Estados Unidos

La costa oeste de Estados Unidos, con el Mundial como pretexto

Esta región de Estados Unidos concentrará una gran parte de la actividad mundialista: el pretexto perfecto para conocer ciudades y culturas vibrantes.

POR: Ana Dávila

¿Cuántas buenas razones hay para viajar? Miles, y aun así buscamos cualquier excusa para posponerlo. Sin embargo, la Copa Mundial de la FIFA es uno de esos eventos que, como reloj, marca cada cuatro años una fecha que aún el mayor procrastinador no puede eludir. En este caso, la razón para hacer el viaje no es lo de menos.

No importa en qué parte del mundo suceda, el Mundial es un objetivo en sí mismo, una experiencia única (y alucinante) que convierte los días en una fantasía donde todo vive y muere con un balón. Eso no significa que haya que limitarse a un estadio, por más espectáculo que este prometa.

Dicen que lo que importa no es el destino sino el trayecto, y con lo que ofrecen estas ciudades mundialistas en Estados Unidos –más allá del futbol– se puede tener de todo.


Moverse por tierra

Recorre la costa oeste por la mítica Pacific Coast Highway. El trayecto de Los Ángeles a San Francisco (sin paradas, aunque lo recomendable es tomarse algunos días para conocer Santa Bárbara, Big Sur, Monterey, Carmel-by-the-Sea y Santa Cruz) toma de nueve a 12 horas. Si viajas por el valle central, harás mucho menos tiempo, alrededor de seis horas, pero te perderás del paseo escénico.

De San Francisco a Seattle por la PCH harás alrededor de 17 horas si viajas directo (aunque no conocerías Point Reyes, Mendocino o Cannon Beach, en la costa de Oregón). El viaje por carreteras centrales dura 13 horas.

Si no quieres manejar, la opción es el Coast Starlight Train, que toca las tres ciudades. De L.A. a San Francisco toma 12 horas; de San Francisco a Seattle, 23. El tren cuenta con asientos coach y habitaciones privadas.


Los Ángeles

Nadie se atrevería a autodenominarse Ciudad de Campeones si no tuviera los méritos para respaldarlo. Los Ángeles tiene más que suficientes. La ciudad más grande de California se toma el deporte en serio y la prueba está en los múltiples campeonatos que sus franquicias obtienen una y otra vez.

Los Ángeles vibra con el deporte tanto como lo hacen sus playas, sus montañas, su multiculturalidad. No es sorpresa que haya sido elegida para recibir el primer partido de la selección de Estados Unidos en el impresionante –y prácticamente nuevo– SoFi Stadium, además de siete encuentros adicionales, incluyendo un atractivo juego de cuartos de final.

Foto SoFi Stadium por Rich Gordon.

No hay mejor ingrediente para un escenario mundialista que una ciudad que respira, late, come (especialmente come) diversidad. Y a pesar de la proeza que representaría para cualquiera recibir un evento así, el Mundial será sólo una prueba (de fuego) para esta ciudad inmensa y complicada –imposible ser una cosa sin la otra–, previo a los Juegos Olímpicos de 2028.

¿Dónde quedarse?

El tiempo es corto y las distancias largas, así que lo primero que hay que hacer antes de pretender armar un itinerario que funcione tanto para efectos mundialistas como para meramente turísticos es establecer prioridades.

Inglewood, al suroeste de la ciudad, es hogar del SoFi Stadium y está a pocos kilómetros del Aeropuerto Internacional de Los Ángeles, para quienes prefieren el trayecto más corto del avión a su hotel y del hotel al estadio. La desventaja es que tiene pocos atractivos. La sugerencia para tener un pie en la acción futbolística sin perderse del resto es hospedarse en Marina del Rey, Venice o Culver City.

Marina del Rey es perfecto para familias. Las aguas tranquilas de Marina Beach (o Mother’s Beach), una laguna en forma de medialuna, se prestan para ir con niños, hacer paddleboarding o kayaking.

Venice es un ícono angelino conocido por su vibra bohemia. La calle de Abbot Kinney, a pocos metros de la playa, es un corredor tapizado de tiendas, restaurantes y galerías. Aunque lo ecléctico tiene un costo y es mejor evitar la playa por la noche (esto incluye Santa Monica Beach). El Gjelina Hotel, de los creadores del ya clásico restaurante del mismo nombre, es el lugar para hospedarse. Es pequeño, acogedor y con una decoración impecable. Las suites, con cocineta y acceso a la terraza, son un sueño.

Culver City, aun mejor conectada con el resto de la ciudad, tiene el espíritu relajado (y más pulido) del oeste de Los Ángeles y un downtown caminable y tranquilo a todas horas. El emblemático The Culver Hotel, con más de 100 años de historia, es la mejor opción, mientras que The Shay tiene una alberca en el rooftop que es un lujo en el verano.

Si estar cerca del estadio no es prioridad, otras zonas para hospedarse son Silver Lake: alternativo, repleto de boutiques independientes y cafeterías de especialidad; DTLA , con bares, restaurantes, museos y landmarks arquitectónicos, como el Walt Disney Concert Hall; Miracle Mile, donde encontrarás un museo tras otro, el famoso LACMA entre ellos; Los Feliz, con un village caminable y cerca del Observatorio Griffith y múltiples hikes; Beverly Hills, que no necesita introducción; Santa Mónica, envidiablemente cerca de la playa y las montañas; West Hollywood, para vida nocturna, tiendas y restaurantes, y Westwood, hogar de la UCLA . Ninguna zona falla, pero hay que considerar el aumento en los tiempos de traslado.

¿Dónde comer?

Nada dibuja mejor la multiculturalidad de Los Ángeles como su escena gastronómica. El buen clima de California regala los ingredientes y chefs de todo el mundo se encargan de ponerlos en la mesa en las formas más creativas posibles. No hay lista suficientemente grande para englobar lo que hay que probar, pero, como todo en la ciudad, el plan es “elige tu propia aventura”, y opciones hay de sobra.

Para empezar el día, Café Telegrama tiene los mejores hot cakes de blueberries y ricotta, y Millie’s Café tiene ese menú enorme de diner donde todo el mundo queda satisfecho. Las porciones son grandes y el servicio es rápido.

Dos tailandeses que hay que probar son Anajak Thai y Jitlada. El primero requiere reservación con al menos un mes de antelación, mientras que el segundo es first-come, first-served. Anajak Thai no está precisamente en Los Ángeles, sino en The Valley –detrás de las montañas donde está el letrero de Hollywood–. ¿Vale la pena manejar una hora? Por las costillas en glaseado de piña, claro. Jitlada es mucho más caótico y tradicional, pero sus currys no son menos célebres.

Para quien busca la experiencia hollywoodense está Musso and Frank, un lugar histórico de la Era Dorada del cine, favorito de Elizabeth Taylor, Marilyn Monroe y F. Scott Fitzgerald. El menú –y los martinis, su especialidad– no han cambiado desde su apertura en 1919.

¿Italiano? Dos palabras: Chi Spacca, de la celebrity chef local, Nancy Silverton. Hay que pedir la focaccia di Recco, dos capas de masa delgada y crujiente con relleno de queso salado. Sus vecinos, Osteria Mozza y Pizzeria Mozza –también de Silverton– son igual de buenos. Aunque la mejor pizza de la ciudad está en Pizzeria Sei, premiada como la mejor de L.A. Su estilo es “tokio-napolitano”: trabajan la masa de tal forma que el resultado es una orilla suave como mochi, crujiente como lo que uno esperaría de una pizza al horno.

¿Qué hacer?

El checklist de puntos por visitar no es ni la mitad de abrumador que el de otras ciudades –Nueva York específicamente–, por lo que lo ideal es tomar el coche (la mejor forma de transportarse), escoger una o dos actividades que hacer en el día y dejar que las horas pasen mientras el mundo (y el balón) gira. Las opciones pueden reducirse a lo siguiente: naturaleza, museos, gastronomía y shopping.

Un viaje a Los Ángeles, aun en pleno Mundial, no está completo sin al menos una caminata. Una ligera pero satisfactoria es la de Fern Dell, un trayecto ascendente de aproximadamente una hora que culmina en el Observatorio Griffith, con vistas espectaculares del letrero de Hollywood, las montañas de Santa Mónica y el Downtown. Ver el atardecer aquí es toda una experiencia. Para los early birds está Los Liones, en Pacific Palisades, un trail que recompensa con un mirador que mira al océano.

Quien quiera aventurarse más allá de Los Ángeles será recompensado con uno de los lugares más especiales en la costa del sur de California, Point Dume, en Malibú, una caminata corta al borde de un acantilado que mira al Pacífico, con acceso a la playa y, con suerte, leones marinos. Y hablando de playas, la oferta es enorme, evidentemente: evita la popular Santa Monica Beach y ve unos minutos más al norte, a la Will Rogers State Beach, mucho más tranquila. En Malibú, Matador y Zuma son clásicas.

La oferta de museos tampoco se queda atrás. La apertura de las David Geffen Galleries, dentro del LACMA, el pasado abril fue uno de los eventos más esperados de la ciudad por años. En el centro, The Broad, con obras de Koons y Basquiat, ofrece acceso gratuito (con reserva previa) y, al oeste, el Getty Center es imperdible. Los cinéfilos tienen una parada obligada en el Academy Museum; las familias, en La Brea Tar Pits. Los viernes de jazz en el LACMA son el break perfecto del futbol y el punto de reunión de grupos de amigos y familias (con sus perros). Lleva tu kit para pícnic –vino incluido– y relájate en la explanada del museo mientras una banda local toca jazz en vivo.

Sólo aquí ir al cine en pleno viaje vale la pena, pero no a cualquiera: The Egyptian Theater, el Vista Theater o el New Beverly Cinema, los dos últimos propiedad de Quentin Tarantino.

En cuanto al shopping, más allá de la famosa Rodeo Drive en Beverly Hills, la calle de Melrose, entre La Brea y La Ciénega, es un paraíso para quienes aman lo vintage –aunque caminando hacia el oeste empiezan a aparecer las galerías y tiendas de diseñador–. Malls por excelencia son Westfield Century City y The Grove, adyacente al Original Farmers Market. Para encontrar algo único y local están Counter Space y County LTD en Silver Lake, Janessa Leoné en Culver City, Noodle Stories en Beverly Grove y General Store y Cuyana en Venice. En cuanto a snacks para llevar a casa, no hay como Joan’s on Third (Beverly Grove) y Gjusta Grocer (Venice), y si hay tiempo entre los partidos –y tienes la suerte de estar aquí en domingo–, el Hollywood Farmers’ Market es el lugar para probar lo más fresco del campo californiano (literalmente, cada vendedor ofrece algo).

San Francisco

San Francisco es una de esas ciudades que se revela poco a poco, con sus calles inclinadas que sorprenden con vistas imposibles, la neblina que cubre la ciudad sin avisar en cualquier momento del día y sus barrios que, más que distritos, son como pequeños mundos en sí mismos.

Como ciudad mundialista, ofrece algo distinto de lo expansivo de Nueva York o Los Ángeles: es mucho más íntimo, lleno de textura, y a veces contradictorio. Aquí, la belleza natural y la vida urbana están en constante conversación: el Pacífico a un lado, la bahía al otro y, en medio, un denso tapiz de culturas al que dan forma artistas, empresarios y generaciones de inmigrantes que han dejado su marca en todo, desde la arquitectura hasta la gastronomía. Y aunque el mapa de la ciudad indica lo contrario –es conocida como la ciudad de 7 x 7 millas, ya que cubre sólo 49 millas cuadradas–, recorrerla requiere tiempo, si se hace bien. San Francisco recompensa a quien pasea más que a quien planea. Aunque claro, para llegar a su epicentro mundialista, el Levi’s Stadium en Santa Clara (65 km al sur), requerirá cierta logística.

¿Dónde quedarse??

Aquí, dónde te hospedas tiene menos que ver con el hotel en sí y más con la zona en la que te vas a ubicar. Cada una tiene su ritmo, personalidad y perspectiva única. En cierta forma, al decidirte por una zona, eliges también la versión de San Francisco que quieres conocer.

Si quieres la versión más cinemática –la bahía en todo su esplendor, con ferries cruzando, vistas del Bay Bridge, Alcatraz y el skyline de la ciudad–, Embarcadero es el lugar. Es tranquilo, caminable y está muy bien conectado.

Sólo unas cuadras más adentro está Jackson Square, una de las partes más antiguas de San Francisco y, sorprendentemente, poco concurrida. Aquí está The Battery, parte club privado y parte hotel, con sólo 14 suites que garantizan un espacio de calma en medio del caos. La ventaja es que el Financial District y North Beach están muy cerca.

Más al norte, Fisherman’s Wharf es la cara más reconocible de la ciudad. Es muy turístico y está lleno de energía. Si moverte entre multitudes no es un deal breaker, tendrás a cambio los muelles históricos, el acceso a los ferries y toda la belleza de la bahía. Aquí, la proximidad le gana a la autenticidad y hace de esta una base conveniente para quienes visitan por primera vez la ciudad.

Si prefieres una zona más residencial y una atmósfera más local, elige Pacific Heights o la pintoresca Haight-Ashbury, un viaje en el tiempo a los años sesenta, cuando hippies, artistas y todos aquellos que no encajaban en un molde le dieron nueva forma a San Francisco. En Downtown, los contrastes entre historia y modernidad son más evidentes. Estar aquí te pone al alcance de todo, aunque hay que estar atento, sobre todo de noche.

Dicho esto, una de las preguntas clave será, ¿es preferible hospedarse en San Francisco o en Santa Clara, si la intención es ir a los juegos? La decisión se reduce a la intención. La ciudad tiene muchos atractivos, pero el precio es un largo trayecto al estadio (alrededor de hora y media). Si optas por el área del Levi’s Stadium, llegar será el menor de tus problemas, pero estarás en un espacio mucho más limitado en todos los aspectos.

¿Qué comer?

La escena culinaria de San Francisco tiene menos que ver con restaurantes de moda que con una forma muy especial de ver la cocina. Es la proximidad –al mar, al campo, a una larga historia de migración– lo que la caracteriza, y esa proximidad hace su aparición en el plato. Aquí, los ingredientes importan, no de una forma pretenciosa sino esencial. Los menús cambian constantemente, dependiendo de la estación, y los platillos se disfrazan de simplicidad, pero son todo lo contrario.

En el Mission District, taquerías y panaderías –como la popular Tartine, donde la fila le da la vuelta a la cuadra cada mañana– conviven con instituciones como Delfina, uno de los pioneros de la cocina cal-italiana. El espagueti pomodoro, simple como suena, es la especialidad de la casa, y es la muestra perfecta de cómo una selección de pocos ingredientes, pero perfectamente escogidos, da como resultado una obra de arte.

En Hayes Valley y Fillmore, restaurantes como The Progress insisten en elegir productos de temporada, aunque se inclinan a lo creativo, mientras que en Richmond la influencia de la cocina asiática es notoria. Si quieres empezar el viaje con un clásico, visita Zuni Café en Civic Center y prueba su famoso pollo rostizado para dos, aunque el tiempo de espera es de 45 minutos. Así de recién hecho es todo.

Si empiezas el día en Presidio, carga energía en Breadbelly con un kaya bun, un pastelito relleno de kaya –una crema hecha con crema de coco, huevo, azúcar y hojas de pandan, originaria del sureste de Asia– con un topping crujiente de matcha y almendra. Y de vuelta del juego, en North Beach, una rebanada cuadrada (orgullosamente autodenominada “sanfranciscana”) de Golden Boy Pizza te regresará a la vida.

Por supuesto, no puedes irte sin probar un ícono de la ciudad: el sourdough. En Fillmore, ve a Jane The Bakery, donde lo hacen con trigo entero californiano, a Rize Up (dentro del North Beach Farmers Market, sólo abierto los sábados) o a la tradicional Boudin Bakery en Fisherman’s Wharf, inaugurada en 1849, donde además puedes pedirlo en un bowl, rebosante de clam chowder, sopa de tomate o chili.

¿Qué hacer?

Inevitable mencionar el ícono de la ciudad: el Golden Gate Bridge. En lugar de cruzarlo, haz como los locales y camina de Crissy Beach a Fort Point hasta verlo de frente. Las vistas son espectaculares todo el paseo. Si hay tiempo, recorre Presidio y sus senderos, que en algún punto te hacen olvidar que estás en medio de la ciudad. Podrías pasar un día entero aquí.

Otra opción es visitar Alcatraz, que vale la pena desde el momento en que te subes al ferry (en el Pier 33). La vista desde “The Rock”, como se llama a la isla, hacia el skyline de la ciudad es única. A tu regreso, el plan se vuelve gastronómico: camina por el Embarcadero hacia el Ferry Building y prueba los ostiones Sweetwater de Hog Island Oyster Co., los burritos de Señor Sisig, las hamburguesas de Gott’s Roadside o el helado Secret Breakfast de Humphrey Slocombe, hecho con bourbon y galletas de corn flakes.

Si quieres un plan que se incline menos a lo turístico, camina por el barrio de Haight-Ashbury, donde nació el “Summer of Love” en 1967. Empieza en Flywheel Coffee Roasters y cruza la calle para llegar a Amoeba Music. Caminando por Haight vas a encontrar una plétora de tiendas vintage como Love on Haight, Relic y Chamaleon.

Si tienes la tarde libre, ve el sol caer frente a las famosas Painted Ladies, una fila de casas eduardianas y victorianas en tonos pasteles construidas a finales de los 1800 en Steiner Street, frente al Alamo Square Park. Para facilitarte la vida, olvida el coche y limítate al transporte público. Compra una tarjeta Clipper para moverte libremente por las diferentes redes: Muni, BART y Caltrain (indispensable para llegar al Levi’s Stadium).

Seattle

Para Seattle, el futbol no es un deporte más. El Lumen Field, que recibirá seis partidos del Mundial este verano, es el templo de los Seattle Sounders, uno de los equipos más importantes de Estados Unidos –con aficionados igual de entusiastas–. La geografía de esta ciudad, limitada por agua y montañas, le da forma a todo: el ritmo, la cultura, el mood. Es una ciudad intensa y, al mismo tiempo, que pide relajarse. Aquí nació el grunge y es un hub tecnológico y creativo que ha atraído por años a talento joven y diverso.

Lo que distingue a Seattle es su relación con la naturaleza. Los paisajes no sólo están cerca, para observarse, sino siempre presentes. Los ferries cruzan el estrecho de Puget de un lado al otro, el monte Rainier aparece en todo su esplendor un día cualquiera y las calles están tapizadas de árboles. Parecería que ni siquiera el Mundial podría alterar ese balance entre naturaleza y vida urbana, pero la energía del evento promete una atmósfera electrizante.

¿Dónde quedarse?

Downtown es el punto de partida natural. Está cerca del Pike Place Market, el Waterfront y las conexiones de transporte más importantes. Hoteles como el Thompson Seattle, el Ändra y el Lotte te colocan a unos pasos del corazón de la ciudad, lo que facilita la navegación entre puntos turísticos sin preocuparte demasiado por el transporte. Durante el Mundial, esta centralidad se vuelve aún más valiosa; el transporte público, incluido el tren ligero y los autobuses, converge aquí, ofreciendo las rutas más directas al estadio y a la Fan Zone. Es una zona dinámica, aunque por la noche puede sentirse más tranquilo que otras.

En los límites de Downtown, Pioneer Square presenta una alternativa más histórica y local, con sus edificios de ladrillo, galerías de arte, boutiques independientes y un ritmo más pausado. Quedarse aquí ofrece una ventaja única: estarás a nada del estadio.

Pero si prefieres todo lo contrario, un refugio de las multitudes alrededor del centro, habrá que ir hacia el Waterfront, donde The Edgewater promete un respiro de la locura mundialista, con vistas a las montañas Olímpicas, Elliott Bay y la ciudad.

¿Qué comer?

La escena gastronómica de Seattle está definida, ante todo, por su geografía. Rodeada de aguas frías y el campo, la ciudad apuesta por una cocina que se siente precisa y profundamente ligada al lugar. Los mariscos son protagonistas, en su forma más simple y menos pretenciosa, fiel al espíritu del lugar.

Salmón, ostras, cangrejo Dungeness, más que especialidades ocasionales, son parte del día a día. Al mismo tiempo, la identidad culinaria de Seattle está marcada por una fuerte influencia asiática, especialmente japonesa. Esto se traduce en una atención al detalle y a la técnica que abarca toda la ciudad, desde propuestas más informales hasta interpretaciones actuales.

Empezamos con el pie derecho en el Pike Place Market. No se trata tanto de encontrar un único lugar “imperdible”, sino de entender el conjunto: puestos de pescado, panaderías, pequeños puestos que funcionan como un ecosistema propio. Es turístico, sí, pero es una introducción esencial a la relación de la ciudad con el producto. Un buen desayuno es necesario para cargar batería. En Tilikum Place Cafe pide uno de sus tradicionales Dutch babies: un pancake horneado en sartén, esponjoso al centro y de orillas crujientes. El clásico es de limón con azúcar glass, pero el salado, con salchicha y queso fontina, te dará energía para todo el día.

La cultura cafetera de Seattle es bien conocida, así que hay que ponerla a prueba. Tres buenas opciones son Cardoon en Ballard, Espresso Vivace en Capitol Hill y Monorail Espresso en Downtown.

En Capitol Hill, la escena es creativa y está en constante evolución, con propuestas que mezclan influencias con naturalidad. En Ballard, el ambiente es más marítimo y local, con restaurantes donde los mariscos y la cerveza artesanal mandan. En Downtown, la oferta se amplía, combinando espacios más pulidos con otros discretos pero igual de interesantes. Lugares como The Walrus and the Carpenter capturan algo muy propio de Seattle: ostras frescas, servidas en la forma más simple posible, en un espacio que es al mismo tiempo informal y cuidado. Es el tipo de restaurante donde lo importante no es tanto qué eliges, sino cómo ese plato refleja el entorno: fresco y auténtico. Para una experiencia más clásica, Canlis ofrece otra perspectiva: una cocina más formal, con vistas que recuerdan constantemente el paisaje que define la ciudad.

En conjunto, lo que destaca es la coherencia. Seattle no intenta abarcarlo todo. Su cocina es estacional, enfocada y segura de sí misma, y se disfruta mejor no como una lista de lugares de moda, sino como un conjunto de lugares que reflejan la cultura del lugar. Es eso lo que la hace memorable.

¿QUÉ HACER?

Si quieres empezar con algo icónico –sí, muy turístico, pero por una buena razón–, visita el Pike Place Market. Asegúrate de llegar temprano para evitar las multitudes. Camina entre sus puestos, conoce el primer Starbucks del mundo y camina hacia el Waterfront. Si quieres extender el plan, pasea por el Waterfront y toma un ferry para ver el skyline desde el agua.

Luego de mencionar lo mucho que Seattle tiene que ver con la naturaleza, dirígete al Olympic Sculture Park. Desde ahí, bordea Elliott Bay, donde la ciudad se abre al agua y la atmósfera se vuelve relajada instantáneamente. Aunque, si quieres ver más verde y menos edificios, haz el viaje a Discovery Park, al oeste de la ciudad.

Si quieres hacer un poco de shopping, te encuentras en el lugar correcto, porque Seattle está lleno de

tiendas independientes con mucho de dónde escoger –especialmente de decoración–. Conoce Encore Vintage en Madison Valley y Slow Dance en Capitol Hill –sus piezas de cerámica son de las que vale la pena llevar a casa–. En esta misma zona está Chophouse Row. Aquí encontrarás Butter Home, una boutique de joyería, accesorios y decoración.

Cerca del Lumen Field, en Jackson Square, están General Porpoise y Flora and Henri, uno junto al otro. El primero tiene unas donas espectaculares, mientras que el segundo es una boutique de marcas artesanales. En esta misma zona está Arundel Books, una librería independiente que existe desde 1984 y en donde, de no haber partidos, podrías pasar horas. Y para relajarte después de un largo día, pasa por una copa de vino a Little Thing, un acogedor wine bar en Beacon Hill.

 
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