Esen es un creador de contenido mexicano que ha construido una comunidad gracias a su estilo cercano, espontáneo y con un humor muy ligado a lo cotidiano. Su contenido suele girar en torno a situaciones de la vida diaria, relaciones, amistades y pensamientos que conectan fácilmente con quienes lo ven, con lo que logra que muchas personas se identifiquen con aquello que comparte.
A diferencia de otros creadores, Esen ha destacado por una personalidad que mezcla ligereza con cierta vulnerabilidad, lo que le permite no sólo hacer reír, sino alcanzar momentos más reflexivos. Esta dualidad ha sido clave en su crecimiento, ya que no se limita únicamente al entretenimiento, sino que transmite autenticidad, algo muy valorado en el entorno digital actual.

Sumado a todo esto, Esen se ha dedicado a viajar por el mundo y en 2025 cumplió algo que jamás creyó: recorrer todo México en 80 días.
Los 80 días
“Descubrí que para conocer México en 80 días necesitas 80 días para cada estado”. No es una exageración, es una forma honesta de explicar lo inabarcable, asegura Esen.
El proyecto empezó como una idea clara: 80 días, una maleta carry on y una ruta que, en papel, parecía lógica, pero que no nació de improviso. Fueron dos o tres meses de planeación para que realmente tuviera sentido. Cambios constantes, ajustes, decisiones que iban y venían hasta que, finalment se volvió posible.
Luego vino el golpe de realidad. Al cuarto día, ya estaba pensando en tirar la toalla. No por falta de ganas, sino por el desgaste. El agotamiento era real. Moverse todos los días, adaptarse, resolver sobre la marcha, sostener el ritmo, grabar, editar y publicar en tiempo real. Pero algo cambió con el tiempo. Si en el día uno la mente estaba en modo supervivencia, para el 75 ya operaba distinto. Aprendió a tomar decisiones más rápido, a confiar en su criterio y, sobre todo, a estresarse menos. No porque todo fuera más fácil, sino porque él se volvió más flexible.

Parte de esa transformación tuvo que ver con cómo se relacionó con el entorno. Su fuente más confiable de recomendaciones no fueron las guías ni los algoritmos, fue la gente local. Preguntar, escuchar, dejarse llevar por lo que alguien del lugar sugiere. Y sí, también apoyarse en herramientas como ChatGPT, pero entendiendo que la verdadera riqueza todavía no está escrita.
Hubo lugares que lo marcaron de forma especial. San Juan Chamula, en Chiapas, fue uno de ellos. No sólo por su vibe de pueblo mágico con calles empedradas, una catedral impresionante y vestimentas tradicionales de lana negra, sino por lo que representa: una comunidad que sigue hablando su lengua madre, el chamula, y que mantiene vivas sus tradiciones. Ahí, la salud no empieza en un hospital, empieza con un chamán. El doctor es la última instancia. Es otra lógica, otro mundo dentro del mismo país.
Y en medio de tantos lugares, lo más memorable no necesariamente fue lo más espectacular. Fue lo simple. Manejar durante horas y, de pronto, terminar en una plática profunda e inesperada. Esos momentos en los que conectas con alguien sin darte cuenta, sin esfuerzo. Ahí es cuando el viaje se vuelve humano. También hubo preguntas frecuentes. “¿A qué sabe la torta de tamal?” fue, curiosamente, una de las más repetidas. Y aunque podría responderse fácilmente, en realidad encierra algo más: la curiosidad por entender lo cotidiano, lo que para muchos es normal y para otros es por completo nuevo.
El viaje no sólo fue geográfico, sino interno. Le enseñó a ser más paciente, a soltar lo que no salió como esperaba, a dejar de pelear con lo que no podía controlar. Y, sobre todo, a notar más: los detalles, los matices, lo pequeño. Porque cuando te detienes a observar, todo se vuelve más grande. Y luego, el regreso.
“Llegué a mi casa, abracé a mis gatos y me tiré en mi cama”. Después de 80 días en movimiento, volver también es un acto importante. Es cerrar el ciclo, integrar todo lo vivido y, quizá, entender que el viaje no termina cuando regresas, sino cuando logras procesarlo. México no cabe en 80 días, aunque a veces basta con empezar para entenderlo. O al menos para entender que nunca se termina de conocer.
