El artista mexicano que podría decorar la última fachada de la Sagrada Familia
La obra entra en una de sus fases finales, pero quizá también la más difícil y controversial.
POR: Iker Jáuregui
La Sagrada Familia entra en una de las etapas más delicadas de su larguísima historia. En el año del centenario de la muerte de Antoni Gaudí, la torre de Jesucristo ya alcanza los 172,5 metros y la estructura vertical de la basílica puede considerarse prácticamente culminada. Ahora la atención se concentra en la fachada de la Gloria, la última de las tres grandes fachadas concebidas por el arquitecto y, también, la que está llamada a convertirse en el acceso principal al templo.
Para darle contenido escultórico, el Patronato de la Junta Constructora invitó a tres artistas: Miquel Barceló, Cristina Iglesias y el mexicano Javier Marín. Los tres entregaron sus proyectos después de trabajar con las comisiones artística y teológica de la basílica. El veredicto todavía no se ha hecho público y ni siquiera está decidido que la obra vaya a recaer en un único creador: la Junta contempla la posibilidad de elegir a uno, a varios o incluso a ninguno de los tres.
La confidencialidad impide conocer en detalle las propuestas de Iglesias y Marín, pero sus aproximaciones permiten imaginar tres maneras muy distintas de enfrentarse al encargo. Por su parte, Miquel Barceló ha confirmado que su maqueta consiste en un gran rectángulo de cerámica multicolor, poblado por numerosas figuras. Es una solución que conecta con su experiencia en proyectos religiosos monumentales, como la intervención cerámica de la capilla del Santísimo de la catedral de Palma.
Cristina Iglesias, en cambio, llega desde una escultura más abstracta y espacial. Su obra suele explorar la relación entre arquitectura, naturaleza y recorrido, algo que también aparece en intervenciones como las puertas del Museo del Prado o Hondalea, en San Sebastián. Sobre la Sagrada Família, la artista ha evitado revelar su propuesta y ha insistido en la dimensión simbólica, arquitectónica y espiritual del proyecto.
La obra del mexicano Javier Marín plantea el reto desde un lenguaje figurativo y contemporáneo, muy ligado a la representación del cuerpo humano. El escultor mexicano ha explicado que busca una lectura comprensible y capaz de transmitir valores universales, al tiempo que incorpora una mirada propia del presente. Su propuesta parte, por tanto, de una tradición figurativa que pretende dialogar con la arquitectura de Gaudí sin limitarse a reproducirla.
El desafío no es menor. Gaudí imaginó la fachada de la Gloria como una representación del recorrido de la humanidad desde Adán y Eva hasta el Juicio Final, pasando por el infierno, el purgatorio, el cielo y las enseñanzas de Jesús. Será la pieza que complete el relato de las otras dos fachadas: el Nacimiento y la Pasión.
Pero terminar la Sagrada Família nunca ha sido una cuestión exclusivamente arquitectónica. Desde los años sesenta, distintos arquitectos, artistas e intelectuales cuestionaron la continuación de una obra cuyo autor había muerto en 1926. En 1965, un manifiesto publicado en La Vanguardia pidió detener los trabajos; décadas después, la elección de Josep Maria Subirachs para la fachada de la Pasión volvió a provocar protestas por la distancia entre su lenguaje escultórico y el de Gaudí.
A esa discusión sobre dónde termina Gaudí y dónde empieza la interpretación contemporánea se suma ahora un problema mucho más concreto: la escalinata monumental que debería conducir hasta la fachada de la Gloria. Su construcción afecta a edificios residenciales cercanos y ha provocado negociaciones entre el templo, el Ayuntamiento y los vecinos.
Así, la fachada de la Gloria representa algo más que la última gran pieza escultórica de la basílica. Es también el punto donde se cruzan la visión de Gaudí, más de un siglo de interpretaciones y una Barcelona que todavía debe decidir cuánto espacio está dispuesta a ceder para completar uno de sus edificios más reconocibles.
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