Madrid

Parece un parque de cerezos en Japón, pero son almendros y están en Madrid

Quizá no tenías a Madrid en el radar para la temporada de florecimiento, pero deberías de considerarlo.

POR: Iker Jáuregui

Cada año, cuando el invierno empieza a ceder, la naturaleza ofrece uno de sus mayores espectáculos con el colorido florecimiento de los árboles. En muchos lugares del mundo este fenómeno incluso se ha convertido en un acontecimiento ritual. En Japón, por ejemplo, los icónicos sakura atraen a miles de personas. Pero, aunque es el caso más famoso, no es el único. Madrid, muy lejos de Asia, tiene su propia versión de este ritual primaveral. Ahí, el parque de la Quinta de los Molinos se transforma cada año entre finales de febrero y comienzos de marzo.

Los almendros, de las variedades Largueta y Marcona, comienzan a abrir sus flores antes incluso de que broten las hojas. Esta característica los convierte en uno de los primeros árboles en anunciar el final de la estación fría. Durante una semanas, cerca de dos mil almendros florecen casi al mismo tiempo, cubriendo el paisaje de tonos blancos y rosados que anuncian la llegada de la primavera. 

En la Quinta, las distintas variedades y la combinación de especies favorecen la polinización y prolongan la floración durante varios días, creando un mosaico de matices que va del blanco puro al rosa suave.

Pero el encanto del parque no se limita a la floración. La Quinta de los Molinos tiene también una historia que explica su singularidad dentro del paisaje urbano madrileño. La finca perteneció al urbanista y profesor de arquitectura César Cort Botí, quien a principios del siglo XX transformó el terreno en un espacio de experimentación agrícola y paisajística, plantando numerosos almendros, olivos y otros árboles. Tras su muerte, parte de la propiedad fue cedida al Ayuntamiento de Madrid y convertida en parque público, conservando el carácter de antigua quinta con huertas, jardines y edificaciones históricas.

El nombre del lugar procede de los molinos de viento instalados en los años veinte para extraer agua de los pozos y alimentar el sistema de riego de la finca, una infraestructura que todavía forma parte de su identidad. Con el tiempo, el parque se consolidó como uno de los espacios verdes más singulares de la ciudad, tanto por su patrimonio histórico como por su riqueza botánica. En 2025, además, fue declarado Bien de Interés Cultural, reconocimiento que subraya su valor paisajístico y urbano.

 
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