La arquitectura del sonido: ¿cómo hacer que un lugar suene mejor?

El sonido es protagonista hasta cuando no debe serlo. Aunque no lo parezca, es un componente vital de cualquier experiencia, pero distribuirlo y crear un espacio acústico adecuado es todo un arte.

04 Sep 2026

Todos tenemos un restaurante de confianza, un sitio al que volvemos una y otra vez a la menor provocación, con cualquier pretexto. Seguramente se come muy bien en él o quizá tenga algún platillo por el que siempre vale la pena regresar, pero este favoritismo va más allá del menú. Es una predilección justificada en la vaguedad de una atmósfera. Una combinación de factores, a veces imperceptibles, alineados para hacerte sentir más a gusto que en otros lugares.

La sensación suele escapar a las palabras y, a falta de un término más preciso, la definimos llanamente como un “ambiente”. Nunca sabemos bien cómo se logra o exactamente qué lo provoca, pero termina inclinando la balanza de nuestro antojo. A veces incluso podría parecer que no hay intervención humana en esta mezcla precisa de factores aleatorios, casi una cuestión de brujería. Lo cierto es que hay métodos para hacer que la magia suceda.

“Me di cuenta de que en la mayoría de los lugares no se puede hablar muy bien. Eso al final no deja que, por ejemplo, tengas una buena sobremesa”, señala Nico Leau, músico y compositor. Lo que descubrió fue que en los restaurantes se crea una tensión acústica insalvable entre las voces de la conversación y la música de fondo. Esta lucha por el volumen, que provoca que los comensales terminen hablando a gritos, es un golpe directo a la atmósfera general de cualquier lugar, un gran obstáculo para estar por completo a gusto.

Nico fundó Sweet Spot precisamente para contrarrestar este efecto. Un proyecto de curaduría musical que diseña espacios sonoros con bocinas fabricadas y dispuestas a la medida. Porque, aunque no necesariamente vamos a un restaurante a escuchar música, es un complemento que quizá no sabemos que necesitamos, indispensable para tener ese codiciado ambiente. “La música es un vehículo para darle una onda característica a cada lugar –dice Nico–. Es otro de los muchos elementos que hacen especial un sitio”. Aun así, no suele tener la misma importancia que otros elementos del diseño.

¿Cómo conseguir el sweet spot?

Puede parecer sencillo, de hecho, es común que se subestime, pero la realidad es que crear un sonido envolvente y con presencia, lo suficientemente equilibrado como para tampoco ser intrusivo, no es tarea menor. “Muchos lugares piensan que sólo basta con invertir en sistemas costosos y ponerlos en las esquinas, pero así no funciona la música”, observa Nico.

En su opinión, el mejor sonido se consigue después de observar el espacio y entender las necesidades de cada lugar. Un proceso cercano al diseño y la arquitectura, que toma su tiempo. Dar con el volumen adecuado implica entender el propósito que se le asignará al sonido: si tomará el protagonismo de la experiencia, si será un acompañamiento, qué género musical predominará. Aspectos que se extienden directamente de la personalidad y el alma de cualquier proyecto.

“Si en un lugar me dicen que a partir de las siete venden más dirty martinis o que cierran hasta tarde, entonces puedo entender qué quieren escuchar y a qué volumen quieren escucharlo”, apunta Nico. Tiene que pasar suficiente tiempo en el sitio, estudiando las proporciones y la distribución del espacio, y descifrando el ambiente que cada lugar busca conseguir. Así determina un set up acústico ideal: cuántas bocinas hacen falta, cuál es la mejor forma de acomodarlas y qué tipo de tecnología se necesita para ello.

La idea es crear un espacio personalizado para cada situación. Las bocinas incluso se integran en el diseño de interiores, con los colores y materiales del resto del lugar. “Todo está pensado para que la música no sea algo que intrusivo, que no moleste, que sea el complemento que tiene que ser”, agrega.

Sweet Spot ya ha dejado su marca en algunos restaurantes de la ciudad, como Meroma o Gia, sitios a los que definitivamente no vamos con el pretexto de escuchar música, pero a los que volvemos por su “buen ambiente”. Una sensación ambigua e indescriptible que ahora quizá empieza a cobrar más sentido.

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