Rutas para recorrer la Ciudad de México con amigos

La mejor forma de disfrutar la Ciudad de México es con amigos y estas crónicas de expertos nos lo han dejado claro.

09 May 2024

Después de desayunar en Marmota, puedes ir a dar una vuelta a la plaza de Rió de Janeiro.

Aquí vivimos corriendo, en una de las ciudades más grandes del mundo, donde el tráfico no conoce la piedad ni los comercios el descanso. Vivir en la Ciudad de México implica correr todo el tiempo, siempre ir con prisa de un lado a otro para acabar pendientes y resolver mandados.

Pero, también hay momentos mágicos en esta ciudad. Fines de semana, días inhábiles, vacaciones, madrugadas… cuando el ritmo parece desacelerarse y a uno le da tiempo de observar, de hacer realmente lo que te encanta y apreciar que vivimos en la mejor ciudad del mundo.

Bajo esa premisa, buscamos a periodistas que admiramos para que nos platicaran ¿qué hacen en un día libre?, ¿dónde pueden verdaderamente disfrutar la ciudad?, ¿quién los acompaña en estos recorridos?, ¿dónde comen, dónde compran?, ¿qué observan? Varios nos contaron que prefieren recorrer estas calles con sus amigos y nos llevaron a pasear con ellos por sus rutas favoritas para ir acompañado.

Pasión de casa grande

Por Iker Jáuregui

Antes de construir el Estadio Azteca, en 1962, hubo que dinamitar más de 60 mil metros cuadrados de piedra volcánica. Las explosiones sirvieron para aplanar el terreno del antiguo ejido de Santa Úrsula y como pequeños ensayos de lo que se viviría en el estadio cada fin de semana durante las próximas seis décadas. En todo ese tiempo, ya mucho se ha hablado sobre lo que significa este inmueble, no sólo para la historia futbolística de México y el mundo, sino para la vida y cultura de la ciudad. Sin embargo, no estoy seguro de que alguien haya logrado poner en palabras exactas lo que se siente estar aquí en un día de partido. Por eso tanta gente sigue viniendo para verlo con sus propios ojos.

El Estadio Azteca, casa del Club América, tiene una capacidad total de 83,264 personas.
El Estadio Azteca, casa del Club América, tiene una capacidad total de 83,264 personas.

Fuera del estadio, las multitudes activan una industria itinerante, que no da pista de su existencia en ningún otro momento de la semana. El ingenio mercante de los vecinos del barrio de Santa Úrsula le ofrece a la afición parafernalia pambolera, un lugar de estacionamiento y una amplia variedad de antojos callejeros. Yo suelo llegar temprano para ahorrarme el tráfico, que normalmente paraliza el Periférico, y disfrutar este inesperado despliegue gastronómico que va desde unos básicos tacos de canasta hasta gruesos cortes de carne asados en la parrilla al momento.

Los puestos y vendedores ambulantes se anuncian desde antes de llegar, en Avenida del Imán, Calzada de Tlalpan o incluso los carriles centrales del Periférico. Otras instituciones gastronómicas se han forjado por inercia en estos alrededores. La más memorable, y mi preferida, El Remolkito, frecuentado por leyendas del deporte y quienes tenemos suficiente suerte, o paciencia, para entrar en día de partido, con tal de probar el que se ha consagrado como el mejor taco de sirloin de la ciudad. Pero la concentración principal está en la explanada del estadio, donde el legendario Sol rojo, de Alexander Calder, vigila a la afición hambrienta e impaciente por entrar.

Pedro Ramírez Vázquez y Rafael Mijares Alcérreca, los arquitectos que diseñaron el Azteca en los años sesenta, dispusieron las gigantescas rampas de concreto que rodean el estadio para llevarnos a todos hasta nuestro lugar. Es un proceso desordenado y nadie, nunca, parece saber exactamente cuántos somos. Originalmente tenía una capacidad oficial de 110,000 personas, pero alguna vez presumió haber albergado a las 130,000 almas que fueron a ver pelear a Julio César Chávez, y que ahora, por los extraños fluidos protocolares del futbol moderno y tras varias remodelaciones, se ha reducido a entre 80,000 y 85,000 lugares.

Pronto atravesará una transformación que seguramente lo dejará irreconocible. Más ordenado y limpio, tal vez por fin capaz de precisar su asistencia, y probablemente con todavía menos lugares. Aun así, la visión del Estadio Azteca permanecerá imponente y su atmósfera será igual de arrolladora que la dinamita que empezó con su construcción hace tanto tiempo.

El orden del caos: de compras en el Centro

Por Antonio Rosas

Cuando voy al Centro, siempre regreso exhausto. Aquí se vive a un ritmo vertiginoso, al que de ninguna forma estoy acostumbrado y que me arrastra como un torbellino. Las multitudes se mueven como grandes cardúmenes, con un flujo riguroso que no permite el titubeo dominguero de los paseantes.

En estas calles hay patrones claros que se han ido formando durante siglos al ser el centro mercantil de la Ciudad de México, porque de otra forma sería imposible recorrerlas. Todo existe aquí, pero, aún mejor, todo se puede encontrar aquí. Cada calle se fue ordenando y definiendo de acuerdo con los oficios que iban llegando a sus locales. No creo que haya sido algo intencional, simplemente se juntaron los que saben, para hacernos la vida más fácil a los que no.

Así, Victoria sólo es Victoria para quien necesita direcciones, pero en realidad es la calle de las lámparas. O Mesones, que desde tiempos inmemorables es la de las papelerías.

Cuando era adolescente, mi favorita era Bolívar, el mejor lugar de la Ciudad de México para encontrar instrumentos musicales. De hecho, ahí empezó mi brevísima carrera como rockstar, la cual se truncó rápido por falta de talento. Después de varias idas, compré la que probablemente era la guitarra más barata de toda la calle, mientras que de otros locales veía salir a gente con instrumentos rarísimos, como theremines o sintetizadores modulares, que entonces no conocía, pero ahora son mi obsesión.

Palacio de Bellas Artes, ícono del Centro Histórico.
Palacio de Bellas Artes, ícono del Centro Histórico.

En épocas recientes, sin embargo, he preferido iniciar mis paseos por Donceles, que tiene la particularidad de dividirse entre tiendas de cámaras y librerías. Siempre que vienen mis amigos de visita, me gusta mostrarles los anaqueles y libreros llenos de polvo que esconden pedazos de historia, y van desde cámaras análogas hasta ediciones raras y únicas que no se encuentran en ningún otro lugar del país. Además, la calle está llena de edificios icónicos de la ciudad, como el Palacio del Marqués del Apartado y lo que en mi opinión son sus dos teatros más bonitos, el Esperanza Iris y el Fru Fru.

Seguimos la calle hasta el final, hasta topar con la Catedral Metropolitana, pero también con la calle de República de Guatemala. Este rincón del Centro se caracteriza por su comercio de artículos religiosos, útiles para los devotos y fascinantes para los transeúntes casuales. Otro tipo de fe se deposita en el famoso “callejón de la belleza”, en Alhóndiga, que ofrece cosméticos, tintes, cepillos y hasta cursos para cortar cabello.

El paseo puede terminar en alguno de los miradores del Centro: el de la Catedral o el de la Torre Latino siempre son grandes opciones. Desde ahí es fácil descifrar el orden del desorden, el movimiento organizado de las multitudes, que, en el plano terrenal, al nivel de las cantinas y los cruces caóticos, quizá no se percibe, pero en realidad tiene una lógica infalible.

Tres outs en la línea 9

Por Tomás Estrada

Alguien alguna vez me contó que durante la serie inaugural del Estadio Alfredo Harp Helú, cuando los Diablos Rojos del México recibieron a los Padres de San Diego, en 2019, hubo gente que se pasó las nueve entradas haciendo fila para comprar una orden de los clásicos tacos de cochinita del beisbol. Es decir, aficionados que no vieron ni un solo out, ni siquiera un solo lanzamiento del esperadísimo partido, con tal de formar parte de una tradición que se remonta a la época en que los Diablos comenzaron a jugar en el parque del Seguro Social, por ahí de los años cincuenta.

No estuve ahí para comprobarlo, porque los boletos volaron, pero he ido suficientes veces como para comprender el frenesí detrás de lo que podría parecer un acto de franca locura colectiva. Ya no hay que formarse todo el partido, aunque en un encuentro taquillero quizá haya que esperar un par de entradas. ¿Valen la pena? Esto divide opiniones, pero lo que sí puedo asegurar es que el plan del beisbol es uno de los mejores planes para hacer en esta ciudad.

Lo ideal es llegar en el Metro, no sólo para ahorrarse el tráfico y el estacionamiento, que puede ser caótico, sino porque el camino por la línea 9 está lleno de otros sitios imperdibles, con sus propias maravillas culinarias. Se puede empezar desde la Condesa, lo que suelo hacer temprano, para aprovechar el día y no perderme ninguna de mis paradas usuales.

Para arrancar, no hay mejor desayuno que un taquito de huevo revuelto en La Hortaliza, el cual servirá para el resto de la jornada. Después hay que hacer una de las caminatas más bonitas que tiene esta ciudad, cruzando toda la colonia Condesa, a través de los parques México y España, hasta llegar al Metro Chilpancingo. En el ínter, también aprovecho para pasar por un café y un pan dulce a Cucurucho o a Amatlán 61.

Desde Chilpancingo toma cuatro paradas de la línea 9 llegar a Jamaica, el mercado de flores más importante de la Ciudad de México. Vale la pena caminar sin rumbo entre sus más de mil puestos, llenos de flores y plantas que llegan a la capital desde todo el país. Hay que intentar reconocer olores, preguntar por las variedades raras a los marchantes expertos y, por qué no, recargar energía con algún bocado de lo que se ofrece, como el famoso puesto de mariscos Los Paisas, respaldado por sus largas filas, sin importar la hora del día.

Otras cuatro paradas más, en la misma línea café, me llevan hasta la estación Puebla, la más cercana al diamante, donde desde hace algunos años la ciudad ha revivido uno de sus pasatiempos más añejos. Aquí, el beisbol capitalino ha encontrado un segundo aire, cuando en otros lugares incluso parecería estar pasando de moda.

Por supuesto que hay mucho mérito en las hazañas de la novena local, pero hay más de uno que viene exclusivamente a comer y el gran protagonista es el taco de cochinita, que nada tiene que ver con su versión más típica e incluso podría herir susceptibilidades en cierto estado del sureste. Me refiero a unas flautas fritas que envuelven carne deshebrada, marinada en achiote, jugo de naranja y vinagre, servidas en órdenes de tres o de siete, y bañadas al gusto en una salsa de guacamole y habanero, con cebolla picada encima.

Los tacos de cochinita del estadio de los Diablos Rojos son un bocado obligado durante cualquier partido.
Los tacos de cochinita del estadio de los Diablos Rojos son un bocado obligado durante cualquier partido.

Este material tiene fines exclusivamente informativos y ha sido modificado temporalmente con motivo del inicio del periodo de campañas del proceso electoral 2023-2024, en cumplimiento a lo ordenado en los artículos 41, párrafo Tercero, fracción III, apartado C, último párrafo y 134, párrafo Octavo y Noveno de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos. 

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