Madrid

El triunfo soleado del “feísmo” madrileño

Recorremos una de las vanguardias más interesantes, pero, quizá, menos conocidas del diseño madrileño: su polémico rostro brutalista.

POR: Iker Jáuregui

El emblemático edificio Torres Blancas, obra de Francisco Javier Sáenz de Oiza.

Madrid se mueve de forma tan frenética, entre tantas cosas y tantos estímulos reclamando nuestra atención, que la vez que una nave espacial aterrizó en pleno barrio de Salamanca nadie pareció darse cuenta. Sucedió una tarde de 1970, en la hora pico, en la transitada calle de Conde de Peñalver. En realidad, los únicos que repararon en el suceso fueron unos cuantos vecinos afligidos que acusaban al aterrizaje de atentar contra la tradición de la ciudad –nada extraordinario, simplemente una manifestación típica del inconformismo madrileño, que suele brotar rápido y a la menor provocación.

Desde entonces, la extraña estructura permanece en el centro de la ciudad, apretujada entre la vida diaria de un barrio que la ignora. La primera vez que la vi nadie supo decirme exactamente de qué se trataba. “Creo que es un parking”, llegaron a deducir mis acompañantes, antes de que alguien acertara al señalar que en realidad estábamos frente a una iglesia. Específicamente, la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas.

Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, diseñada por el arquitecto Cecilio Sánchez-Robles Tarín en 1967.

Solo una discreta cruz tallada en lo más alto de la fachada revela su condición clerical. Por lo demás, efectivamente podría pasar como un centro comercial, como uno de los cientos de estacionamientos que hacen de negocio redondo en esta zona o bien como una nave espacial.

Es un edifico raro. Esa suele ser la impresión que la obra del arquitecto Cecilio Sánchez-Robles Tarín deja tras un primer vistazo. El transeúnte después explicará esa sensación de extrañeza al concluir que la estructura simplemente está fuera de lugar. El contraste con la arquitectura que lo flanquea no podría ser mayor: los edificios de estilo ecléctico, con balcones de hierro forjado y fachadas de ladrillo, característicos del barrio de Salamanca y el resto de la ciudad, colisionan con las curvas y el peso del concreto que da forma a la iglesia. Una estructura que irrumpe con violencia en el ordenado panorama de una típica calle madrileña y que sólo se explica en una breve placa colocada a la entrada del tempo. Ahí se lee:

El edificio fue promovido por la fundación Marquesa de Monasterio. Realizado en hormigón armado. Constituye una evidente aplicación de los principios arquitectónicos de Le Corbusier en un poderoso conjunto donde los elementos estructurales son a la vez los conformadores del sorprendente espacio interior.

Los principios arquitectónicos a los que la misteriosa plaquita hace referencia son los del brutalismo, una de las corrientes estilísticas más disruptivas y controversiales de la historia reciente. Le Corbusier, también aludido en metálico, es considerado el padre espiritual de este movimiento que surgió tras las Segunda Guerra Mundial y tuvo sus parcelas más fértiles en Inglaterra, Alemania, la Unión Soviética e incluso México, en algunos casos como vanguardia, en otros como política de construcción oficial.

En España no fue ni lo uno ni lo otro. El régimen franquista se inclinó por otras maneras de diseñar sus edificios y viviendas públicas, mientras que su autoimpuesto aislamiento cultural tampoco permitió que permearan influencias externas que después se pudieran tornar en vanguardias. Sin embargo, con el tiempo se fue colando lo suficiente entre las grietas de la dictadura para dejar joyas selectas que irrumpen en paisajes inesperados y que, además, reformularon los conceptos base de Le Corbusier para darnos el brutalismo en la que quizá sea una de sus versiones más originales.

Un estilo anónimo

Aunque la citada placa de la parroquia sirve para aportar algunas pistas de lo que está frente a nosotros, lo cierto es que, cuando se trata de brutalismo, cualquier explicación sobra. Pocos estilos arquitectónicos son tan identificables. Basta con reconocer el peso del concreto, que precisamente le da nombre al estilo. El término proviene del francés béton brut, que significa “hormigón crudo”, material esencial, escogido mediante criterios de resistencia, economía y, sobre todo, estética sobria.

Le Corbusier sentó las bases prácticas de esta corriente en su Unité d’Habitation en Marsella, construida entre los años 1947 y 1952: un enorme bloque de viviendas donde exaltó la masa y la textura rugosa del concreto, dejando a la vista –en bruto–, materiales que en otros casos se hubieran escondido.

La arquitectura renunciaba al ornamento y mostraba sin pudor sus materiales, su estructura y su función, como una declaración ideológica en plena Europa de la posguerra. El escritor y periodista español Luis Alemany lo describe como “un lenguaje de angustia y pesimismo, de una sociedad con miedo a sí misma, tras los horrores del holocausto”. No precisamente el mejor material publicitario. Por otro lado, Alemany también apunta que “como cualquier lenguaje, sirve para mandar mensajes muy diferentes”.

El brutalismo siempre ha tenido que cargar con la vaguedad de su definición temprana. “La visión corbusierana [sic] carece de demarcaciones, más allá de las propias impuestas por el diseñador y las posibilidades técnicas”, asegura el arquitecto Guillermo Casado López, estableciendo un vacío teórico que no permite una definición inequívoca del estilo, lo que ha ocasionado una suerte de libre interpretación donde sea que se ha llevado.

Dependiendo del espacio físico y temporal en el que se aplique, y según quién lo ejerza o lo mire, el brutalismo tiende a la polivalencia. Ha sido vivienda social, pero también arquitectura burguesa. Refinada expresión artística y calculado método de construcción pragmática y ahorrativa. Moderno y obsoleto. Amado y odiado.

Aprovechando esa indefinición, España lo adaptó a su medida cuando por fin pudo flanquear el cerco cultural del franquismo, con un significativo retraso respecto a otros países en Europa. Durante los años cuarenta y buena parte de los cincuenta, la arquitectura oficial seguía anclada en modelos historicistas y monumentales, inspirados en el clasicismo imperial y la tradición herreriana. Basta mirar El Valle de los Caídos para entender el lenguaje dominante de aquella etapa. Por otro lado, el gran proyecto de vivienda social que en distintas ciudades europeas exprimía las ventajas económicas del brutalismo, en España se basó en métodos urgentes, la autoconstrucción tutelada y una inspiración rural, de mucho menor escala.

“Casi toda la vivienda social en España se construyó con un estilo que no tiene ni nombre. Estos bloques de ladrillo rojo y toldo verde que hoy puedes encontrar por todo el país”, dice Alejandro García Alcántara, diseñador, creador de la genial cuenta de Instagram @madrid_brutalism y autor de España brutal, un compendio literario de lo mejor que el estilo dejó en la geografía española.

Fue a partir de finales de los cincuenta, y en especial durante los sesenta, que España empezó a abrirse económica y culturalmente. El llamado “desarrollismo” necesitaba nuevos barrios, universidades, ministerios y equipamientos modernos. “Durante los primeros 15 años de la dictadura, la economía es muy precaria y su estética es casi neorrural, con una imagen de pueblos de casitas blancas y tejaditos a dos aguas –me cuenta por teléfono Alemany–. Eso cambia cuando el régimen tiene que modificar su visión de sí mismo: más orientado a los negocios, integrándose a Europa, descubriendo a Estados Unidos. Entonces, en España también cambian los códigos y busca imágenes nuevas con las que representarse”, añade. No hubo otro remedio que comenzar a absorber las corrientes internacionales, incluida la influencia brutalista.

Edificio Beatriz, construido entre 1964 y 1975 en el barrio de Salamanca.

Lo que se esconde bajo el concreto

La arquitectura española tuvo que ponerse al día rápidamente. Tras una demora de más de una década, las influencias empezaron a colarse por las fronteras y a influir en los principales núcleos urbanos del país. Quizá por su proximidad a Francia, Barcelona tuvo la mayor exposición a la vanguardia internacional. Incluso desde antes de la guerra civil y el ascenso de la dictadura franquista, la capital catalana ya brillaba en el panorama europeo de la arquitectura con exponentes de la talla de Gaudí y acontecimientos como la Exposición Internacional de 1929, donde se presentaron obras tan importantes como el histórico pabellón alemán de Mies van der Rohe.

Desde entonces, Barcelona ha ostentado el título de gran centro del diseño español, con brillo suficiente como para opacar a cualquier otra ciudad, sobre todo aquella con la que se compara y rivaliza eternamente. La densa sombra que este efecto provoca sobre Madrid ha evitado que se relacione a la capital española con las vanguardias del diseño. Que no se incluya en la conversación con Milán ni con Londres. Y, sin embargo, ahí está, con sus edificios raros, que parecen naves espaciales, pero que nunca se han apreciado lo suficiente entre la comunidad internacional del diseño. De hecho, ni siquiera gustan mucho entre los locales.

Cuando empezaron a brotar por toda la ciudad, como parte de esta modernización apresurada que le servía al régimen franquista para uno de sus tantos lavados de cara, antes que una reacción de apreciación hubo rechazo. Entendible, si se toma en cuenta que el gran referente arquitectónico de la ciudad hasta entonces era el Madrid de los Austrias, toda esa zona comprendida entre la Puerta del Sol, la Plaza Mayor y el Palacio Real, llena de imponentes edificios barrocos y herrerianos.

El brutalismo no enganchó con el grueso de los residentes, quienes lo catalogaba de “feísmo”. Al principio, prefirieron evitarlo, incluso creando leyendas urbanas como aquella respecto al edificio de la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense, uno de los más emblemáticos del estilo en Madrid, sobre el que aún corre el rumor de haber sido una prisión de mujeres durante la dictadura. Respecto a Torres Blancas, quizá la obra insignia del brutalismo madrileño, siempre se dijo que era un mal lugar para vivir, donde se colaba el ruido y los vecinos eran infelices, al punto de crear el mito de ser el edificio con más suicidios en España.

Pero más que un rechazo a lo nuevo, la mayoría de las veces la animadversión de la ciudad hacia la novedad arquitectónica no era otra cosa que una muestra de nostalgia por lo que perdía, por lo que quedaba bajo el concreto. Es un dilema inevitable para un lugar como Madrid, que siempre ha tenido una obsesión inquieta por mantenerse en la cresta del progreso global y proyectar una imagen moderna. Sin espacio suficiente para construirlo todo, esto conlleva sacrificios.

Vida cotidiana en el barrio de Lista, al rededor de la Parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas.

Muchos de los edificios modernos fueron construidos sobre los restos demolidos de otros. La propia parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas se levanta donde antes hubo otra iglesia, del mismo nombre, pero de un estilo neogótico quizá más familiar para los vecinos del barrio que lamentaron su desaparición. En otros casos, como el de la controversial Torre de Valencia, el rascacielos de 94 metros de altura a un costado del Parque de El Retiro, lo que afligió a los madrileños fue la perdida invaluable de un skyline uniforme, donde quizá antes ningún edificio superaba la docena de plantas y que desde los años setenta está “manchado” por una mole de concreto que destaca entre todas las azoteas.

Escuela de Madrid

La aplicación del estilo en España tuvo sus nombres predilectos: Francisco Javier Sáenz de Oiza, Miguel Fisac, Fernando Higueras, por mencionar a sus mayores referentes. El selecto grupo se formó un poco por talento y otro poco por la repentina necesidad del régimen de hacer edificios como no los había en España. Naturalmente, no servía buscar donde siempre ni recurrir a los arquitectos oficiales. Surgió entonces esta prolífica generación a la que se denominó Escuela de Madrid, apelativo que tomaban prestado de un movimiento vanguardista que casi sacude la capital a principios de los años treinta, con destellos geniales de arquitectura racionalista, como los Cines Barceló, pero que fue cortado de tajo por el estallido de la guerra civil.

La intención de este nuevo impulso era precisamente retomar el trabajo donde se había quedado, bajo la misma bandera del racionalismo, pero considerando las actualizaciones que el resto del mundo había hecho mientras España dormía una siesta estilística de más de una década.

La curiosidad por el brutalismo, que llegaba fuerte desde Francia y el Reino Unido, no tardó en pegar entre los jóvenes arquitectos de la ciudad que reconocieron en el concreto las claves para saciar esa sed de modernidad que los requería. En 1949, la dupla de Francisco de Asís Cabrero y Rafael Aburto ya le daba a la ciudad su primera gran obra relativamente cercana a las bases de Le Corbusier, la Casa Sindical de Madrid. El oficialismo admitió las ventajas del estilo –coste, durabilidad, escala, simplicidad– y promovió su desarrollo en otras construcciones públicas, como el edificio del Alto Estado Mayor Central.

Sin embargo, lo cierto es que el brutalismo en España tuvo una vocación más residencial. Fue una de sus muchas particularidades respecto a otros lugares. Más que aplicarse en edificios oficiales o vivienda pública, como se aprovechaba en el resto del mundo, en Madrid se convirtió en una expresión arquitectónica refinada, dirigida a las clases medias y altas, con cierto lujo de por medio. De acuerdo con estas claves empieza a formarse una versión ibérica del brutalismo que no se conformará con el concreto e incorporará pedazos de muchas otras vanguardias.

Jardines del edificio Torres Blancas.

 “Es una generación cuya cultura no es exclusivamente española”, explica el periodista Alemany. En contraste con los primeros años de la dictadura, los arquitectos de la época no tuvieron que limitarse a referencias nacionales para inspirar sus proyectos. Fisac, por ejemplo, pasó tiempo en Suecia, respirando el neoempirismo nórdico; Sáenz de Oiza viajó por Estados Unidos, estudiando de cerca el patrimonio de Frank Lloyd Wright.

Incluso México tuvo su pequeño aporte, vía la repatriación del célebre Félix Candela, nacido en España, pero convertido en ciudadano mexicano como miles de exiliados de la guerra civil. En 1967, Candela pudo volver a Madrid para trabajar en la parroquia de Nuestra Señora de Guadalupe. Junto con el también mexicano Enrique de la Mora, diseñó una estructura que se ha vuelto emblema del burgués barrio de Chamartín, conocida por los vecinos como la Iglesia de los Mexicanos.

Fueron años de una variada y muy intensa exposición, que tuvo un efecto directo en la aplicación de las vanguardias en Madrid. Lo que resultó fue un estilo heterogéneo y muy distintivo, sin rasgos exclusivos de una sola corriente y en el que la visión personal de cada arquitecto tenía un peso mayúsculo.

Se le quitó algo de su peso al concreto, con una versión un poco más gentil del brutalismo, al menos en contraste con esa imagen lúgubre que nos viene a la mente cuando pensamos, por ejemplo, en la arquitectura soviética. Son edificios que dejan entrar la luz natural y que fueron agraciados con los colores de una abundante jardinería o incluso excéntricas piscinas en las alturas. “Es un estilo artesanal, que busca la belleza de las formas y las texturas –me dice Alejandro García Alcántara–. No sólo son bloques de hormigón gris”.

Las viviendas del Patronato de Casas Militares, obra de Fernando Higueras, son quizá el mejor ejemplo. Conocidas como El Oasis, su apelativo se entiende desde la fachada, de donde cuelga una maleza trepadora que contrasta con la dureza del concreto y expone la libertad del estilo de Higueras. Mitad rockstar, mitad arquitecto, en su momento aseguró que él no se dejaba llevar por “la dictadura de las modas”, una sentencia que se materializó en otras de sus obras en Madrid, como la llamada Corona de Espinas, a la que es difícil encontrarle un parecido con otro edificio en el mundo.

Es también una idea que puede servir para explicar los aires que soplaban en la época. El régimen requería que la arquitectura se inventara un futuro que la política no había podido materializar. Lo que entregaron fue tan revolucionario que hoy, a más de seis décadas, son obras que siguen destacando en medio de la típica calle madrileña. Rarezas para una ciudad que se nutre de lo extraño y que conviene recorrer atento, para no perderse de todos los aterrizajes espaciales que recibe a diario.

Puerta metálica de la parroquia de Nuestra Señora del Rosario de Filipinas, ícono brutalista del centro de Madrid.

 
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