Los perros protagonistas de la historia del arte

El mejor amigo del humano presente en cinco cuadros icónicos.

12 Jan 2026
Detalle de "El matrimonio Arnolfini" (1434), Jan van Eyck.

Detalle de "El matrimonio Arnolfini" (1434), Jan van Eyck.

En la historia del arte, los perros no han sido meros acompañantes decorativos. Han sido testigos silenciosos del poder, la intimidad doméstica, la violencia urbana y la angustia existencial. A veces símbolo de lealtad, otras de estatus o incluso de fragilidad, su presencia en algunos de los cuadros más célebres revela tanto sobre los humanos que los rodean como sobre la época que los retrata.

Las meninas (1656), Diego Velázquez

Uno de los perros más conocidos del arte occidental se encuentra en Las meninas, de Diego Velázquez. A los pies de la infanta Margarita reposa un gran mastín español, imperturbable ante el ir y venir de la corte. Su cuerpo macizo y su calma contrastan con la tensión compositiva del lienzo. No está ahí por azar: el mastín era un símbolo de nobleza y control, una extensión silenciosa del orden monárquico que Velázquez disecciona con maestría.

Carlos V con un perro (c. 1533), Tiziano

Algo similar ocurre en Carlos V con un perro, de Tiziano. El emperador aparece de pie, elegante y seguro, mientras un perro de caza lo acompaña, atento y disciplinado. El animal refuerza la imagen del poder imperial: fiel, vigilante y domesticado. En este retrato, el perro no mira al espectador, sino a su amo, subrayando la jerarquía y la autoridad absoluta del monarca.

El matrimonio Arnolfini (1434), Jan van Eyck

En un registro más íntimo, El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck, coloca un pequeño perro en el centro de la escena doméstica. De pelaje cuidado y mirada directa, el animal suele interpretarse como símbolo de fidelidad conyugal, aunque también habla de prosperidad y vida privada. En un cuadro obsesionado con el detalle, el perro funciona como ancla emocional, humanizando la solemnidad del momento.

La ronda de noche (1642), Rembrandt

La ciudad y su caos aparecen en La ronda de noche, de Rembrandt. Entre milicianos armados y sombras inquietantes, un perro ladra en primer plano, atrapado en el movimiento y el ruido. Su presencia añade una nota de desorden y vitalidad, recordándonos que la escena no es un retrato estático, sino un instante urbano lleno de tensión.

Perro semihundido (c. 1820–1823), Francisco de Goya

Muy lejos de estos perros seguros y bien cuidados está Perro semihundido, del pintor español Francisco de Goya. Aquí no hay nobleza ni compañía: solo una cabeza canina que emerge de un espacio indefinido. El animal parece perdido, vulnerable, casi abandonado. Es uno de los perros más conmovedores de la historia del arte porque deja de ser símbolo para convertirse en emoción pura: miedo, soledad y resistencia.

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