México

Los 21 enólogos detrás de la revolución del vino mexicano

La labor alquímica de estos enólogos se ha convertido en un acto de revolución de las tradiciones del vino mexicano.

POR: Redacción Travesías

La labor de un enólogo mezcla una serie de conocimientos diversos y especializados. Hay que entender un poco de química, también algo de agronomía, climatología y, desde luego, tener un buen paladar. Todo el asunto bien podría ser cuestión de la alquimia.

Por si fuera poco, los personajes de esta lista además son una especie de revolucionarios. Han sido claves para redefinir el rumbo del vino mexicano, cuestionando y cambiando estándares centenarios, experimentando y cambiando la tradición.

Amado Garza

Enólogo de Viñas de Garza, Valle de Guadalupe

Si hablamos de vinos mexicanos, el nombre de Amado Garza salta a la mesa. Con su bodega, sala de degustación y viñedos Viñas de Garza, enclavados en Valle de Guadalupe, ha sido sinónimo de consistencia y calidad desde que salieron sus dos primeras etiquetas, Amado IV y Tinto del Rancho Mogorcito, en 2006.

Para Amado y su familia, en cada botella hay un proyecto nuevo. Un hombre que hace más de 20 años encontró, junto con su esposa Ana Lilia y sus hijas Ana Cristina, Melisa y Ana Gabriela, una vocación.

“Nosotros estamos enfocados en hacer vinos premium, caracterizados por su crianza, intensidad, potencia, permanencia, con una capacidad de guarda muy significativa y poco volumen. Este foco nos da la libertad de experimentar y no irnos por tendencias y modas, que vemos que dominan el mercado. Personalmente, como soy mi propio dueño, no tengo miedo de experimentar”, comenta Amado.

Conscientes de que su espectro de consumidor es muy definido, crean ediciones especiales para su nicho, como el cabernet sauvignon y el grenache que verán las copas en 2026, sumándose a las 17 etiquetas ya existentes a partir de uvas como tempranillo, nebbiolo, syrah o chardonnay.

Camilo Magoni

Baja California

“Yo soy una persona que nació con el vino en la mesa siempre”, dice Camilo Magoni, un veterano de la enología en México que ya suma 60 vendimias en Baja California. “Vivimos en un ambiente de cambios constantes, aquí se mueven hasta las piedras”, cuenta, entre bromas, cuando habla de cómo ha cambiado el gusto de los consumidores, que a su juicio han pasado de ver el vino como un complemento de la alimentación “a un producto hedonístico completamente, estamos frente a un cambio generacional que nos pide ajustarnos”. Un cambio que también se refleja en el perfil de los vinos que se producen: “Estamos viviendo un retorno de los vinos blancos, que hace 60 años eran los que dominaban el mercado. Después vino el tema de la paradoja francesa y, en cuestión de dos o tres años, se volteó el panorama. Llegaremos a tener un equilibrio de 50-50. Ya veremos, hay que estar atentos, es parte del trabajo del día a día, de observar las tendencias y los gustos”. Blancos y tintos, lo más importante para este enólogo es que los vinos estén “ligados al territorio”, a la zona de producción, a cómo se cuenta y se transmite el potencial que tiene la región, “ahí es donde permanece el desafío”.

Daniel Lomberg

Baja California

A lo largo de los 20 años que este enólogo chileno ha pasado en Baja California, ha colaborado en diversos proyectos vitivinícolas, a veces tomando la estafeta en algún punto de su historia, a veces desde sus inicios.

Hoy, su experiencia está vertida en los vinos de Adobe Guadalupe, Hilo Negro, Emevé, Hacienda Guadalupe y Vinsur, su proyecto más personal.

Aunque parte de su trabajo consiste en hacer vinos que reflejen el espíritu de cada proyecto, Lomberg reconoce que hay una tendencia que los compele a todos para “desarrollar vinos más amigables, vinos un poco más frutales, más relajados también”, en los que la complejidad sea una representación del terroir. “La parte de la barrica se ha ido bajando, buscando un equilibrio entre la fruta y la madera, sin perder el enfoque de la zona y del lugar”, señala.

Para el futuro, sin embargo, Daniel se inclina por el equilibrio: “No es que esos vinos más serios y de guarda se dejen de hacer por completo, porque la gente que es más joven ahora va a evolucionar y a buscar ese tipo de vinos. Ahora se trata de jugar con los dos bloques”.

Daniel Milmo

Casa Madero, Parras de La Fuente

Hay tanta historia que acompaña a Casa Madero, en Parras de La Fuente, Coahuila, y a su familia, como los vinos que han producido y los reconocimientos que han recibido desde su fundación en 1597.

En esta, la bodega más antigua de América, la familia Milmo ha liderado la vinícola desde 1974 cuando don José tomó la dirección e introdujo cepas que se volvieron emblemáticas en Parras, como la shiraz. Con el apoyo de sus hijos Brandon y Daniel, en 2012 se posiciona entre los primeros viñedos con certificación orgánica en el país, y uno de los más premiados del continente con más de mil medallas y múltiples reconocimientos, entre ellos el Estatus de Primer Pago de América, otorgado por los Grandes Pagos de España.

Año con año, su trabajo no ha menguado y, recientemente, Daniel y su hermano Brandon presentaron un espumoso elaborado 100% de uvas chardonnay y método tradicional Champenoise, y su Biblioteca de Cosechas, una colección única que reúne vinos Gran Reserva Shiraz, preservados durante años en sus bodegas de Parras.

Humberto Toscano

Enólogo de Casa Vieja, Baja California

Humberto Toscano nació y creció en San Antonio de las Minas, en la hacienda donde hoy se ubican sus viñedos. Tras una temporada en Estados Unidos, regresó a Valle de Guadalupe y comenzó a restaurar tres hectáreas de viñas antiguas, con el objetivo de elaborar vinos exclusivamente a partir de la fruta de su propia tierra.

Su manera de trabajar es sencilla y consistente: maceraciones prolongadas, crianza en barricas antiguas y un enfoque de mínima intervención. En ningún momento se añaden sulfitos ni otros químicos. Las etiquetas, hechas a mano, reflejan el carácter artesanal del proyecto. Las viñas incluyen plantas antiguas de misión y palomino —algunas con más de 100 años— además de moscatel. En años recientes, Toscano ha sumado nuevas parcelas de misión y garnacha, ampliando su portafolio sin alterar el perfil de sus vinos.

Actualmente trabaja dos hectáreas que se cosechan a mano y se vinifican en el mismo sitio, con el apoyo de su familia. La producción es reducida, cercana a las 500 cajas. Los vinos se distinguen por su claridad, equilibrio y una identidad marcada por el origen. Bajo la etiqueta La Casa Vieja, Humberto Toscano lanzó su primera añada de vinos naturales en 2007. Su trabajo se ha convertido en una referencia temprana del vino de mínima intervención en Baja California, basado en viñas antiguas y procesos directos.

Hugo D’Acosta

Vinos y Viñedos Actuales, Valle de Guadalupe

Hoy no podríamos pensar en una copa de vino mexicano sin Hugo D’Acosta, enólogo formado en Francia e Italia, quien a finales de los años noventa cambió el rumbo del quehacer alrededor de la vid, desde la zona de Baja California.

Pionero, generoso, reflexivo, revolucionario, son muchas las palabras para definir a Hugo y sus proyectos Casa de Piedra (1997), el binacional Contraste (1996), Aborigen (2000), la tienda La Contra (2006); todos congregados en Vinos y Viñedos Actuales, que dirige con su esposa y socia Gloria, y sus hijos Daniela y Lucas, quien también produce etiquetas muy diferenciadas, como las de su padre.

Entre muchas cosas, a Hugo le debemos el mayor laboratorio de talento enológico de la región, gracias a la Estación de Oficios El Porvenir, “La Escuelita”, donde la uva dejó de ser sólo una materia prima y se convirtió en un ingrediente.

Emocionado por lo viene en 2026, invita a probar Piedra del Sol 2025, la liberación de Vino de Piedra 2022 y Espuma de Piedra Selección, que llega en formato magnum con 36 meses de añejamiento en sus lías.

“En México hay cada vez más consumidores que han hecho la tarea, por lo que tienen claro y definido lo que les gusta. La relación consumidor-vino muestra una dinámica cambiante, que ayuda a todos a aumentar el espectro de propuestas”, señala.

Jesús Díez

Ciudad de México

Hay una tendencia muy clara en el mundo de los vinos en México. Más allá de técnicas, uvas, grado de intervención o regiones, para Jesús Diez lo evidente es que cada vez hay mayor conocimiento y, más que nada, ganas de conocer sobre vino.

Lo dice con licencia de sobra, pues pocos en el país se han acercado a la pedagogía de la viticultura como él. Enólogo de profesión, con una amplia trayectoria en algunas de las bodegas más grandes de México, Jesús se dedica a explicar el lado técnico del vino de la manera más simple: “A bajar la química a términos más amigables”, en sus propias palabras.

Su trayectoria de más de dos décadas educando sobre vino empezó como una misión por extender la reputación del vino nacional. “Me di cuenta de que en México se hacían muy buenos vinos, pero la gente no lo entendía”, recuerda. Años después se ha convertido en un esfuerzo por quitarle la pretensión a un universo que existe para disfrutarse.

José Luis Durand

Ensenada

Lo esencial del vino, “esa bebida que tiene una relación con la naturaleza, y sobre todo con el tiempo, que lo hace que se vuelva suntuario y no algo de la canasta básica, es la verdad. Necesitas hacer algo que sea verdadero; cuando tienes la etiqueta hecho en China, todo se va al traste”, explica este sommelier chileno, que ya tiene varias décadas en México, y quien propone vinos que pongan de manifiesto “el trabajo manual, una lectura de la naturaleza y esa esencia romántica, esa parte emotiva y sensual del vino”, aunque cuantificable, que han marcado las etiquetas de los vinos que elabora para Bodegas Ícaro. Sobre todo, dice, frente al mercado actual, un panorama que tiene “mucho volumen internacional, con toquecitos de bodegas mexicanas que tratan de hacer algo especial” y productores que intentan ofrecer una lectura más profunda para esos consumidores que siguen buscando la calidad. “Tengo mucha fe en el consumidor mexicano, un consumidor que se inicia con internet, y me parece que las búsquedas que hace y lo que está buscando es más profundo que lo que buscaba una generación como los baby boomers”.

José Miguel Vega Villalobos

Enólogo de Altos Norte Vinícola, Los Altos

Entre las 16 vinícolas que han surgido en los últimos años en Jalisco está Altos Norte, en la Hacienda San José del Tepozán, en el alteño Encarnación de Díaz. Se trata de un proyecto agroecológico que comenzó en 1994 con la restauración de esta propiedad según el modelo agrosilvopastoril, con el cual los viñedos siguen los principios de la viticultura regenerativa, bajo el mando de José Miguel Vega Villalobos y Karim Hernández, su esposa.

José Miguel, aunque ingeniero civil de profesión, dedicó años al estudio autodidacta y a cursos en la Escuela de Vino del Altiplano (eva) para hacer realidad, desde 2016, etiquetas de vino natural, como Zafado, Bruto y su vino de maceración carbónica, con la asesoría inicial de Natalia López y Branko Pjanic, de Cava Garambullo, en San Miguel de Allende.

El suelo alcalino y las condiciones climáticas dan lugar a vendimias ideales para los espumosos, estilo en el que se han especializado, que elaboran con un método ancestral (pét-nats) o con uno tradicional o champenoise, con uvas tempranillo, malbec, albariño, cabernet sauvignon, malbec, así como su reciente sidra de manzana.

“Vemos que hay un segmento de consumo en México que está estancado por la situación económica en general, pero al mismo tiempo hay áreas de oportunidad en determinados segmentos, y eso puede hacer la diferencia”, indica José Miguel.

Kristin Magnussen

Vinos Lechuza, Valle de Guadalupe

Lechuza empezó como un proyecto familiar de los Magnussen, cuando descubrieron las bondades del terruño de Valle de Guadalupe, muy cerca de su residencia habitual al sur de California. Durante años experimentaron con pequeñas producciones, paralelas al crecimiento de la región, y en 2013 finalmente abrieron sus puertas al público.

Después de formarse como enóloga, pero con la experiencia esencial que había tenido en el campo, Kristin Magnussen lideró la transformación del pequeño pasatiempo familiar en una operación mucho más ambiciosa. Sin embargo, a pesar del crecimiento, Lechuza siempre ha conservado la esencia de los primeros días.

El cuidado de la tierra, con prácticas sostenibles y ecológicas, la curiosidad y, sobre todo, una dedicación artesanal son las particularidades que diferencian Vinos Lechuza. Desde el principio han dejado que estos conceptos dirijan el rumbo de la bodega, trabajando con varietales típicos del valle –nebbiolo, cabernet, tempranillo o merlot–, pero innovando con producciones como su línea de vino en lata.

Lucas D’Acosta

Vinos Aborigen, Baja California

Lucas es uno de los enólogos mexicanos con más experiencia y conocimientos sobre vino natural. Esta ecuación de éxito se explica no sólo por haber vivido en el entorno de la producción desde muy joven, involucrándose de cerca en proyectos familiares y supervisando los procesos de fermentación de Casa de Piedra, sino que se ha dedicado a crear sinergias que promuevan este tipo de procesos en Baja California y el resto de México, con colaboraciones en la cocina y, por supuesto, con su propia bodega.

Vinos Aborigen surgió en el año 2000 de la mano de Hugo D’Acosta, padre de Lucas, con el propósito muy claro de ser un laboratorio creativo y la experimentación como única senda rectora. Los comienzos del boom del vino mexicano fueron el momento más pertinente para un proyecto así, como algo que pudiera servir para que la región empezará a encontrar su identidad.

Lucas continúa con esa filosofía y ha subido la apuesta con vinos fuertemente ligados a la agricultura, comprometidos con la sostenibilidad y, más que nada, con la experimentación.

Luis García

Vinos Parvada, Parras

Parvada es uno de los proyectos más emocionantes en la industria del vino mexicano. Mucho tiene que ver con que son la novedad en Parras, donde, desde 2017, han forjado un proyecto que va más allá de la enología, con un desarrollo habitacional alrededor de las viñas, una experiencia gastronómica como complemento perfecto y, desde luego, vinos que están dejando su marca.

A cargo de esa labor está Lucía García, una enóloga sevillana que ha sabido imprimir en las cosechas de Coahuila un enfoque tradicional, alineado a su formación europea, pero adaptado al terruño, el clima y la altura de Parras, experimentando con uvas que quizá no sean las más convencionales en esta región histórica.

Con esta filosofía en mente, los vinos de Parvada se han enfocado principalmente en variedades como cabernet franc, verdejo, malbec, syrah o caladoc. Cinco tintos, un blanco y un rosado forman el portafolio de vinos premiados de la bodega.

Luis Aburto

Enólogo de Tierra de Peña, Querétaro

Un reencuentro con su familia, su natal Querétaro y los temas sociales llevó a Luis Aburto a gestar vinos en el valle de Colón, con lo que creó, oficialmente en 2014, su proyecto Tierra de Peña.

Fue su padre, Roberto, quien lo invitó a trabajar en un viñedo que adquirió y juntos, con conocimientos muy básicos, se aventuraron en un viaje que volcó a Luis hacia una enología regenerativa y los vinos naturales, que hoy caracterizan su propuesta.

Primero, este arquitecto entendió la biodinámica para reconvertir el viñedo, a lo que le sumó una maestría en agroecología y sistemas sostenibles, así como mucho estudio de la zona para entender los suelos. Su primer vino formal se logró en 2017, Remolacha, después llegaron Apapacho, Tempranillo por la Mañana, Atardecer Tornasol, entre otros, más la novedad de 2026: su línea de vermuts.

Desde entonces no ha dejado de promover los sistemas vivos, la permacultura, el dry farming, la agroecología, la sintropía, con uvas como grenache, viognier y syrah, en una región que lleva apenas 20 años produciendo vino consistentemente.

“México está viviendo una burbuja en relación con lo que sucede en el mundo –comenta Luis–, permitiendo que proyectos con vocación agrícola e identidad de una región (Silvana Pijoan, Natalia López, Natalia Badan, Daniel Kelly, Juan Cristóbal Rubio Badán) tengamos la atención del consumidor”.

Lulú Martínez

Enólogoa de Bruma, Valle de Guadalupe

Su formación en Burdeos y los años que pasó trabajando en Francia le dieron una base sólida y un entendimiento profundo del oficio, pero su regreso a Valle de Guadalupe marcó un punto clave para aplicar ese conocimiento sin replicar modelos ajenos. En Bruma, su mano se reconoce en vinos precisos y equilibrados, más interesados en expresar el territorio que en imponer una idea. Su forma de colaboración abre una conversación entre tradición y actualidad, y con la que el respeto por la tierra y los procesos se unen. El trabajo de Lulú se define por la paciencia, la atención al detalle y una sensibilidad única.

Mauricio Ruiz Cantú

Enólogo de Dominio de las Abejas y Charles Martínez, valle de Ojos Negros

Desde 2019, Mauricio Ruiz Cantú tiene en el valle de Ojos Negros, en Baja California, el proyecto familiar Dominio de las Abejas, un hands-off de baja intervención y viticultura sustentable que produce vinos naranjas, rosados, tintos y mezclas, y el de Charles Martínez, un homenaje a las madres, abuelas y bisabuelas de la familia, con uvas provenientes de su viña orgánica, certificada por el California Certified Organic Farmers (ccof), y con mucha influencia de la enología aprendida durante sus estancias en la ribera del Duero.

Este winemaker también es el creador de Juguette, una bodega ubicada en la región de McLaren Vale, al sur de Australia, que cofundó, en 2012, con Benjamin Caldwell.

Usando uvas de viñedos que plantó entre 2015 y 2016, con la viticultura de Ricardo Michel, ambos proyectos en Ojos Negros producen, mayormente, vinos tintos, por ello sacó Osadía, enfocado en los blancos de uvas chardonnay, chenin blanc y riesling.

“El consumidor en México, y estoy muy contento por esto, ha elevado el conocimiento técnico en temas de vino –asegura Mauricio–. Cada vez veo consumidores más estrictos buscando una calidad no negociable. De cierto modo ya no están tolerando opciones que tengan defectos u oxidaciones prematuras, y me parece espectacular, porque toda nuestra carrera y el enfoque en estos años siempre ha estado girando alrededor de la calidad”.

Natalia Badán

Enóloga de Mogor Badán, Valle de Guadalupe

Pionera en el oficio agrícola y defensora del ecosistema único (chaparral) que tiene Valle de Guadalupe, son dos de las descripciones que hablan un poco del enorme trabajo que por décadas ha hecho Natalia Badán al frente de Cavas del Mogor Badán, una bodega familiar que ofertó su primera botella en 1994, un Mogor Badan 1989.

Los Badán están estrechamente ligados a la tierra bajacaliforniana desde que llegaron a México en 1940, cuando los padres de Natalia, Henri y Clotilde, él suizo y ella francesa, formaron la empresa Olivares Mexicanos.

Natalia, que llama a este valle “su pequeña patria”, continúa junto con sus hijos Andrés, Juan Cristóbal y Ana Sofía el trabajo que inició su hermano Antonio Badán, quien falleció en 2008.

Entre el viñedo y la bodega, ubicados en el cerro del Mogor (90% tierra de conservación cubierta de chaparral), se encuentra un huerto orgánico donde se producen vegetales y miel de abeja, además de etiquetas como Arrebol, Chasselas y Pirineo, y algunas novedades, entre ellas Malabar, dedicada a su padre.

“En los 72 años de vida que llevo aquí en el Mogor nunca había visto que lloviera sólo siete y medio centímetros en 18 meses, como este 2025, lo que casi equivale a un desierto, así que logramos un milagro con esta cosecha y nos deja una lección: aprender de civilizaciones que hicieron cosas increíbles con poca agua y apreciar el vino como lo que es, un producto agroecológico para alegrarnos el corazón, la convivencia, sin exceso”, destaca Natalia.

Natalia López y Branko Pjanic

Enólogos de Cava Garambullo, Guanajuato

La mexicana Natalia López y el bosnioherzegovino Branko Pjanic comenzaron en la enología en 2008 y años después hicieron de San Miguel de Allende, Guanajuato, casa y territorio para su viñedo y bodega Cava Garambullo.

Ambos son un referente y una guía para muchos cuando se habla de vino de baja intervención en el occidente y el Bajío de México, usando siempre levaduras autóctonas, sin aditivos, correcciones ni filtraciones.

Promotores de técnicas ancestrales, la micología, etnología y antropología de los fermentos, y el cultivo de uvas (orgánicas o biodinámicas) libres de herbicidas y pesticidas, están ya en el ciclo de la añada número 10, en lo que continúan produciendo sus reconocidos tintos, naranjas y pét-nats, llamados Ventura, Rover, Mono, entre otros. Recientemente entraron a la destilación con un vermut, en colaboración con Arca Tierra, y abrieron la Academia Vinograd, un proyecto educativo donde imparten clases, talleres y conferencias. “Este es un oficio que está lleno de transformaciones, creatividad e incertidumbres por venir de procesos vivos. Suena poético, y sí lo es”.

Noel Téllez

Enólogo en Bichi Wines, Tecate

Quizá hoy Tecate no parecería el lugar más obvio para montar una producción vinícola, sobre todo, en contraste con otros vecinos de la península que han acaparado la industria en los últimos años, pero ahí alguna vez estuvo el epicentro de todo el vino mexicano. Noel Téllez conoce muy bien la historia de esos años dorados. Junto con su hermano –el chef Jair Téllez–, su mamá y el productor francés Louis Antoine Luyt formó en Tecate su propia bodega, Bichi Wines.

Desde que abrieron, en 2014, Noel se ha dedicado a recorrer las viñas centenarias de la zona, que fueron disminuyendo tras décadas sin riego, pero que conservan el vestigio de las uvas que se daban en el territorio: Misión, Rosa del Perú o Carignan, ahora sin presencia en la producción nacional. Noel, quien ha asumido por completo la operación de Bichi, va rescatando estos varietales, muchos directamente de las viñas olvidadas.

No es la única forma en que ha innovado. Es uno de los pioneros mexicanos del vino natural con todas sus letras, ese vino “sin maquillaje”. Cree que es un producto único, que brinda “una conexión emocional” y nunca estará hecho para masificarse. Confía, sin embargo, en que es la mejor forma de ir subiendo la vara en cuanto a calidad y alcanzar la mejor forma del vino.

Pablo Alonzo Pérez

Enólogo de Vinos Anónimo, Aguascalientes

En la bajacaliforniana estación de oficios El Porvenir, conocida como “La Escuelita”, fue donde Pablo Alonzo comenzó a trazar en 2011 su proyecto Vinos Anónimo, que años después hizo realidad en Aguascalientes.

La pandemia fue el punto de inflexión para que Pablo se lanzará de lleno a su aventura enológica personal junto con su esposa María, por medio de esta marca disruptiva en el Bajío con dos líneas, una más tradicional y otra experimental, enfocadas en vinos jóvenes y de baja intervención, buscado el balance de la acidez natural de esta zona vinícola mexicana, ya con más de 24 bodegas en su Ruta del Vino.

Mención especial tienen sus pét-nats y naranjas a partir de uvas muscat (en su última cosecha), al igual que cosechas específicas, como las de 2024 y 2025 del sangiovese tinto, que muestran la evolución que ha logrado en sus ocho etiquetas.

“Ahora, el consumidor es cada día más conocedor y con menos miedo. Ha viajado a diferentes regiones vitivinícolas, tanto en México como en el mundo, y, por lo mismo, tiende a preguntar e interesarse en diferentes situaciones de la producción de uva y del propio vino”, asegura Pablo.

Pau y Silvana Pijoan

Enólogos, Valle de Guadalupe

Padre e hija, Pau y Silvana Pijoan están al frente de Vinos Pijoan, un proyecto familiar en el que trabajan juntos y del que se desprenden varias ramas: vinos “más clásicos, como el Leonora o el Convertible Rojo, que siguen siendo 100% decisiones de mi padre en bodega”, explica Silvana, o los de la línea Silvana Pijoan, como Árbol de Fuego, Cochinero o La Poubelle, “sobre todo los naturales y otros que trabajo bajo la línea Pijoan y que hacemos juntos, como Vino Pelón, Carbónico y Aniversario”, añade. Aunque representan a dos generaciones, “siempre hemos pensado en hacer vinos para beberse, no para explicarse demasiado; ver al vino como un alimento –dice Silvana–, pero hay una diferencia generacional: él creció con una idea de lo que era el vino y, en un momento en el que el mercado pedía cosas distintas, yo empecé un poco al revés, con vinos más robustos, más tiempo de añejamiento, y naturalmente fui yendo a lo que supongo que mi generación buscaba más en los vinos: más ligeros, blancos y rosados. Buscando la complejidad a partir de la sutileza”.

Xaime Niembro

Enólogo de Vinos Barrigones, Querétaro

Como consumidor, Xaime Niembro considera que las tensiones arancelarias dieron pie para que México viva “un gran momento para tomar vinos del mundo” (y para la importación). Ya no se trata sólo de regiones clásicas, sino de países como Grecia, de la que se declara enamorado, porque son “blancos, de buena acidez, divertidos, que combinan perfecto con el clima y la comida de México”, y que además tienen similitudes con los vinos que a él le gustan.

Como productor, Xaime lleva seis años trabajando en paralelo para convertir el viñedo de 15 años que heredó de su familia en algo más orgánico y para elaborar vinos en bodega de baja intervención, al menos por ahora, “pensando en qué nos puede dar Querétaro, qué nos puede dar la uva que ya tenemos plantada: vinos con una acidez muy presente, vinos ligeros de baja graduación, vinos tintos que le tiran al Beaujolais Nouveau, menos barricosos, vinos naranjas interesantes, espumosos y pét-nats, que son perfectos para México, donde en general hace calor”, destaca. Y agregaríamos: vinos que también apelan a una nueva generación de consumidores.

 
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