Mi relación con la región japonesa de Tohoku comenzó gracias a mi madre. Ella nació y creció en una de sus prefecturas y, cuando yo era niña, me hablaba de sus inviernos interminables y me contaba que la nieve podía cubrir los campos por meses. Entonces, cuando la agricultura se detenía, las familias tenían que encontrar otras formas de sobrevivir. Aparecían manos que tejían cestas, tallaban madera, moldeaban cerámica o hilaban telas para venderlas en los mercados cercanos. Sin darme cuenta, aquellas historias sobre el frío y el ingenio de la gente de Tohoku terminaron convirtiéndose en mi primera lección sobre la artesanía japonesa.
Las tradiciones del norte nunca han tenido el protagonismo ceremonial de Kioto ni se han comparado con la sofisticación de las artes de la antigua capital imperial. Las piezas de Tohoku son distintas. Nacen de la necesidad, son hechas para durar y acompañar la vida cotidiana. Los japoneses tienen una manera particular de apreciar estos objetos que a simple vista quizá no llaman la atención, pero que brillan en lo práctico. Incluso tienen un término para definirlo: younobi (用の美, “la belleza de lo útil”), un concepto estético que precisamente sostiene que la verdadera belleza reside en las herramientas y los objetos que utilizamos en la vida diaria.

Pocos procesos encarnan ese principio como el algodón de Aizu. Lo descubrí hace unos meses apenas, en la primavera. Me dirigía al pueblo donde nació mi madre cuando decidí hacer una parada en Aizu-Wakamatsu, al oeste de la prefectura de Fukushima. No es un destino que aparezca en la mayoría de los itinerarios internacionales sobre Japón, tampoco tiene grandes avenidas comerciales ni el vértigo luminoso de Tokio. En contraste, suele atraer a grandes grupos de turistas nacionales, sobre todo a aquellos particularmente interesados en la historia de los samuráis.
Las calles de Aizu todavía conservan antiguas residencias de guerreros y el castillo de Tsuruga sigue recordando uno de los episodios más dramáticos de la guerra Boshin, el conflicto que puso fin al shogunato en el siglo XIX y que concluyó con el gobierno militar de los samuráis. Aquí también se encuentra el memorial del Byakkotai, que conmemora a la célebre Unidad del Tigre Blanco: un grupo de adolescentes samuráis de entre 15 y 17 años que, al creer erróneamente que su castillo había caído en manos enemigas, decidieron quitarse la vida antes que rendirse. Su historia se ha convertido en un símbolo de lealtad y sacrificio para la ciudad.
Sin embargo, yo había llegado hasta acá buscando otra forma de resistencia. El algodón de Aizu, o momen, es una de las tradiciones textiles más antiguas del norte de Japón. Aunque el cultivo del algodón en esta región se remonta varios siglos atrás, su auge llegó durante el periodo Edo, cuando Aizu se convirtió en un importante centro productor de tejidos resistentes destinados a la vida diaria.

La geografía tuvo mucho que ver. El clima de Fukushima no era el más adecuado para cultivar algodón y las plantas producían fibras más cortas de lo habitual, que resultaban en un hilo más grueso. En otras regiones, esto habría sido considerado una desventaja. En Aizu, en cambio, se convirtió en una virtud.
Cuando se tejía con este hilo, las telas quedaban más pesadas, densas y extraordinariamente resistentes, algo perfecto para una región de inviernos severos y para una sociedad agrícola que necesitaba ropa capaz de soportar años de uso. Con él se confeccionaban prendas cotidianas y, sobre todo, los noragi, la indumentaria de trabajo utilizada por los campesinos japoneses.
Cuanto más leía sobre esta tela, más me intrigaba la idea de que una costumbre artesanal tan profundamente ligada a la identidad de Tohoku hubiera permanecido casi invisible para quienes visitamos Japón, e incluso para los propios japoneses. De hecho, mi investigación arrojaba más bien resultados históricos, con referencias del pasado y prácticamente ningún rastro de que esta práctica siguiera vigente.

Después de un tiempo pude dar con el nombre de un solo taller que parecía seguir produciendo este tipo de tela: Yamada Momen Orimoto Company. Es uno de los poquísimos lugares donde se continúa fabricando el algodón de Aizu de manera tradicional. Durante la época dorada de esta industria llegaron a existir alrededor de 30 telares y fábricas en la región. Hoy sobreviven apenas unos cuantos. Yamada se ha convertido, por ello, en una especie de guardián de la memoria textil de Aizu.
La fábrica se encuentra en un edificio discreto, alejado de cualquier pretensión turística. No hay una tienda lujosa ni exhibiciones pensadas para las redes sociales. Apenas crucé la entrada, tuve la sensación de haber llegado a un lugar donde el tiempo avanza a otro ritmo. De fondo, un rumor perpetuo, como el aleteo de mil mariposas, que en realidad venía de los telares automáticos trabajando sin descanso.

Era un golpeteo constante, metálico y rítmico, que llenaba toda la nave. El ruido parecía tener una cadencia propia, casi hipnótica. Por momentos recordaba la lluvia golpeando un tejado; por otros, al traqueteo de un tren antiguo. Me quedé observando cómo las máquinas entrelazaban los hilos con una precisión repetida miles de veces.
Los telares utilizados en la fábrica pertenecen a una época en la que la mecanización japonesa todavía convivía con métodos de producción esencialmente artesanales. Aunque funcionan de forma automática, requieren la supervisión constante de los artesanos, que ajustan tensiones, cambian bobinas y corrigen cualquier pequeña desviación que pueda alterar el tejido.

Sobre las máquinas aparecían, poco a poco, las características franjas verticales del momen. Las rayas son una de las señas de identidad de este algodón. Algunas combinan azules profundos con blancos cremosos, otras incorporan discretos matices rojizos o negros. Son patrones sobrios, casi austeros, que parecen imprimir el carácter de la región.
Mientras observaba los telares, pensé en las historias que mi madre me había contado de pequeña. En aquellas familias que, cuando la nieve impedía trabajar la tierra, se reunían en interiores para producir objetos que les permitieran sortear el invierno. De alguna manera, aquel ruido era el eco de todo eso. Un sonido que había acompañado la vida de generaciones enteras. Y, sin embargo, también era el sonido de algo que se desvanece.
Después de la Segunda Guerra Mundial, el algodón de Aizu comenzó a perder el lugar que había ocupado durante siglos. Japón se industrializó rápidamente y los tejidos sintéticos y las telas importadas, mucho más baratas, inundaron el mercado. Al mismo tiempo, la vestimenta japonesa se occidentalizó. Los kimonos y las prendas tradicionales dejaron de formar parte de la vida cotidiana, mientras que las telas pesadas de algodón fueron sustituidas por materiales más ligeros y fáciles de producir.

La demanda se desplomó, muchas fábricas cerraron y los telares fueron apagándose uno a uno. La industria del momen llegó a enfrentar una verdadera crisis de supervivencia.
En un país donde la innovación tecnológica suele acaparar la atención resulta fácil olvidar que algunas de las tradiciones más valiosas dependen de muy pocas personas. A veces, apenas de una familia dispuesta a seguir trabajando contra toda lógica económica. Eso es precisamente lo que representa Yamada Momen Orimoto.
La fábrica continúa produciendo telas en pequeñas cantidades y ha encontrado nuevas formas de mantener viva la tradición. Algunos prestigiosos diseñadores y marcas japonesas han comenzado a utilizar el algodón de Aizu para confeccionar camisas, bolsas, accesorios y piezas contemporáneas que permiten que el tejido encuentre nuevas generaciones de usuarios.
No es un renacimiento espectacular, más bien es como una brasa que se resiste a apagarse: la revaloración de un trabajo artesanal que nunca se ha hecho con la intención de brillar en una pasarela, exhibirse en un museo o convertirse en un objeto de lujo, sino para acompañar las tareas más comunes del día a día.

Ahí reside la verdadera belleza del algodón de Aizu, en la humildad de lo cotidiano, en la idea de que un tejido puede ser hermoso precisamente porque fue creado para soportar el paso del tiempo, para ensuciarse, repararse y mantenerse útil.
Cuando abandoné la fábrica, el ruido de los telares continuaba resonando detrás de mí. Afuera, la primavera había cubierto de verde los alrededores de Aizu-Wakamatsu. Los viajeros interesados en la historia de los samuráis y en las leyendas del Byakkotai se paseaban por las calles buscando las huellas de un Japón que parece pertenecer al pasado.
A pesar de que era exactamente lo que buscaban, quizá muchos de ellos ignoraban la historia del Aizu momen y seguramente volverían a casa sin conocerla. La memoria de esta importante tradición textil pende de un hilo y apenas se mantiene por tres o cuatro fábricas familiares, como Yamada Momen Orimoto. Guardianes de los inviernos de Tohoku, de las manos que aprendieron a sobrevivirlos y de una tradición que, aunque amenazada, sigue produciendo su inconfundible música de metal y algodón.