es magnífico, espectacular, gigantesco, desmedido. Tomo fotos sin parar, como si fuera un japonés frente a la Torre Eiffel. Nos acercamos al gran pórtico, y ya estando próximos a la entrada, dudo si ponerme de rodillas, como si estuviera en la Basílica de Guadalupe. Ahí nos topamos con un gran recipiente metálico de donde brota incienso, y empujo un poco de este aromático humo hacía mí, para recibir las bendiciones, la buena fortuna.

 

Adentro nos recibe una gran estatua de Buda. Es un Daibutsu (Gran Buda), fundida en bronce, que mide 15 metros, y está sentada en posición de loto. Ésta es la estatua de bronce del Buda Vairocana más grande del mundo. Para entender mejor las dimensiones de esta inmensa escultura, cabe señalar que la cabeza mide un poco más de cinco metros de alto y la estatua pesa unas 500 toneladas. Aki dice que fue construida por 2.6 millones de personas, en una época que Japón tenía cinco millones de habitantes. En eso Aki exagera.

 

Más tarde verifico el dato, y se trata de una leyenda que las guías también mencionan. “Y no eran esclavos, se les pagaba”, añade Aki, orgulloso, sin decir la palabra “leyenda”. Rodeamos por dentro la escultura, y en la parte de atrás, nos topamos con una fila de personas. “¿Qué hacen?”, pregunto. Aki, esperando mi pregunta, me explica que se forman para pasar agachadas por el hoyo de un pilar de madera para recibir la bendición de la iluminación en su próxima vida o que puedan tener, simplemente,  buena suerte. Dice que fue un error de la construcción, y que esta creencia surgió mucho después. Incluso él, de niño, sus hijos y ahora sus nietos, han realizado este ritual. Miro mi barriga y digo: “¡Yo ya no puedo!”. Reímos.

 

Las murallas del Castillo Nijō 

   Su gran fortaleza y su amplia fosa le dan un aspecto muy medieval. El Castillo Nijō, ubicado en el centro de Kioto, fue construido como residencia para los shogunes de Tokugawa, a principios del siglo XVII. Esta visita la hacemos sin Aki, y cuando llegamos, el vendedor de entradas nos dice que sólo podemos acceder a los jardines y pasear por sus murallas, pues el castillo está en remodelación. Karine y yo decidimos entrar ya que estamos aquí, y al unísono respondemos hai (sí) con una leve inclinación y luego un arigato (gracias).

 

Me llaman la atención las murallas formadas por grandes piedras que parecen falsas y me recuerdan al filme Los siete samuráis, de Akira Kurosawa. Nos subimos a una torre de la muralla. Mientras vemos la brumosa vista desde ahí, se oye una melodía de arpas, ya que cada 50 metros hay un poste con una bocina. “Me gusta mucho esta música”, dice Karine y esboza una sonrisa. La abrazo y le digo que a mí también me gusta esta melodía de arpas y cuerdas, que no sé qué es.

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