Tres viajeros nos cuentan sus viajes y la forma en que conocen sus destinos

Una perspectiva arquitectónica tiene un efecto especial en cualquier viaje. Estos viajeros van buscando texturas y patrones, mientras que el resto se conforma con el paisaje.

10 Sep 2026

La arquitectura es una de esas profesiones que alteran la forma en que lo vemos todo. Esto incluye especialmente la forma de viajar. Después de todo, para quien dedica su vida a imaginar espacios, cada destino se convierte en una oportunidad para observar cómo habitan los demás, cómo funcionan los materiales y qué historias cuentan las ciudades por medio de sus edificios.

Los arquitectos suelen viajar de una forma distinta. Mientras que algunos visitantes van a monumentos o cubren listas de recomendaciones, ellos ponen atención a detalles que para la mayoría pasarían desapercibidos: una textura desgastada por el tiempo, la sombra que proyecta una fachada durante ciertas horas del día, el sonido que produce un lugar cuando se llena de gente o la manera en que un camino lleva la mirada hacia un punto en específico.

Viajar también se convierte en una extensión natural de su trabajo. No necesariamente porque estén buscando inspiración de forma consciente, sino porque cada recorrido termina ampliando su forma de entender el espacio. Una ciudad desconocida puede convertirse en una lección sobre la escala. Un paisaje remoto puede cambiar para siempre la percepción de la proporción. Incluso una caminata sin rumbo puede revelar más sobre la identidad de un lugar que cualquier guía turística.

En esta edición dedicada a la arquitectura platicamos con tres creativos cuya obra se alimenta constantemente de los lugares que visitan. Desde templos japoneses escondidos entre musgo hasta ciudades recorridas con una libreta en la mano, pasando por viajes donde el equipaje ligero se convierte en una filosofía de vida, cada uno comparte una mirada distinta sobre el acto de desplazarse.

Más allá de los kilómetros acumulados o los sellos en el pasaporte, sus respuestas revelan algo en común: viajar es una de las herramientas más poderosas para aprender a observar. Y para quienes construyen espacios, observar todavía es el primer paso de cualquier proyecto.

José Ignacio Vargas, Naso

Para José Ignacio Vargas, fundador de Naso, la arquitectura nunca ha sido únicamente una cuestión de edificios. Su práctica se mueve entre distintas escalas, explorando las relaciones entre el individuo, el objeto, el espacio y la ciudad. Esa misma curiosidad es la que también guía su manera de viajar.

Si hay un lugar que transformó profundamente su forma de entender la arquitectura, fue Japón. Más que un edificio específico, fue la sensibilidad general de la cultura lo que lo marcó. Ahí descubrió una relación diferente con la escala, la secuencia espacial y el detalle. Pero, sobre todo, encontró una manera de integrar arquitectura y naturaleza que continúa resonando en su trabajo. Especialmente, el templo de los musgos en Kioto, donde lo construido parece coexistir con el paisaje de manera natural, casi inevitable.

Su forma de descubrir nuevos destinos también resulta curiosa. Antes que nada, abre Google Maps. Después revisa la programación cultural de la ciudad: exposiciones, conciertos, eventos. Para él, entender qué está sucediendo en un lugar ofrece una pista sobre su energía. Más tarde llega uno de sus rituales favoritos: sentarse a observar a las personas.

Aunque ha recorrido varias ciudades alrededor del mundo, uno de los espacios más memorables que ha experimentado no fue un edificio sino un paisaje. El Gran Cañón. Durante una semana recorrió la zona y acampó junto al río sin señal ni distracciones. La experiencia, recuerda, alteró por completo su percepción de la escala. Frente a la inmensidad del paisaje, muchas de las preocupaciones cotidianas simplemente perdieron importancia.

Quizá por eso sus sueños viajeros siguen apuntando hacia lugares donde la naturaleza domina la experiencia. Groenlandia aparece en la lista por sus paisajes extremos y su escala casi incomprensible. También amaría visitar el jardín surrealista de Edward James en Xilitla y recorrer Brasil para explorar de cerca la riqueza de su arquitectura moderna.

Entre vuelos y proyectos, hay ciertos objetos que nunca faltan en su equipaje: una cinta métrica, una cámara y un cuaderno, herramientas sencillas que funcionan como una extensión natural de su manera de mirar el mundo. Porque, para alguien que entiende la arquitectura como una conversación constante entre múltiples escalas, cualquier viaje puede convertirse en una investigación.

Si pudiera diseñar el viaje perfecto, sin embargo, dejaría por un momento los planos y las ciudades para emprender un roadtrip por Baja California. Surf, playa y días largos frente al mar. Una pausa donde la observación seguiría presente, aunque quizá de una forma más intuitiva.

Carlos H. Fernández, Studio H.Fernandez

Para Carlos H. Fernández, viajar nunca ha sido una carrera por acumular destinos. Más bien se trata de permanecer el tiempo suficiente para que una ciudad revele qué es realmente.

Recuerda en particular un viaje a Italia que realizó solo, durante un mes. Llevaba únicamente una mochila. La experiencia terminó convirtiéndose en una filosofía que conserva hasta hoy. Viajar ligero le permitió moverse con libertad y descubrir algo importante: necesitaba mucho menos de lo que imaginaba. Mientras que otros arrastraban maletas por estaciones y aeropuertos, él lavaba ropa y continuaba avanzando.

Con los años, esa preferencia por la ligereza se ha mantenido. Siempre que puede, viaja únicamente con un backpack. Más que una cuestión práctica, se ha convertido en una forma de relacionarse con el viaje. Menos equipaje significa menos preocupaciones y más espacio para observar.

Su destino soñado durante mucho tiempo fue Japón. Lo pospuso varias veces hasta que finalmente, en 2025, decidió dedicarle al menos dos meses completos. No fueron unas vacaciones rápidas ni una lista de lugares por tachar. Para Carlos, los viajes empiezan realmente cuando terminan las visitas obligadas. Es entonces cuando aparecen los momentos cotidianos: observar a la gente, caminar sin rumbo, regresar varias veces al mismo café o simplemente dejar que una ciudad marque su propio ritmo.

Quizá esa paciencia tiene una relación con su profesión. Como diseñador y creador de objetos, observa constantemente los materiales que lo rodean. Lo hace de manera casi involuntaria. Toca superficies, estudia texturas y analiza acabados. Cada ciudad se convierte en una biblioteca abierta de referencias.

Aunque suele sentirse atraído por destinos urbanos, la arquitectura continúa como uno de los principales motores detrás de sus viajes. No necesariamente para buscar respuestas concretas, sino para seguir aprendiendo. Por eso, incluso después de cumplir el sueño de visitar Japón, siente tranquilidad al no tener un próximo destino definido. La posibilidad de regresar y seguir descubriendo le resulta suficiente.

Los recuerdos que suele traer de vuelta tampoco son los típicos souvenirs. Prefiere plumas, papelería y tapes de colores para la oficina. Objetos pequeños que terminan encontrando una segunda vida dentro de su proceso creativo.

Si hay una lección que ha aprendido después de años de vuelos y recorridos, es sencilla: viajar con menos. Menos equipaje, menos prisa y menos expectativas. Porque muchas veces, cuando dejamos el espacio suficiente, los lugares encuentran la forma de sorprendernos por sí solos.

Erika Westall, Peninsula Residences

Después de más de 15 años coordinando desarrollos residenciales verticales de lujo en distintas partes del país, Erika Westall ha aprendido que la arquitectura no termina cuando se coloca el último acabado o se entrega un proyecto. Lo verdaderamente importante pasa después: cuando las personas llegan y comienzan a habitar los espacios.

Quizá por eso, cuando visita un lugar nuevo, su atención no se dirige primero a los edificios. Lo que realmente le interesa es observar a la gente. Cómo se mueven, dónde permanecen, qué espacios evitan y cuáles adoptan naturalmente como propios. Le intriga descubrir por qué una plaza cuidadosamente diseñada puede permanecer vacía mientras que un parque en apariencia ordinario se llena de vida. Para ella, ahí comienza la conversación más interesante entre arquitectura y comportamiento humano.

Su fascinación por el entorno construido comenzó temprano. Recuerda perfectamente la primera vez que visitó Nueva York cuando era adolescente. Llegó en tren y salió a la superficie por una escalera mecánica en Penn Station. La experiencia fue inmediata. La altura de los edificios, la intensidad de la ciudad y lo que describe como un “caos perfecto” produjeron una impresión que permanece intacta hasta hoy. Fue entonces cuando entendió que la arquitectura no es solamente una colección de edificios, sino una fuerza capaz de moldear dinámicas sociales, definir experiencias y transformar la manera en que vivimos los lugares.

Sin embargo, el espacio más memorable que ha visitado no se encuentra en ninguna ciudad. Está bajo el agua. Cuando piensa en los lugares que más la han sorprendido, vuelve al fondo del mar. Recuerda mirar hacia arriba y observar cómo la luz atravesaba el agua mientras una inmensidad azul la rodeaba por completo. La sensación fue profundamente reveladora. Por un lado, le recordó la escala tan perfecta que hay en la naturaleza, por otro, la dimensión relativamente pequeña de la experiencia humana frente a ella.

Es una emoción que intenta trasladar a su trabajo. Más allá de la funcionalidad o lo aesthetic, le interesa que los espacios provoquen recuerdos, sensaciones capaces de permanecer en la memoria mucho tiempo después de abandonar un lugar.

Tal vez por eso su manera favorita de descubrir una ciudad es caminando. En su maleta siempre hay un elemento indispensable: los tenis más cómodos que tiene. Caminar le permite entender las transiciones, los ritmos y los detalles que muchas veces pasan desapercibidos desde cualquier otro medio de transporte.

En cuanto a los viajes con los que aún sueña, Nepal ocupa uno de los primeros lugares de la lista. Le gustaría recorrer el camino desde Lukla hasta el campamento base del Everest, una experiencia donde el paisaje y el esfuerzo físico se convierten en parte inseparable del recorrido. Japón también aparece entre los destinos pendientes; le llama mucho la atención la posibilidad de combinar experiencias culturales profundas con nuevas formas de entender el espacio.

Hoy, sin embargo, sus aspiraciones viajeras también incluyen algo más personal. Tiene ganas de comenzar a descubrir el mundo junto a sus hijos, cuando tengan la edad suficiente para recorrerlo con curiosidad y resistencia. Le interesa mostrarles los lugares más allá de la mirada turística y enseñarles a construir recuerdos a partir de los pequeños detalles. Porque al final, tanto en los viajes como en la arquitectura, son esas experiencias las que permanecen. Y cuando un proyecto logra en alguien una emoción que años después sigue recordando, Erika sabe que ha cumplido su propósito.

Al leer sus respuestas, resulta inevitable notar que ninguno eligió un edificio como el espacio más memorable que ha visitado. En cambio, aparecen el fondo del mar, la inmensidad del Gran Cañón y las experiencias que surgen cuando dejamos de correr para simplemente observar.

Quizá porque quienes dedican su vida a diseñar espacios entienden mejor que nadie que la arquitectura no compite con la naturaleza, sino que aprende de ella. Y tal vez ahí reside la mejor arquitectura. No la que busca imponerse sobre el paisaje o llamar la atención a toda costa, sino aquella que, como los grandes viajes, logra recordarnos nuestro lugar dentro de algo mucho más grande que nosotros.

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