Durante el día, la montaña manda. Esquís bien ajustados, trajes de esquiar, café to go, subirte al lift y el ritual de deslizarse sobre la nieve. Pero cuando el sol empieza a bajar y los lifts se detienen, ocurre algo igual de esperado que la primera bajada del día: el après-ski.
El término viene del francés y, literalmente, significa “después de esquiar”. Sin embargo, reducirlo a una traducción sería injusto. El après-ski es un estilo de vida mientras estás esquiando. Es ese momento en el que el cuerpo suelta la tensión del frío y el esfuerzo, y la montaña se transforma en un escenario social.
Tradicionalmente, el après-ski nació en los Alpes europeos como una forma sencilla de reunirse tras esquiar todo el día. Una bebida caliente, algo de música y buena plática. Con el tiempo, evolucionó hasta convertirse en una parte fundamental del viaje. Hoy, en destinos como St. Anton, Courchevel, Aspen o Verbier, el après-ski es tan importante como las pistas mismas.

¿En qué consiste exactamente?
No hay una sola fórmula. Puede ser una copa de vino o champaña frente a una chimenea, un chocolate caliente con vista a las montañas, un DJ set al aire libre aún con botas de esquí puestas, o una terraza llena de gente brindando mientras el cielo se pinta de colores.
Más allá de los drinks o la música, el verdadero valor del après-ski está en la pausa. Es el espacio donde se cuentan las mejores caídas, las bajadas más largas y las anécdotas del día. Se podría decir que el après-ski propone algo distinto: disfrutar lo ya vivido. Celebrar el cansancio. Quedarse un rato más, aunque ya no haya montaña que conquistar.
