Four Seasons Hotel at The Surf Club: un Miami más tranquilo
Four Seasons Hotel at The Surf Club es un destino por sí mismo. Y una vez que se llega ahí… dan ganas de no dejarlo nunca más.
POR: Mary Gaby Hubard
Hay hoteles que funcionan como base para explorar una ciudad. Y hay otros que, sin proponérselo demasiado, terminan como el lugar donde uno quiere pasar todo el viaje. Four Seasons Hotel at The Surf Club pertenece a esa segunda categoría.
Está en Surfside, al norte de Miami Beach, y la diferencia se siente desde que uno llega. La ciudad sigue cerca –las tiendas de Bal Harbour Shops están a unos minutos–, pero el ritmo cambia. Menos tráfico, menos música saliendo de los bares, más mar. Es una distancia corta en el mapa, pero suficiente para que el día tenga otro tiempo. Quizá por eso el Surf Club es uno de esos lugares por los que viajamos. No sólo para quedarnos en Miami, sino para quedarnos aquí.
La historia ayuda a entenderlo. The Surf Club abrió en 1930, en la víspera de Año Nuevo, como un club social privado frente al mar. El edificio original –diseñado por el arquitecto Russell T. Pancoast– fue durante décadas punto de encuentro de figuras influyentes de la política, el cine y la vida cultural de Estados Unidos.
Ese edificio aún es el corazón de la propiedad. A su alrededor se levantan hoy las torres contemporáneas diseñadas por Richard Meier, mientras que los interiores del diseñador francés Joseph Dirand mantienen una estética clara y precisa: mármol pálido, madera, líneas limpias y grandes ventanales que dejan entrar la luz del Atlántico.
La operación está a cargo de Four Seasons Hotels and Resorts, que tomó el espíritu del club original y lo tradujo en un hotel contemporáneo sin borrar su historia. Pero lo que realmente define al Surf Club no es sólo su arquitectura o su pasado sino el ritmo de los días.
Aquí, el plan se arma casi solo. Empieza temprano, cuando todavía no hace tanto calor. Una hora en la cancha de tenis. Después, una caminata larga por la playa. Esta parte de la costa es distinta de la de South Beach: más abierta, más tranquila, perfecta para caminar sin prisa.
El resto de la mañana suele dividirse entre las piscinas; el hotel tiene tres: una frente al mar sólo para adultos, otra familiar y una más íntima entre las históricas cabañas frente al océano, que retoman una tradición del Surf Club original.
Luego viene el spa. The Surf Club Spa está pensado como un lugar para detener el día un momento: seis salas de tratamiento, hammam, sauna, vapor y una serie de rituales que trabajan con marcas como Biologique Recherche y Pharmos Natur. El gimnasio completa la experiencia con yoga, pilates y programas de entrenamiento.
Y cuando cae la tarde aparece otra de las razones por las que el hotel se ha vuelto un referente en la zona: su propuesta gastronómica. Algo poco común ocurre aquí. Los restaurantes no son sólo convenientes para los huéspedes; realmente dan ganas de comer en ellos.
El día puede empezar en Lido Restaurant at The Surf Club, donde el chef Marco Calenzo sirve una cocina italiana clara, con ingredientes bien tratados y un ambiente que funciona especialmente bien. Más tarde, el punto de encuentro es The Champagne Bar, un espacio que recupera el espíritu social del club original. La carta de cocteles es sólida, pero el negroni merece una mención honorífica.
La noche, en cambio, suele terminar en el edificio histórico del club. Ahí está The Surf Club Restaurant, del legendario Thomas Keller, y su primera incursión en Florida. El restaurante tiene un menú que mira a la gran tradición de la cocina continental: caviar, mariscos, carnes bien ejecutadas, servicio preciso y una sala que parece salida de otra época. Lo que no hay que dejar pasar por alto, ni por error, son sus galletas de chispas de chocolate. Las mejores que van a probar.
Los días en el Surf Club pasan entre tenis por la mañana, caminatas largas por la playa, un rato en el spa, un negroni al atardecer y una buena cena para cerrar el día. Y después de un par de días se vuelve evidente algo: hacer el check out será doloroso.
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