Amsterdam

Ámsterdam: flotar entre diseño y arquitectura

Hay una obsesión neerlandesa porque las cosas no sólo funcionen bien, sino que también se vean bien. Algo que Diego Berruecos, nuestro director de fotografía, entendió bien en su último viaje a Ámsterdam.

POR: Diego Berruecos

La arquitectura de esta ciudad es particular, sobre todo vista desde nuestro momento histórico, en el que estamos más acostumbrados a que las ciudades crezcan sin límites, hacia arriba, y no consideramos que, en muchos casos, primero debe sostenerse. Durante toda su historia, Ámsterdam ha tenido que negociar ese soporte con el agua. Desde el siglo XVII, cuando se convirtió en uno de los puertos comerciales más importantes del mundo, ha tenido que construirse entre canales excavados con precisión matemática, terrenos ganados al mar y edificios inclinados que parecen desafiar discretamente la lógica. Esa relación física con el entorno terminó moldeando también una identidad cultural. El diseño no es sólo un lujo estético, sino una herramienta esencial.

Quizá por eso Ámsterdam es uno de los grandes centros culturales de Europa. La ciudad logró algo raro: convertir su pasado mercantil en una plataforma para el arte contemporáneo, la arquitectura experimental y la hospitalidad, sin perder del todo su escala humana. Entre museos legendarios, hoteles instalados en antiguos conservatorios y restaurantes donde la gastronomía se acerca al diseño industrial, la capital neerlandesa tiene una conversación permanente entre tradición y vanguardia.

Pero lo más interesante ocurre en los detalles. En un café lleno de músicos veteranos, en una tarde bajo una luz fría por los jardines del Rijksmuseum o en un paseo lento por los canales y que obliga a mirar la ciudad desde otro ritmo.

Ámsterdam desde el agua

Recorrer Ámsterdam en barco cambia por completo la manera de entender la ciudad. En tierra, todo parece avanzar rápido: bicicletas que cruzan desde todos los ángulos, tranvías, turistas distraídos y calles que obligan a mantenerse en alerta permanentemente. Pero en el agua el ritmo baja. Los canales convierten la ciudad en una secuencia lenta de fachadas imposibles, puentes diminutos y siglos de diseño que se suceden como en un slideshow.

Construir una ciudad sobre terrenos pantanosos obligó a desarrollar soluciones arquitectónicas muy particulares: casas estrechas, escaleras imposibles y enormes ganchos en las fachadas para subir muebles por las ventanas, porque muchas veces no caben por dentro. Incluso hoy, buena parte de los edificios históricos siguen sostenidos sobre miles de pilotes de madera enterrados bajo el agua.

En medio de ese paisaje aparece el NEMO Science Museum, diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano a finales de los noventa. El edificio emerge junto al agua como un enorme barco de cobre oxidado que parece salir directamente del puerto. Aunque no es del todo nuevo, aún se siente futurista dentro del perfil clásico de la ciudad. Verlo desde el canal produce justamente eso que hace especial a Ámsterdam: la convivencia natural entre arquitectura histórica y apuestas contemporáneas radicales.

Rijksmuseum

El Rijksmuseum siempre aparece en cualquier itinerario por Ámsterdam, y con razón. Su colección permanente reúne algunas de las obras más importantes de la pintura neerlandesa, desde Rembrandt hasta Vermeer, pero el edificio también funciona como un retrato bastante preciso de la relación que tiene la ciudad con el arte: monumental pero sin dejar de sentirse cercano. Incluso cuando está lleno de visitantes, conserva cierta calma.

La visita coincidió con una de esas tardes neerlandesas en que la luz se filtra con suficiente precisión para volver más nítidos los ladrillos rojizos y las esculturas exteriores del museo. Afuera, una pieza de arte público de Douglas Gordon le da su necesaria dosis de rareza contemporánea al Rijks y nos recuerda que el museo no sólo vive de las viejas glorias del arte flamenco.

Sin embargo, quizá el hallazgo más inesperado fue el jardín escondido a un costado del museo. Aunque muchos visitantes creen que pertenece al recinto, en realidad permanece abierto al público. Está formado por senderos cuidados y un pequeño invernadero de cristal escondido en una esquina. Es una manera distinta de acercarse al museo más popular de la ciudad: en calma e integrado a la vida diaria de Ámsterdam.

Studio Drift

Suelo ser escéptico frente al encuentro entre el arte y la tecnología. Muchas veces, la innovación técnica termina suplantado cualquier mérito estético. Por eso, la visita al estudio Drift me sorprendió tanto. El colectivo fundado por los artistas neerlandeses Lonneke Gordijn y Ralph Nauta trabaja precisamente en ese territorio ambiguo, pero lo hace con una sensibilidad poco común.

El Drift se hizo mundialmente conocido por Franchise Freedom, una serie de instalaciones con drones que imitaban comportamientos naturales, como el de una parvada en pleno vuelo. Algunas de sus piezas más famosas también utilizan delicadas estructuras florales textiles que se abren y cierran como organismos vivos. También han desarrollado luminarias inspiradas en medusas flotantes que han sido instaladas en iglesias históricas y edificios patrimoniales, lo que abre un diálogo extraño –y muy bien logrado– entre la arquitectura clásica y el arte contemporáneo.

La visita privada al estudio fue organizada como parte del programa de experiencias exclusivas para viajeros Centurion de American Express, ya que normalmente permanece fuera del circuito turístico tradicional, y que permite entrar en contacto con el arte de forma privilegiada.

Flore

Dentro del histórico hotel De L’Europe, en pleno centro de Ámsterdam, Flore desarrolla una de las propuestas gastronómicas más sofisticadas de la ciudad. El restaurante, dirigido por el chef Bas van Kranen y distinguido con dos estrellas Michelin, parte de una idea que él mismo define como “gastronomía consciente”: una cocina enfocada en ingredientes locales, temporalidad y procesos sostenibles que intentan reducir al máximo el impacto ambiental sin sacrificar la complejidad técnica.

La experiencia empieza antes del primer plato. Los comensales recorren parte de la cocina y conocen algunos de los ingredientes y las técnicas detrás del menú, una introducción que vuelve el servicio más inmersivo. Todo está cuidadosamente medido: la iluminación, el silencio, el ritmo entre tiempos y la manera en que cada plato ocupa la mesa.

Hay algo muy neerlandés en esa obsesión por el control visual. En Flore, la cocina dialoga constantemente con el diseño y la arquitectura de la ciudad. Las presentaciones tienden a un minimalismo y una precisión muy estéticas. Dentro de un hotel histórico como De L’Europe –que combina interiores clásicos con intervenciones contemporáneas–, la experiencia en Flore fue otra manera de sumergirse en la estética de Ámsterdam.

Rotterdam

Apenas media hora en tren separa Ámsterdam de Rotterdam, aunque por el cambio de paisaje podría parecer mucho más. Mientras que la capital neerlandesa vive aferrada a sus canales históricos, Rotterdam se reconstruyó casi desde cero después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial e hizo de esa ruptura una oportunidad para experimentar con la arquitectura contemporánea.

Durante décadas, la ciudad funcionó como un laboratorio urbano obsesionado con el futuro. Muchos de los edificios que en los años noventa y principios de los dos mil parecían anunciar una nueva era hoy envejecieron de maneras particulares. Algunos lucen extraños, otros profundamente nostálgicos. Incluso en sus excesos conservan algo fascinante: el registro de una ciudad que se arriesgó estéticamente mucho más que cualquier otra en Europa.

Las Kubuswoningen –las famosas casas cubo diseñadas por Piet Blom– son el mejor ejemplo. Construidas en los años setenta, las viviendas inclinadas de color amarillo parecen suspendidas en un equilibrio imposible sobre pilares hexagonales. Su aspiración futurista quizá ya no se sienta tan radical como hace 20 años, pero continúan como uno de los ejercicios más singulares de arquitectura habitacional moderna. Rotterdam tiene justamente eso: edificios que quizá no representan el futuro que alguna vez imaginaron, pero que todavía consiguen provocar asombro.

Mandarin Oriental Conservatorium

Este hotel ocupa un edificio que durante más de un siglo funcionó como conservatorio de música. Esa historia todavía es visible en la arquitectura. En lugar de borrar el pasado, la renovación respetó buena parte de la estructura original y la combinó con intervenciones contemporáneas diseñadas por el arquitecto italiano Piero Lissoni, responsable de transformar un antiguo espacio académico en uno de los hoteles más sofisticados de Ámsterdam.

La mezcla funciona porque nunca intenta esconder sus capas. Hay pasillos, ventanales y proporciones que todavía recuerdan a una escuela de música, pero integrados en una estética minimalista extremadamente cuidada. El resultado no es de un exceso decorativo, típico de muchos hoteles de lujo, sino más bien una apuesta por algo más sobrio: líneas limpias, luz natural y materiales que dialogan con la arquitectura histórica del edificio.

La ubicación también explica buena parte de su atractivo. El hotel se encuentra en Museumplein, literalmente frente al Stedelijk Museum y a unos pasos del Rijksmuseum y el Van Gogh Museum. Para los huéspedes, el vínculo con el Stedelijk es todavía más directo: el hotel ofrece accesos especiales que permiten cruzar la calle y entrar al museo prácticamente como si este fuera una extensión natural del edificio.

Stedelijk Museum

En una ciudad dominada por instituciones gigantescas como el Rijksmuseum, el Stedelijk podría parecer una visita secundaria. No obstante, para muchos amantes del arte y el diseño ocurre exactamente lo contrario. Su colección de arte moderno y contemporáneo es una de las más importantes de Europa, y la manera en que está organizada cambia por completo la experiencia de recorrerla.

En lugar de separar estrictamente disciplinas o movimientos artísticos, el museo construye diálogos entre objetos de distintas naturalezas: una silla convive con una pintura, una fotografía comparte el espacio con una escultura o una pieza industrial aparece junto a una instalación multimedia. El resultado permite entender cada momento histórico de manera más amplia, al observar cómo diseño, arquitectura, arte y cultura visual reaccionaban de manera simultánea ante los mismos cambios sociales y políticos.

El edificio parece resistirse al paso del tiempo. La ampliación contemporánea –una enorme estructura blanca bautizada entre los locales como “la bañera”– convive con la arquitectura histórica del museo sin sentirse forzada. Dentro, el lobby, la cafetería y la gift shop producen esa rara sensación de armonía total en la que cualquier escena cotidiana parece cuidadosamente compuesta. Es uno de esos lugares donde la arquitectura funciona tan bien que incluso el movimiento casual de la gente parece que forma parte de una instalación.

Café Welling

Después de días enteros entre museos, hoteles impecables y restaurantes cuidadosamente diseñados, Café Welling es un regreso a lo más simple. El bar, ubicado cerca del Conservatorium y del Stedelijk, ha sido durante décadas punto de encuentro para músicos, artistas y vecinos del barrio. Las fotografías en las paredes, los carteles viejos y las mesas gastadas cuentan una historia por completo distinta a la de una Ámsterdam más pulida y contemporánea.

Quizá por eso resulta tan importante para el viaje. La ciudad puede obsesionarse con el diseño, pero sigue conservando lugares donde la vida ocurre sin demasiada producción alrededor. Welling pertenece a esa tradición de cafés neerlandeses en los cuales las generaciones se mezclan naturalmente y donde todavía hay cierta idea de comunidad artística cotidiana.

La última noche del viaje coincidió con la despedida de una de las meseras históricas del lugar, una mujer que llevaba décadas trabajando ahí. Lo que parecía una visita rápida terminó convertido en una fiesta improvisada: antiguos empleados que regresaron al bar, músicos cantando con guitarras, clientes abrazándose.

Al final, uno recuerda menos las reservas imposibles o los edificios espectaculares que esas escenas inesperadas que no estaban planeadas. La suerte de haber salido del hotel un lunes cualquiera. La suerte de entrar a un café antiguo y encontrar una celebración irrepetible. La suerte, simplemente, de estar ahí.

 
  • Compartir

Especiales del mundo

Las Vegas Stylemap

Una guía para conocedores