Revisitar un destino no es siempre la opción más lógica. Con tantos viajes pendientes y lugares por descubrir, volver sobre nuestros pasos a veces puede ser raro o contraproducente. Sin embargo, regresar a veces tiene una magia especial, sobre todo cuando lo haces para encontrar una nueva versión de tu destino.
Yo volví a Cartagena después de casi 10 años. Esta vez la conocí con nuevos ojos y desde diferentes rutas. En aquel entonces, los planes se concentraban dentro de la Ciudad Amurallada. Salir de ella incluso podía considerarse arriesgado. Hoy, la historia es otra. Más allá de sus murallas, Cartagena invita a descubrir una ciudad llena de vida, con barrios llenos de identidad, propuestas gastronómicas y una energía que transforma por completo la experiencia de quien decide recorrerla.

El mejor testimonio de este nuevo flujo en la ciudad es el hecho de que Four Season abrió su nueva propiedad en Colombia más allá de estos límites. El hotel queda en Getsemaní, frente al Parque Centenario, bastante cerca de la Ciudad Amurallada. Ocupa un grupo de edificios que van desde el claustro de San Francisco, del siglo XVI, hasta el antiguo Club Cartagena, de los años veinte del siglo pasado. Un conjunto conformado por la mezcla de varias épocas, razón por la que fue necesario un trabajo artesanal, pues no bastaba sólo con decorar, había que unir capas de historia muy distintas entre sí.
Un lugar que ya había sido muchas cosas
Lo primero al llegar al hotel fue hacer un recorrido por la propiedad, al mismo tiempo que disfrutamos un drink de bienvenida hecho con lulo, una fruta tropical y exótica de origen sudamericano, y que resulta ser más refrescante que cualquier aire acondicionado. Para sorpresa de todas las que hicimos el viaje, antes de ser hotel, este pedazo de Getsemaní ya había vivido varias vidas. Fue el claustro de San Francisco, el corazón de todo el conjunto donde hoy hay cuatro Banyan Trees y parte de una zona con una paz inmensa; fue un convento del siglo XVI, que sobrevivió a ataques de piratas franceses en una ciudad que durante siglos fue uno de los puertos más codiciados del Caribe. Con el tiempo, esos muros pasaron a cumplir otras funciones muy diferentes, como una cárcel y, más adelante, un orfanato.
A esa capa colonial se le suma otra más reciente, pero igual de importante para la identidad del lugar: el antiguo Club Cartagena, construido en la década de 1920 con un diseño neoclásico por parte de Gastón Lelarge, un arquitecto que dejó huella en varios edificios conocidos de la ciudad. En este lugar se reunían las personas de la alta sociedad y se convirtió en un edificio clásico de Cartagena. Alrededor de ese edificio se fueron sumando, con los años, fachadas de antiguos teatros que en su momento fueron parte de la vida cultural del barrio y que hoy siguen ahí, integradas al conjunto sin perder su aire original.

Getsemaní, el barrio donde pasa todo esto, también tiene su propia historia de reinvención: pasó de ser un sector popular, con fama ruidosa y hasta peligrosa, a convertirse en uno de los lugares más culturales y creativos de Cartagena, lleno de murales, música y una auténtica vida de barrio que convive con el turismo. Además, que un proyecto de esta escala haya elegido instalarse ahí ya dice algo sobre lo que quería el hotel: no encerrarse en una Cartagena idealizada, sino meterse de lleno en la ciudad real, con toda su esencia y sus contradicciones.
Visto en conjunto, el hotel no es sólo una construcción antigua, sino la recuperación de un patrimonio que llevaba décadas repartido entre usos diferentes y que ahora, por primera vez, funciona como una sola historia. Eso es quizá lo más ambicioso de todo el proyecto: no ocultar los matices de ese pasado diverso, sino convertirlos en la base de la experiencia.
Cada capa del hotel –colonial, republicana, teatral, contemporánea– sigue visible para quien se toma el tiempo de mirar. Esa base histórica sirvió como un lienzo en blanco para que todo el trabajo artesanal del oficio colombiano pudiera conversar con siglos de memoria.
Los oficios que le dieron forma al hotel
Quienes lideraron el diseño del hotel (San Francisco Investments, muy de la mano con la familia Santo Domingo) decidieron no usar la fórmula típica del lujo internacional. En su lugar fueron por algo más difícil: que cada rincón del hotel realmente reflejara la identidad cultural, histórica y ambiental del Caribe colombiano.
Y, honestamente, lo lograron. Cuando entras, sientes cómo el diseño y la atmósfera se conectan con la vibra del resto de la ciudad. Es algo palpable aunque apenas hayas pasado unas horas en el destino, quizá sólo el trayecto desde el aeropuerto. Desde los pasillos llenos de vegetación, con plantas que únicamente se dan en la zona y obras de arte elaboradas, muchas de ellas, por artistas colombianos, hasta los platillos que encuentras en el buffet y que son típicos colombianos, como el pan con queso.
Algo que definieron como un sense of place y que tuvo una consecuencia muy concreta en el diseño de interiores: la artesanía no se pensó como un acabado bonito para impresionar al huésped, sino como una manera de mantener vivos oficios, materiales y técnicas que cada vez se ven menos. Muchas piezas de muebles, textiles, cerámica e iluminación se hicieron trabajando codo a codo con artesanos, adaptando las ideas de diseño a la forma en que se produce localmente.
Cuando el diseñador francés François Catroux trazó las líneas de los muebles del hotel, alguien tenía que traducir esa idea al lenguaje del oficio colombiano. Esa persona fue Poli Mallarino, una figura clave en el desarrollo del diseño industrial en Colombia.

Mallarino tomó las ideas de Catroux y las “bajó a la tierra” con técnicas artesanales locales: de sus manos salieron las alfombras, las cabeceras, las consolas de piedra y los asientos de ratán que hoy están repartidos por todo el hotel. Cada pieza es como un puente entre la elegancia europea y el oficio colombiano.
En las habitaciones, los marcos y varias obras son de Miguel Cárdenas, artista colombiano que vive entre Bogotá y Nueva York, y que se mueve entre el dibujo, la pintura y la escultura. En espacios como el Grand Grill, el bar Lelarge y la Suite Presidencial, los paisajes de gran tamaño son de Eloin Rivera, pintor de Santander que ahora vive en Cali, conocido por pintar la biodiversidad colombiana con una fuerza visual que le da protagonismo a la naturaleza local sin necesidad de gritarlo.
En el foyer del Club Cartagena, cuatro piezas reciben a los huéspedes bajo el nombre Arquitectura y naturaleza. Son de Rafael Dussan, artista colombiano que ha hecho carrera entre Bogotá, París y Milán, y que le mete al hotel una mirada reflexiva y variada.
En los pasillos del edificio contemporáneo hay una serie de relieves en yeso que convierten en textura lo que originalmente era una foto: una imagen de vegetación tropical tomada en el valle del Cauca. El escultor Alejandro Hernández tomó esa foto y, panel por panel, la convirtió en algo que se puede tocar, como si el paisaje colombiano cobrara vida en la pared mientras uno camina por el hotel.
Recuperar el legado
No todo en el hotel se hizo desde cero. Buena parte del trabajo incluyó rescatar cosas que ya existían, muchas veces gastadas por el paso de los siglos. Rodolfo Vallín, restaurador mexicano, se dedicó con muchísimo cuidado a recuperar la cúpula del templo del hotel, conocida como el Duomo. Vallín murió en 2020, antes de terminar su trabajo, pero su equipo siguió con la misma dedicación hasta cerrar el proceso.

En la sacristía del claustro, un fresco pasó por las manos de Jairo Mora, especialista en restaurar el patrimonio cultural mueble, quien le devolvió a la obra su valor histórico, artístico y espiritual. Y en la restauración de obras gráficas y muebles antiguos del hotel trabajó Salim Osta, restaurador con formación en Colombia y España, usando técnicas tradicionales para proteger piezas originales y mantener el vínculo del hotel con el patrimonio cultural de Cartagena.
Sin embargo, también hay algo que conmueve en la historia de este proyecto, pues varios de sus protagonistas murieron antes de verlo terminado. François Catroux, el diseñador francés detrás de espacios como el Club Cartagena y la Suite Presidencial, murió sin terminar su visión; su trabajo lo siguió el estudio SBM Interior Design, fundado por alguien que había trabajado de cerca con él, para que el resultado final se mantuviera fiel a su idea original. Con Rodolfo Vallín pasó algo parecido con la cúpula del Duomo.
En los dos casos, la respuesta no fue cambiar de rumbo, sino seguir el camino que ya estaba trazado, y gente que conocía bien el trabajo de estos maestros hicieron todo para terminar lo que ellos habían empezado. Es, de alguna forma, la misma lógica de la artesanía: el oficio se pasa de mano en mano, no se abandona.
Puede que el gesto más importante de todo el proyecto no esté en ninguna suite ni en ningún salón, sino en una institución que casi nunca aparece en las fotos de un hotel de lujo: la Escuela de Artes y Oficios, una organización local sin fines de lucro que se dedica a mantener viva la artesanía tradicional y que nació con el apoyo de la Fundación Mario Santo Domingo.
Con artesanos formados en sus talleres de madera, cuero y textiles, la Escuela puso elementos decorativos y piezas hechas a mano en distintas partes del hotel. Pero su papel va más allá de ese aporte: es una apuesta por la continuidad. No basta con conseguir a los mejores artesanos de hoy día, también hay que asegurarse de que dentro de 20 o 30 años haya personas capaces de trabajar con este nivel de oficio.
Al final, lo que hace especial este proyecto no es sólo la calidad de los materiales o los nombres de los diseñadores internacionales, sino la cantidad de manos colombianas que dejaron un pedazo de su oficio en cada rincón. Estas piezas no son una decoración de relleno, son parte de lo que el hotel realmente es y conectan tanto con Colombia y el oficio local como cualquier fachada restaurada o cualquier plano de arquitecto. La fuente de la Suite Presidencial, hecha con más de mil piezas de cerámica armadas una por una en un taller de Cali, es tal vez el mejor símbolo de todo esto: un objeto de lujo que, visto de cerca, no es más que la suma de mucho trabajo humano.
