Everest: ¿qué pasa cuando el techo del mundo se satura?

Desde hace unos años está ocurriendo lo que alguna vez fue impensable en la cumbre más alta del mundo: largas y peligrosas filas para llegar a la cima.

26 Aug 2026

Durante décadas, llegar a la cima del Everest fue sinónimo de una hazaña reservada para unos cuantos alpinistas capaces de enfrentarse a una montaña extrema, impredecible y prácticamente inaccesible. Hoy, sin embargo, la situación es muy distinta. Cada primavera, cuando una breve ventana de buen tiempo permite atacar los 8,849 metros de la montaña más alta del planeta, cientos de personas se concentran en sus laderas para intentar llegar al techo del mundo. El problema es que el Everest no se ha hecho más grande.

La transformación comenzó con la profesionalización de las expediciones comerciales. Mejores previsiones meteorológicas, equipos más ligeros, comunicaciones, rutas equipadas con cuerdas fijas y, sobre todo, el uso generalizado de oxígeno suplementario han aumentado considerablemente las posibilidades de alcanzar la cumbre.

A esto se suma una industria de guías que se encarga de buena parte de la logística: desde instalar campamentos y transportar oxígeno hasta abrir y mantener la ruta. En otras palabras, escalar el Everest sigue siendo una empresa extraordinariamente exigente, pero ya no requiere necesariamente el mismo nivel de experiencia técnica que exigía décadas atrás.

El resultado es una montaña cada vez más concurrida. En 2024, Nepal expidió 421 permisos para intentar subir el Everest desde su vertiente sur y alrededor de 600 personas alcanzaron la cima contando a los guías, mientras que el número acumulado de ascensiones desde 1953 ya supera las 7,000. En 2026, la preocupación por la congestión volvió a ocupar los titulares después de que 274 personas alcanzaran la cumbre en un solo día desde el lado nepalí.

El problema no es meramente logístico. En la llamada zona de la muerte, por encima de los 8,000 metros, el cuerpo humano funciona con una cantidad de oxígeno extremadamente reducida. Allí, una espera que en cualquier otra montaña podría parecer insignificante puede convertirse en una cuestión de supervivencia. Las colas obligan a los alpinistas a permanecer durante más tiempo en condiciones extremas, consumiendo oxígeno y energía que necesitarán durante el descenso. Los embotellamientos también dificultan adelantar, evacuar a alguien que se encuentre en problemas o regresar antes de que cambie el tiempo.

La saturación, además, ha convertido algunas zonas de la ruta en auténticos cuellos de botella. El Hillary Step, por ejemplo, durante años fue uno de los puntos más delicados del ascenso y descenso por la ruta sur. Hoy, las cuerdas fijas permiten que más personas progresen por la montaña, pero también hacen posible que grupos numerosos coincidan en los mismos puntos estrechos. El resultado puede parecer paradójico: una infraestructura creada para hacer la escalada más segura también ha contribuido a que más gente pueda llegar simultáneamente a lugares donde el margen de error es mínimo.

Nepal ha empezado a responder a esta situación. En 2025 se planteó restringir los permisos del Everest a quienes demostraran experiencia previa en una montaña de al menos 7,000 metros, una medida pensada precisamente para reducir la presencia de alpinistas sin suficiente preparación. La discusión revela el dilema de fondo: el Everest se ha convertido en una industria turística fundamental para Nepal, pero la montaña sigue imponiendo las mismas reglas físicas que siempre. Porque a 8,849 metros, una montaña no deja de ser peligrosa porque sea más accesible.

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