Londres

La memoria tiene aroma: el universo artesanal de Maya Njie

Visitamos el estudio de Maya Nije en el barrio londinense de Shoreditch: un rincón desde donde diseña esencias a partir de sus recuerdos.

POR: Paulina Espinosa \ FOTO: Paulina Figueroa

Shoreditch, al este de Londres, es uno de esos barrios que cuenta su historia por medio de quien los habita. Los pequeños detalles van revelando su identidad: un mural que aparece entre calles de ladrillo, una cafetería instalada en una antigua fábrica, un estudio escondido detrás de una puerta de madera.

Durante décadas, este fue uno de los sectores industriales más importantes de la ciudad. Después llegaron los años de abandono, las cicatrices de la Segunda Guerra Mundial y, más tarde, una nueva generación de artistas, fotógrafos, diseñadores y creativos que encontraron en sus rentas accesibles el espacio perfecto para experimentar.

Hoy, mientras conviven edificios de oficinas con galerías independientes, restaurantes y talleres de autor, Shoreditch conserva algo difícil de definir: la sensación de que todavía hay personas que crean con las manos.

Por eso resulta natural que Maya Njie haya encontrado aquí su lugar. Su estudio se esconde en Rivington Street, una pequeña calle peatonal. No es un laboratorio blanco ni un espacio minimalista dominado por acero inoxidable. Paulina Figueroa, la fotógrafa mexicana encargada de retratar esta historia, describe el lugar con una sola palabra: madera. En los muebles, en las superficies, en la atmósfera. La luz entra generosamente por las ventanas e ilumina paredes cubiertas de fotografías familiares, recortes, notas y mapas mentales que funcionan como una especie de archivo creativo.

Los olores, protagonistas de la experiencia, se van revelando poco a poco, con cierta discreción. Sólo al detenerse y respirar con atención detectas pequeñas notas herbales flotando en el ambiente, como si el espacio obligara a reducir el ritmo antes de revelar sus secretos. Es un taller pequeño, íntimo y profundamente personal. Uno entiende rápidamente que aquí las ideas no nacen de tendencias ni de estudios de consumo. Nacen de otra parte. Porque Maya Njie no diseña perfumes, sino recuerdos.

Hay quienes conservan la memoria en álbumes de fotografías. Otros lo hacen escribiendo diarios o guardando cartas. Maya encontró un lenguaje diferente: el olor. Cada una de sus fragancias intenta capturar un instante específico, preservar la emoción de un momento que podría desaparecer con el tiempo. No busca recrear lugares de forma literal, sino aquello que permanece cuando el recuerdo comienza a difuminarse, como la sensación de una tarde de verano, el calor de una casa familiar, el perfume de la ropa de un abuelo, el recuerdo de unas vacaciones durante la infancia.

Quizá por eso resulta tan difícil hablar de sus creaciones sólo como perfumes. Son pequeñas narraciones olfativas. Detrás de cada una hay una fotografía, literalmente.

Su archivo familiar, compuesto por imágenes tomadas sobre todo entre las décadas de 1960 y 1970, funciona como el punto de partida de todo su trabajo. Una boda, un domingo con los abuelos, una casa de verano rodeada de bosques suecos o un viaje a Gambia se transforman en ejercicios de memoria donde el objetivo no consiste en copiar un olor existente, sino en reconstruir una emoción.

La historia de Maya también explica esa necesidad de mirar hacia atrás. Nació en Västerås, una pequeña ciudad sueca al oeste de Estocolmo, dentro de una familia con raíces suecas y gambianas. Creció entre dos culturas aparentemente lejanas, aprendiendo desde muy pequeña que la identidad rara vez es una sola cosa. Mientras que Suecia le regaló bosques y veranos interminables, Gambia aportó otros colores, otras temperaturas, otros aromas y otra forma de entender la familia. A los 19 años se mudó a Londres para estudiar diseño de superficies en la Universidad de las Artes de Londres. Fue allí donde comenzó a unir disciplinas que, hasta entonces, parecían no tener relación entre sí.

Aunque su formación estaba ligada al diseño, la perfumería llegó por otro camino. Maya nunca estudió en una escuela especializada, aprendió de forma autodidacta, a partir de la experimentación, mezclando materias primas y entendiendo cómo dialogaban entre sí. Ese proceso de exploración terminó por definir un lenguaje propio, en el cual el perfume se convirtió en una extensión de su trabajo como diseñadora y narradora visual.

En 2016, esa búsqueda tomó forma con la creación de Maya Njie Perfumes. Desde su estudio independiente en el este de Londres comenzó a desarrollar fragancias en pequeños lotes, inspiradas en recuerdos personales y producidas de acuerdo con una filosofía artesanal que premia el tiempo, el detalle y la calidad por encima del volumen.

Es precisamente esa forma de trabajar la que distingue su propuesta. Mientras que muchas marcas dependen de procesos industrializados, Maya continúa elaborando cada fragancia como si se tratara de una pieza de autor.

En su mesa de trabajo conviven materiales botánicos, como aceites esenciales que aportan textura y naturalidad, o las resinas que añaden profundidad, en lo que algunos compuestos aromáticos permiten prolongar la duración del perfume sobre la piel o reproducir ciertos olores de manera segura y sostenible.

Además, cada ingrediente tiene una función narrativa. El cedro recuerda los bosques escandinavos. La vainilla aporta calidez. El cardamomo evoca las cocinas nórdicas. Ninguna nota aparece por azar, todas forman parte de una historia en la que sus dos herencias culturales encuentran un mismo lenguaje. Y es justamente ahí que el trabajo de Maya deja de parecerse al de una perfumista para acercarse más al de una artista. Porque antes de existir como aroma, cada fragancia ya había vivido como fotografía, como recuerdo y como emoción.

En una industria acostumbrada a medir el éxito por la cantidad de lanzamientos al año, Maya Njie parece trabajar con una lógica muy diferente. Sus perfumes no siguen el ritmo de las tendencias ni responden a temporadas específicas. Cada fragancia aparece únicamente cuando la historia está lista para ser contada.

Una vez que una idea toma forma, comienza un proceso casi invisible para quien sostiene el frasco terminado entre las manos. Primero llegan las pruebas. Decenas de ellas. Maya mezcla aceites esenciales, resinas, extractos botánicos y compuestos aromáticos hasta encontrar el equilibrio preciso entre las notas que abrirán el perfume, aquellas que aparecerán minutos después y las que permanecerán durante horas sobre la piel. Cambiar una sola gota puede transformar por completo el resultado.

Pero el verdadero protagonista del proceso no es ningún ingrediente, es el tiempo. Cuando la fórmula finalmente está lista, la mezcla se deja reposar. Este periodo de maceración permite que cada materia prima se integre de manera natural con el resto, lo que suaviza las aristas y da profundidad al aroma. Sólo entonces llega el filtrado, realizado de forma manual, antes de que cada botella sea llenada una a una. No hay líneas automatizadas ni producción masiva. Cada frasco pasa por las manos del equipo antes de salir del estudio en Shoreditch.

En una época en que la rapidez suele confundirse con eficiencia, Maya ha decidido que la paciencia también puede ser una forma de lujo. La producción en pequeños lotes le permite mantener un control absoluto sobre cada etapa del proceso. No sólo sobre la calidad del perfume, sino sobre la experiencia que busca transmitir. Porque para ella el resultado final nunca depende únicamente del líquido que hay dentro de la botella.

También importa el recipiente, la etiqueta, la textura del papel, los colores. Incluso la manera en que el perfume llega a las manos de quien lo compra. Su formación como diseñadora aparece aquí con toda claridad. Maya desarrolla personalmente la identidad visual de cada colección y dirige el diseño de sus empaques. Lo más interesante es que las paletas cromáticas no nacen de una decisión estética tomada al aire. Cada color proviene directamente de las fotografías familiares que inspiraron la fragancia. Esas imágenes son analizadas hasta aislar los tonos que más tarde aparecerán en las cajas, las etiquetas y el material impreso.

Es una forma de extender el recuerdo más allá del perfume. Antes de destapar el frasco, la memoria ya está presente. Y es que, para Maya, todos los elementos cuentan una historia.

La botella no funciona como un simple contenedor. Es parte del relato. Quizá por eso dedica el mismo cuidado a explicar cómo deben entenderse sus perfumes. En un mundo donde términos como eau de toilette, eau de parfum o parfum suelen confundirse con sinónimos de calidad, ella prefiere hablar de concentración y de comportamiento sobre la piel.

Las colonias, explica, contienen entre 2 y 4% de aceites aromáticos. Están pensadas para ofrecer una sensación fresca y ligera, con predominio de notas cítricas que desaparecen rápidamente. Las eau de toilette aumentan esa concentración y suelen resultar más suaves que un perfume tradicional, ideales para quienes buscan fragancias discretas o fáciles de volver a aplicar durante el día.

La categoría de eau de parfum, donde Maya clasifica todas sus creaciones, suele contener entre 8 y 20% de concentración aromática y ofrece una permanencia mucho mayor sobre la piel. Sin embargo, sus fórmulas superan con frecuencia esos porcentajes sin dejar de utilizar esa denominación. La razón es sencilla: para ella, ningún perfume puede definirse sólo por un número, ya que cada piel cuenta una historia diferente.

La temperatura del cuerpo, la hidratación, la química natural e incluso el clima modifican la forma en que evoluciona una fragancia. Un mismo perfume nunca olerá exactamente igual en dos personas. Por eso evita prometer una duración específica o una estela determinada. Prefiere que cada quien descubra cómo esa mezcla dialoga con su propia memoria.

Esa idea resume buena parte de su filosofía. Maya no crea perfumes para imponer una identidad, los crea para que cada persona encuentre la suya. Quizá esa sea una de las razones por las que su trabajo ha encontrado un lugar dentro del creciente universo de la perfumería de autor. En los últimos años, cada vez más personas han comenzado a alejarse de las grandes campañas publicitarias y de las fragancias producidas por millones para buscar propuestas independientes, elaboradas en pequeñas cantidades y capaces de contar una historia. Más que oler diferente, buscan conectar con algo.

En ese sentido, Maya representa a una nueva generación de artesanos contemporáneos. Personas que entienden el lujo no como exceso, sino como dedicación. Como tiempo invertido. Como objetos capaces de conservar una historia.

Hasta su compromiso con la producción responsable forma parte de esa visión. Todos sus perfumes son veganos, no se prueban en animales y la marca colabora con iniciativas sociales y ambientales como The Gambia Academy (un proyecto educativo que impulsa oportunidades para jóvenes gambianos) y Ecologi, organización enfocada en proyectos de reforestación y acción climática.

Cuando no está desarrollando nuevas fragancias, Maya colecciona inciensos de distintas partes del mundo. Su favorito proviene de Gambia y está elaborado con semillas aromáticas que ella misma lleva de regreso a Londres después de cada viaje. Ese gusto la llevó a explorar un nuevo territorio creativo en 2022, cuando desarrolló inciensos junto al perfumista Ezra Lloyd Jackson. Para ella, encender uno en casa mientras desarrolla un aroma es una de las etapas más relajantes y reveladoras del proceso creativo.

Quizá ahí esté la verdadera esencia de su trabajo: no en fabricar perfumes, sino en construir ambientes. Porque, al final, un aroma tiene la capacidad de hacer lo que muy pocas cosas consiguen: detener el tiempo durante un momento. Basta percibir una nota conocida que inmediatamente te va a transportar a una cocina de la infancia, al abrazo de alguien que ya no está o a un verano que parecía olvidado.

Y aunque las fragancias de Maya Njie nacen de recuerdos profundamente personales, una vez que abandonan el estudio de Shoreditch dejan de pertenecerle. Cada persona termina escribiendo su propia historia y por eso sus perfumes resultan tan universales. Porque la memoria nunca ha tenido un solo idioma. A veces vive en una fotografía. Otras, en una canción. Y, de vez en cuando, se encuentran en un pequeño frasco de vidrio que, más que contener un perfume, guarda la posibilidad de volver a un lugar que creíamos olvidado.

 
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