Estados Unidos

San Francisco, barrio por barrio: la ciudad que cambia en cada esquina

¿Cuántas ciudades caben en San Francisco? La respuesta está en sus barrios, tan diversos entre ellos y cada uno igual de esencial para armar el rompecabezas de la ciudad.

POR: Paulina Espinosa

Muchas ciudades son reconocibles por un edificio. París tiene la Torre Eiffel. Nueva York, el Empire State. Chicago, su arquitectura vertical. San Francisco, en cambio, resulta mucho más difícil de resumir en una sola imagen.

Sí, está el puente Golden Gate. También los cable cars que suben y bajan por colinas imposibles, las Painted Ladies frente a Alamo Square y la isla de Alcatraz, que aparece flotando entre la neblina. Postales que todos conocemos incluso antes de llegar. Pero basta pasar un par de días recorriéndola para entender que ninguna de ellas explica realmente la ciudad.

San Francisco se descubre caminando o en bici. Y, sobre todo, cambiando de barrio. Aquí no hay una identidad única. En apenas unos kilómetros conviven comunidades italianas que llevan más de un siglo preparando espressos y pasta fresca, calles donde nació el movimiento hippie, uno de los barrios LGBTQ+ más importantes del mundo, edificios victorianos que sobrevivieron al terremoto de 1906, museos de arte contemporáneo que miran hacia el futuro y, a menos de una hora del centro, bosques donde las secuoyas llevan siglos creciendo.

La ciudad siempre vuelve al agua

Antes de ser la capital tecnológica del mundo, San Francisco fue un puerto. Durante la Fiebre del Oro de 1849, miles de personas desembarcaron aquí con la esperanza de cambiar su vida. En pocos años, un pequeño asentamiento se convirtió en una ciudad cosmopolita donde convivían comerciantes chinos, marineros italianos, empresarios europeos, buscadores de oro mexicanos y aventureros estadounidenses.

La bahía fue el punto de encuentro de todas esas culturas. Y más de siglo y medio después sigue marcando el ritmo de la ciudad. Al caminar por Embarcadero se ven ferris que cruzan continuamente hacia Oakland o Sausalito, corredores que aprovechan la brisa de la mañana y mercados donde los productores del norte de California venden algunos de los mejores ingredientes del país.

Muy cerca se encuentra uno de los edificios más queridos por los habitantes locales: el Ferry. Su enorme torre del reloj ha sido durante décadas un símbolo del puerto y hoy alberga uno de los mercados gastronómicos más interesantes de California.

En lugar de cadenas internacionales, aquí predominan pequeños productores: pan elaborado con masa madre, quesos provenientes de Sonoma, ostras recién abiertas, aceite de oliva, miel local, vinos del cercano valle de Napa y cafés tostados apenas unos kilómetros más al norte. Es el lugar perfecto para entender por qué California presume una de las despensas más privilegiadas del mundo. Más que un mercado, funciona como una carta de presentación de la región.

Union Square: el lado más cosmopolita

Desde Fisherman’s Wharf tomamos uno de los históricos cable cars rumbo a Union Square. Siento que hay algo profundamente nostálgico en estos tranvías, no sé si por sentirme en El diario de la princesa o por imaginar desde hace cuánto existen.

Su sistema mecánico prácticamente no ha cambiado desde finales del siglo XIX y es una de las pocas redes de transporte por cable que sobreviven en el mundo. El trayecto obliga a subir pendientes que parecen imposibles mientras aparecen, entre una colina y otra, algunas de las mejores vistas de la bahía.

Union Square representa otra cara de San Francisco. Aquí predominan hoteles históricos, teatros, boutiques de lujo, galerías y edificios que recuerdan el crecimiento económico que experimentó la ciudad después del terremoto de 1906. Es una zona elegante y muy diferente del ambiente relajado que se respira junto al agua. Pero como ocurre constantemente en San Francisco, basta caminar unos cuantos minutos para sentir que todo cambia otra vez.

Pacific Heights: elegancia con vista a la bahía

Pacific Heights es mi barrio favorito. Ofrece una de las mejores vistas de San Francisco. Sus calles, construidas sobre una de las colinas más altas de la ciudad, están bordeadas por mansiones victorianas y eduardianas que reflejan la prosperidad de finales del siglo XIX, desde donde es increíble ver a lo lejos la bahía y el puente Golden Gate.

Caminar por Fillmore Street, entre boutiques, cafeterías (Jane es imperdible, ya que tiene paninis recién hechos o ensaladas, perfectos para un brunch) y galerías, permite descubrir un lado más tranquilo y local de la ciudad. A pocos minutos se encuentra Alamo Square, donde las famosas Painted Ladies se han convertido en uno de los símbolos arquitectónicos de San Francisco. Con el skyline del distrito financiero de fondo, estas casas victorianas recuerdan que la ciudad conserva una de las colecciones de arquitectura histórica mejor preservadas de Estados Unidos.

SOMA: donde el pasado industrial se encontró con Silicon Valley

South of Market, conocido simplemente como SOMA, resume la transformación que ha vivido San Francisco durante las últimas décadas. Hace no mucho tiempo, este era un barrio de fábricas, almacenes y talleres ferroviarios.

Hoy, esas mismas construcciones industriales albergan galerías de arte, oficinas de empresas tecnológicas, restaurantes de autor, cafeterías y espacios creativos. En medio de este escenario aparece el San Francisco Museum of Modern Art (SFMOMA).

Más que un museo, funciona como un reflejo del barrio. Su arquitectura contemporánea rompe con el paisaje victoriano que caracteriza otras zonas de la ciudad y su colección reúne algunas de las obras más importantes del arte moderno internacional. Warhol convive con Calder. Rothko comparte espacio con Frida Kahlo y Diego Rivera. Es un museo que invita tanto a observar como a participar.

Pero el vínculo entre Frida y San Francisco va mucho más allá de las salas del museo. Empezó en 1930, cuando una joven mexicana de apenas 23 años llegó a la ciudad acompañando al muralista más famoso de su tiempo. Para el mundo todavía era simplemente la esposa de Diego Rivera. Nadie imaginaba que, décadas después, su nombre se convertiría en uno de los más importantes de la historia del arte.

Frida llegó cuando Diego Rivera fue invitado por el arquitecto Timothy Pflueger para realizar un mural en la entonces Bolsa de Valores de San Francisco. Era 1930 y, mientras la ciudad seguía reinventándose después del devastador terremoto de 1906, Frida también comenzaba, poco a poco, a construir una identidad propia. Aquí conoció una comunidad artística abierta, cosmopolita y profundamente curiosa, para la cual su personalidad llamaba tanto la atención como los murales de Diego.

Fue durante esta primera estancia que comenzó a dejar de ser únicamente la compañera de Diego Rivera para convertirse en una artista reconocida por méritos propios. Mientras él dedicaba jornadas enteras al mural The Making of a Fresco Showing the Building of a City, ella recorría galerías, asistía a reuniones organizadas por coleccionistas y conocía a figuras clave de la escena cultural de la ciudad.

Entre ellas estaba Albert Bender, uno de los mecenas más importantes de la costa oeste, quien fue de los primeros en interesarse por su pintura cuando todavía casi nadie conocía su nombre. También fue aquí donde nació una amistad que la acompañaría durante el resto de su vida: la del doctor Leo Eloesser, cirujano y humanista que terminaría convirtiéndose en mucho más que su médico. San Francisco no sólo le abrió puertas en el mundo del arte, también le regaló a personas que permanecerían a su lado hasta el final.

North Beach: un rincón italiano frente al Pacífico

Después de la modernidad llega la tradición. North Beach podría confundirse con un pequeño barrio europeo. Las terrazas ocupan las banquetas. Las cafeterías sirven espressos desde muy temprano. Las panaderías llenan las calles con su aroma a pan recién horneado. Y las pláticas, muchas veces, todavía mezclan inglés e italiano.

Durante finales del siglo XIX, miles de inmigrantes italianos encontraron aquí un nuevo hogar. Con ellos llegaron las trattorias, las panaderías, las delicatessen y una cultura gastronómica que permanece viva más de cien años después. Sin embargo, North Beach no sólo pertenece a la historia italiana, también fue el corazón de la generación Beat. Es imposible caminar por Columbus Avenue sin recordar a Jack Kerouac, Allen Ginsberg o Lawrence Ferlinghetti, escritores que transformaron la literatura estadounidense desde los cafés y las librerías del barrio.

Todavía se percibe ese espíritu bohemio. Entre las paradas obligadas destaca Café Zoetrope, propiedad del director Francis Coppola. El restaurante funciona como una extensión de su universo cinematográfico. Fotografías de filmaciones, vinos elaborados por la familia Coppola y una cocina italiana sencilla pero deliciosa, inspirada en las recetas familiares.

Jackson Square: el San Francisco que sobrevivió al terremoto

Jackson Square conserva edificios del siglo XIX que lograron sobrevivir al devastador terremoto de 1906. Caminar por sus calles adoquinadas produce la sensación de retroceder en el tiempo. Hoy, las antiguas bodegas albergan galerías, estudios de diseño, tiendas de antigüedades y oficinas de arquitectura.

Haight-Ashbury: donde una generación quiso cambiar el mundo

Si hay un barrio capaz de resumir una época completa, ese es Haight-Ashbury. Aquí ocurrió el Summer of Love de 1967. Miles de jóvenes llegaron buscando construir una sociedad basada en la paz, la libertad y la creatividad.

La música llenaba las calles. Los murales comenzaron a cubrir las fachadas. Los colores sustituyeron a la formalidad. Aunque han pasado varias décadas, el barrio sigue conservando gran parte de esa identidad. Las tiendas de discos sobreviven. Los locales de ropa vintage conviven con cafeterías independientes. Y todavía es posible encontrar músicos tocando en las esquinas con banderas hippies. Más que un museo del movimiento hippie, Haight-Ashbury es un espacio profundamente creativo.

Castro: un barrio que transformó la historia

Pocas comunidades han influido tanto en la historia contemporánea de Estados Unidos como Castro. Las banderas arcoíris aparecen prácticamente en cada esquina. Sin embargo, el barrio va mucho más allá de su imagen. Aquí vivió Harvey Milk. Aquí se organizaron algunos de los movimientos más importantes por los derechos de la comunidad LGBTQ+. Y aquí la diversidad dejó de ser un discurso para convertirse en parte del paisaje cotidiano.

Caminar por Castro nos recuerda que San Francisco siempre ha sido una ciudad dispuesta a reinventarse. Una ciudad donde distintas generaciones han encontrado el espacio para expresar quiénes son, desafiar las reglas establecidas y construir nuevas formas de comunidad.

Cruzar el Golden Gate

Después de recorrer la ciudad, el viaje cambia completamente de escenario. Atravesar el puente Golden Gate nunca deja de impresionar y más si lo haces en bicicleta (Dandyhorse SF Bike Rentals & Tours hace los mejores recorridos). Su color International Orange contrasta con la neblina que suele envolver la bahía, conocida por los locales como Karl the Fog, y convierte el recorrido en uno de los grandes rituales de cualquier visita.

Al otro lado aparece Sausalito. Si San Francisco vive mirando hacia arriba, Sausalito mira hacia el mar. Aquí, las galerías de arte sustituyen a los edificios y las terrazas invitan a pasar horas observando los veleros.

Muy cerca espera uno de los lugares más impresionantes del norte de California: Muir Woods National Monument. Las secuoyas alcanzan alturas superiores a los 70 metros y algunas comenzaron a crecer mucho antes de la llegada de los primeros europeos a América. El silencio domina el recorrido. La luz apenas consigue atravesar las copas de los árboles. Y durante unos minutos resulta fácil olvidar que una de las ciudades más importantes del país se encuentra a menos de una hora.

Cuando cae la noche

Las noches también cuentan una historia diferente. Un martini en Café de la Presse, con su aire de brasserie parisina. Una cena en Boudin Bistro para probar el famoso sourdough que ha dado fama internacional al pan de San Francisco. Y, para terminar, jazz en Local Edition, un bar escondido en el sótano del histórico edificio del periódico The Examiner, donde hoy está una de las mejores barras de la ciudad.

Antes de despedirse de San Francisco hay una última parada que ayuda a cerrar el círculo. En el SFMOMA se conserva una pequeña pintura que, vista con calma, resume todo este viaje: Frida and Diego Rivera, realizada durante la estancia de la pareja en California.

A simple vista parece un retrato de dos artistas. Diego ocupa buena parte de la imagen vestido como muralista, mientras que Frida permanece a su lado con la serenidad que caracterizaría muchos de sus autorretratos. Sin embargo, basta acercarse para descubrir que la historia está escrita al pie de la obra:

Aquí nos ven, yo, Frida Kahlo, con mi queridísimo esposo Diego Rivera. Pinté estos cuadros en la encantadora ciudad de San Francisco, California…

Puede parecer un detalle mínimo, pero en 1931 era toda una declaración. La joven que había llegado acompañando al artista más famoso de México acababa de firmar una obra con su propio nombre. Todavía faltaban años para Las dos Fridas, La columna rota o Autorretrato con collar de espinas. Todavía nadie imaginaba que se convertiría en un símbolo universal. Pero la artista ya estaba ahí. Y, de alguna manera, comenzó a revelarse entre las calles de San Francisco.

Y creo que la mayor riqueza de esta ciudad está en la mezcla. En esa capacidad de pasar del arte contemporáneo a la historia mexicana, de un espresso italiano a una caminata entre secuoyas gigantes, de un barrio que cambió la cultura pop a otro que transformó la lucha por los derechos civiles.

 
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