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Los materiales en tendencia en el diseño de interiores

Madera, travertino y mosaicos artesanales lideran una revolución contra el minimalismo estéril y el mueble desechable.

POR: Paulina Espinosa

Hubo un momento en que lo moderno era sinónimo de frío o brillo. Muebles de melamina, superficies lacadas, espacios que parecían más sala de espera que un hogar. Ese momento terminó.

Hoy, los despachos de diseño más activos del país reportan una demanda creciente de madera genuina, mármol travertino y mosaicos hechos a mano. Materiales con peso histórico, textura y, sobre todo, alma. El cambio es una postura frente al consumo, el tiempo y cómo queremos vivir.

“Hay una búsqueda muy clara por regresar a lo artesanal, a lo humano, a lo cozy”, explica Kristhen Ibarrola, interiorista y arquitecta con más de una década diseñando proyectos integrales en México. “La gente ya no quiere espacios que se sientan de museo. Quiere habitarlos”, destaca.

Kristhen tiene una trayectoria particular. No comenzó en un despacho de arquitectura tradicional, sino en algo más inesperado: escenografías para Televisa. Fue ahí donde aprendió a leer los materiales como un lenguaje visual. Entendió cómo una textura comunica, un acabado transforma una atmósfera y el espacio le habla al cuerpo antes de que la mente lo procese.

De esa escuela práctica e intuitiva nació su propio despacho, especializado en proyectos que abarcan desde la obra hasta el último detalle decorativo. Un enfoque que le permite controlar no sólo la estética, sino la coherencia total de un espacio. “El diseño empieza mucho antes de que lleguen los muebles”, asegura.

Su filosofía tiene nombre: minimalismo cálido. Espacios limpios pero habitables. Modernos pero con alma. Una línea que describe perfectamente el momento que vive el diseño de interiores en México y el resto del mundo.

El mueble que no dura dos mudanzas

Hay un chiste que circula entre diseñadores de interiores: el mueble de melamina no sobrevive dos mudanzas. La primera vez llega raspado. La segunda, ya no llega. Pero más allá del humor, detrás de esa imagen hay un fenómeno real que está transformando la industria del diseño en México y el mundo: la gente está empezando a rechazar activamente el modelo del mueble barato, bonito en foto y descartable en la práctica.

“Existe un rechazo creciente hacia el mobiliario laminado –confirma Ibarrola–. Se asocia con algo desechable, de corta duración. Y ya no es lo que la gente quiere para su casa”.

El paralelismo con la moda es inevitable y los propios diseñadores lo usan. Así como el fast fashion le enseñó a una generación a comprar ropa que dura una temporada, el fast furniture normalizó espacios que se renuevan cada tres años no por gusto, sino porque los materiales simplemente no aguantan. El problema, además de económico, es ambiental: un panel de melamina dañado no se repara, se tira.

Frente a eso, la tendencia que domina hoy los proyectos residenciales y comerciales de mayor nivel apunta en la dirección contraria: piezas más sólidas, materiales más resistentes, decisiones de compra pensadas a largo plazo.

Madera, piedra y mosaico: el comeback

Si tuviéramos que resumir en tres los materiales que está dominando el diseño de interiores, serían madera, mármol travertino y mosaico artesanal. No es nostalgia, sino una respuesta consciente a años de superficies artificiales y acabados que intentaban imitar lo natural sin conseguirlo del todo.

“Son materiales honestos –dice Ibarrola–. No pretenden ser lo que no son. Tienen textura, tienen historia, tienen imperfecciones, y eso es exactamente lo que la gente busca”. El travertino, en particular, vive un momento de protagonismo que pocas piedras han tenido. A diferencia del mármol pulido y brilloso, que tuvo su auge y hoy se percibe como frío o demasiado formal, el travertino llega con una superficie más porosa, más orgánica, más viva. Se siente cálido incluso antes de tocarlo.

Los mosaicos artesanales, por su parte, aportan algo que ningún material industrializado puede replicar del todo: la marca de la mano humana. Cada pieza es apenas distinta y esa variación, que en otro contexto se llamaría imperfección, es precisamente lo que los hace valiosos.

La tecnología no se quedó atrás

Aquí la historia se pone interesante: justo cuando el mercado cambia hacia lo artesanal y lo natural, la tecnología encuentra la manera de sumarse en lugar de competir. Los porcelánicos de última generación, por ejemplo, pueden replicar con una fidelidad impresionante las vetas de una madera noble o las imperfecciones de una piedra natural, y además son antibacteriales, resistentes a las huellas y mucho más fáciles de mantener. No reemplazan los materiales originales, pero hacen posible esa estética en proyectos en los que el presupuesto o las condiciones de uso no permiten el material natural. “La tecnología no está peleada con lo orgánico –explica Ibarrola–. Al contrario, hoy la usamos para que los espacios se sientan más naturales, más limpios, más confortables”.

La iluminación indirecta es otro ejemplo de esa misma lógica: la tecnología al servicio de la calidez. Nada de plafones saturados de luz blanca. La tendencia dominante es a crear espacios donde la fuente de luz casi no se ve y el resultado es una atmósfera que se siente, más que un espacio que se ilumina. La paleta de colores acompaña: neutros, arenosos, terracotas, junto con materiales como el cuero y la piel.

Sostenible significa que dure

La palabra sostenibilidad lleva años circulando en el mundo del diseño con una energía casi publicitaria. Aparece en catálogos, en presentaciones de proyectos, en los hashtags de los despachos más visibles. Pero hay una pregunta que pocos se hacen en voz alta: ¿sostenible cómo, exactamente?

Para Kristhen Ibarrola, la respuesta no está en el color del material ni en si viene acompañado de una certificación. Está en algo más simple y exigente a la vez: ¿cuánto dura?, ¿qué pasa con él cuando ya no lo necesitas?

“Sostenibilidad es analizar todo el ciclo de vida del material –explica–. Cómo se produce, cuánto dura, cómo se mantiene y a dónde va cuando termina su vida útil. Eso es lo que realmente importa”.

De acuerdo con esa lógica, un mueble de madera sólida que dura 30 años es infinitamente más sostenible que uno de melamina que se cambia cada tres. El impacto ambiental no está en la etiqueta, sino en la frecuencia con la que ese objeto termina en un basurero.

Quizá la forma más fácil de ver este cambio de mentalidad es una que pocos conocen: el mercado de antigüedades, como La Lagunilla, está viviendo un momento de auge. Y no sólo entre coleccionistas o decoradores de nicho, sino entre clientes que simplemente quieren algo que tenga historia, que no pueda comprarse en cualquier tienda y que, de paso, no haya requerido una nueva producción para existir.

“La gente busca piezas con carácter, con permanencia”, observa Ibarrola. Una silla de los años cincuenta restaurada, un mueble de madera maciza encontrado en un mercado de segunda mano, un lavabo de pedestal que parece sacado de otra época; estos elementos, combinados con un diseño contemporáneo, producen algo que ningún catálogo de tendencias puede fabricar del todo: autenticidad.

Lo que llega desde afuera

A escala internacional, la conversación ya fue un paso más allá. En naciones como Dinamarca y Países Bajos, los biomateriales están dejando de ser un experimento para convertirse en una opción real: paneles acústicos fabricados con micelio de hongos, superficies minerales ultracompactas hechas con materiales reciclados, textiles con nanotecnología que repelen líquidos y filtran los rayos UV.

En México, estos materiales apenas comienzan a asomarse. Pero hay señales locales igualmente interesantes: los bloques de tierra comprimida, usados en zonas como Valle de Bravo, ofrecen eficiencia térmica y acústica con un consumo energético mínimo en su producción. El vidrio reciclado y los textiles fabricados con PET también ganan terreno en proyectos que buscan reducir su huella sin sacrificar la estética.

Si hay una imagen que resume hacia dónde va el diseño de interiores, no es la de un espacio inmaculado salido de un render. Es la de un cuarto con luz cálida, una pared de tierra, una silla antigua junto a una mesa de diseño contemporáneo y una tela que repele el café sin que nadie lo note. Lo sofisticado escondido detrás de lo humano.

La estética que se perfila para los próximos años tiene un nombre que suena a contradicción, pero que cada vez más diseñadores usan con convicción: retrofuturista. Aluminio en acabado mate, vidrio, luz indirecta, pero con la calidez y la nostalgia de una visión del futuro que imaginaron en los años sesenta. No el futuro frío y robótico de la ciencia ficción tardía, sino uno orgánico, habitable.

La tecnología seguirá presente: cristales que se adaptan a la luz exterior, telas con nanotecnología, superficies que se limpian solas. Todo al servicio de un solo objetivo: que el espacio se sienta más humano, no menos.

 
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