Antes de empezar, quisiera decir que cualquier tipo de descripción que pueda hacer de Japón se queda corta. Visitar este país es una aventura de otro mundo y sólo quien alguna vez ha estado en sus tierras puede confirmar lo que digo. Sin embargo, me encantaría que con esta historia te lleves cada detalle que viví, sobre todo en las tierras japonesas que aún no son invadidas por el turismo masivo.
Me enteré de que iba a Japón un martes a las 11:11 de la mañana. Como fiel creyente de las señales del universo, lo tomé como un designio inconfundible. En especial cuando me enteré de que sería dos días después de mi cumpleaños número 33. Otro número mágico, en mi opinión. Necesité un par de meses para organizar todo, pero cuando me di cuenta, ya era 16 de noviembre y estaba en el asiento 33C del primer vuelo de tres que me llevaría a mi destino final: Aso, en la prefectura de Kumamoto.
Es muy cierto que investigar en internet sobre un destino puede ser abrumador. No sabes qué tomar de toda la información que, gracias a dios, Google te ofrece. Pero, para mi sorpresa, cuando empecé a buscar referencias sobre Aso, me encontré con dos cosas: toda la información estaba en japonés y era confuso entender qué había en ese lugar, más allá de pastos milenarios y un volcán, y, de plano, nadie habla de esta parte de Japón.

La travesía para llegar es larga. Necesitaba volar al aeropuerto de Haneda para hacer una conexión nacional, así que viaje vía Dallas. Un infierno. Me tocó pleno shut down migratorio y la única hora que tenía entre vuelo y vuelo fue cardiaca. Sin embargo, ahí tuve mi primer encuentro con la característica amabilidad japonesa. Uno de los pasajeros que hacía la misma conexión que yo me vio directamente a la cara y me dijo: “¿Quieres llegar a Japón? Sígueme”. En inglés, claro.
Este guía inesperado fue explicándoles nuestra comprometida situación, uno por uno, a todas las personas de una fila de migración que superaba las dos horas de espera mientras pedía que nos dejaran pasar para no perder el vuelo. Yo sólo sonreía, para confirmar lo que estaba pasando. Lo logramos. Todos fueron amabilísimos y nos dejaron pasar para llegar a lo que sería el segundo vuelo del día, vía Japan Airlines. Antes de abordar, perdí de vista a mi compañero, para después volverlo a encontrar sentado en su lugar al subirme al avión. Me recibió con un saludo y me dijo: “Welcome to Japan”.
Y sí, todo empieza desde el avión. Específicamente con la toallita húmeda caliente que en Japón hasta en los Uber te dan, pero que yo no conocía en ese momento. Se trata del oshibori y, además de ser la manera más fácil de limpiarte las manos o refrescarse, es un símbolo de hospitalidad.
Pocas veces he visto una atención como la de las personas que formaban la tripulación de aquel vuelo. No sé si amables sea la palabra indicada, pues se queda corta frente a la delicadeza, las sonrisas y el gozo por el trabajo que es para ellos atender a las personas que viajan a su país. Desde ahí entendí todo el concepto de respeto y hospitalidad de los japoneses.
Llegué a Haneda alrededor de las 5:00 p.m. y, en esta ocasión, el proceso migratorio fue rapidísimo. De hecho, se puede llenar los documentos desde antes y hacer una fila que va mucho más rápido. Si no los llevas contestados, tampoco es mucho más tardado. Eso sí, para este punto del viaje te recomiendo haber descargado la aplicación Google Traductor, ya que puedes tomar una foto a todos los letreros con señalamientos y te traduce al instante. Para ser honesta, el inglés no mejora la comunicación, pero sí mostrarles tu celular a las personas y que ellos te ayuden para tratar de entender. Son hermosos.

Cambié de terminal, a la de vuelos nacionales, y la verdad es que, aunque no entiendes absolutamente nada, todo el mundo busca la manera de ayudarte. Sin siquiera salir del aeropuerto, ya puedes sentir la diferencia de culturas. Los restaurantes ofrecen ramen y nigiris como si fueran hamburguesas, y los baños…, los baños japoneses te intimidan y enamoran desde la primera vez que los usas. Hasta la forma de abordar es diferente. No hay filas, pero sí orden. Nadie se mete ni te checan. Es tal la honestidad y el respeto con que viven que aquello que parece imposible en Occidente para ellos es normal.
Despegué a las 8:30 de la noche y para ese punto mi cuerpo casi colapsa por el cansancio. El vuelo era de dos horas y me dormí prácticamente 118 minutos. Aterrizamos y el cansancio no cedió, pero ya no sentí que me moría con las 14 horas de jet lag que hay por la diferencia de horario entre América y Asia. El desembarque y la entrega de maletas fueron bastante rápidos y ahí ya me esperaba el conductor que me llevaría al hotel donde sólo pasaría una noche.
Fairfield by Marriott me recibió como si fuera el paraíso y, en cuanto toqué la almohada, me quedé profundamente dormida hasta el siguiente día. Para las 9:00 a.m. ya teníamos que estar desayunados y listos para salir del hotel rumbo a “La Caldera”. Rory, un periodista inglés en sus sesenta; Natalia, brand manager y mexicana en sus treinta; Erina, japonesa de Fukuoka, también en sus treinta, y yo, mexicana en mis treinta, nos encontramos dentro de la camioneta. Ahora sí, el viaje para conocer el sur japonés había comenzado.
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Llegamos al monte Aso, un lugar rodeado por volcanes, con cinco picos principales. Este se divide en dos: afuera y adentro de la caldera. La caldera del Aso tiene unos 120 km de circunferencia y es uno de los volcanes activos más grandes del mundo. Sí, leíste bien, activo. En realidad, ningún cráter volcánico está del todo inactivo, pues puede hacer erupción en cualquier momento, pero se considera con una posibilidad de actividad muy baja cuando pasan muchos años de no presentarla.
Visitar esta parte de Japón es algo distinto. A diferencia del resto del país, el turismo masivo no existe y por eso sus tradiciones siguen muy apegadas a lo ancestral. Sus principales visitantes son turistas chinos; casi nadie de Occidente suele llegar hasta aquí. De hecho, el dueño del ryokan en el que nos hospedamos, Aso no Yamaboushi, una casa particular de 150 años de antigüedad, jamás había conocido a los mexicanos y no dejaba de preguntarnos sobre nuestra cultura y, desde luego, por las telenovelas.
Se trata de un lugar tan remoto y tradicional que cultiva su propio arroz, un negocio que ha pasado de generación en generación. Por lo mismo, la comida es del todo japonesa: pescados vivos que preparan a la leña frente a ti, mucho tofu y el típico desayuno japonés. Un desayuno internacional es casi imposible de encontrar porque simplemente no hay necesidad de ello.
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La forma más fácil de conocer la zona es con actividades al aire libre, caminando y con Nathalie Chauveau como nuestra guía. Originaria de Bélgica, está casada con un japonés y lleva más de una década en Japón. Sabe casi todo y tiene un estilo que sólo podría definir como “thrifty-japonés-cool” –todos los días apareció con un kimono diferente, según ella, de segunda mano–. Vivió muchos años en Osaka y lleva algún tiempo en Kumamoto. Gracias a la pasión y sabiduría con las que explica todo, entendí el poder y el amor que implica vivir en un lugar tan arraigado a la naturaleza como el monte Aso. Principalmente porque estás en peligro todo el tiempo, por elección propia, ya sea porque el volcán haga erupción o porque ocurra un terremoto.

Nuestra primera parada fue el Centro de Información de Aso, en el que, a grandes y didácticos rasgos, te explican en dónde estás y sus principales actividades. Desde cómo la comunidad que habita la zona cuida el pasto milenario hasta la producción de wagyu y de su propia leche o mostaza (muy buena mostaza por cierto). Debido a los volcanes que lo rodean, es tierra de onsens, termas en donde hacer más de dos baños al día es básicamente una rutina diaria.
Tras conocer un poco sobre la zona en que nos encontrábamos, nos dirigimos a nuestro primer encuentro con la tierra de Aso. Desde el coche puedes ver el horizonte de un verde perpetuo, formado por los campos de arroz que hay dentro de la caldera, es decir, la ciudad que está dentro del cráter inactivo. Hay miles de fuentes gracias a que el agua tiene que salir continuamente a la superficie y es posible rellenar tu botella de agua con ella. También puedes ver la fumarola del volcán, y he de decir que este pasa casi inadvertido debido a las nubes que son muy comunes en esta zona.
Hacer hike hacia el cráter del monte Nakadake se siente como algo surrealista: es un paisaje rodeado de los legendarios pastizales del monte Aso, extensiones que van cambiando de color según la temporada del año (durante noviembre son amarillos/dorados) y que existen gracias al ritual ancestral del Noyaki, una tradición de más de mil años en el cual la hierba se quema cada primavera para preservar el terreno. El resultado es un paisaje abierto e inmenso que, por momentos, parece más Escocia que Japón. Mientras avanzaba entre las laderas en medio del viento frío y la neblina, me fue imposible no pensar en la caminata de Arthur’s Seat que hice en Edimburgo, con cielos dramáticos y un silencio interrumpido sólo por el sonido de las botas sobre la tierra.
Pero aquí el paisaje cambia sutilmente gracias al olor a azufre en el aire, el suelo volcánico que respira debajo de ti y, a la distancia, el humo que emerge del cráter y nos recuerda constantemente que el monte Aso sigue vivo.
No llegamos exactamente al mirador, pues para hacerlo un poco más rápido decidimos tomar el coche, pero sí a un pícnic en medio de la nada, entre pastos milenarios que te hacen sentir lejos de casa. Ahí fue la primera vez que probamos la carne wagyu de la zona y he de decir que es de las mejores hamburguesas que he comido en mi vida. La describiría como jugosa y honestamente pesada si no estás acostumbrada a comer carne. Este tipo de actividades no las puedes hacer sola, pero cuenta con ellas si contratas a Kenzo Minami y la agencia turística que maneja en Kumamoto. Después de conocernos un poco más en la primera comida compartida del viaje, Kenzo nos llevó al mirador del volcán y, ¡guau!, la sorpresa que me llevé.
No sé ustedes, pero cuando tiendo a imaginar y crear expectativas sobre algo, suelo hacerlo en imágenes, casi nunca acompañadas por olores o sensaciones. Ver el volcán tan cerca era una de las cosas que más me emocionaba de este viaje. Qué locura poder coexistir con una de las fuerzas más agresivas de la naturaleza sin riesgo a morir (bueno, con la naturaleza siempre hay riesgo, pero es una actividad común en la zona). Sin embargo, lo que vi no me impresionó de la misma manera que al olerlo.
Desde que llegas, el olor a azufre se apodera de ti. Yo lo describiría como un olor a sangre muy fuerte. Pero todos me corrigieron al decirme que era una mezcla de minerales, principalmente azufre. Según lo que explicó Kenzo, la potencia con la que percibes el olor puede variar según cada ser humano. En mi caso fue mucho y me produjo la sensación de querer vomitar. Obvio, conforme te acercas a la orilla del mirador, que te permite ver hacia adentro de la caldera del volcán, el olor a minerales va aumentando y se revuelve con el aire que comúnmente hay en la zona. La verdad, ese día había muchísima niebla y casi no pudimos ver hacia adentro, pero de un minuto a otro se despejó por unos segundos y alcanzamos a ver el agua de color menta fosforescente dentro del cráter. Nuestra guía nos explicó que siempre es buena señal cuando el volcán tiene agua: es una de las maneras más fáciles de asegurarse de que no hará erupción, pues de lo contrario el agua se evapora para dejar pasar la lava.
Eso es reconfortante porque, de entre los 111 volcanes activos de Japón, el monte Aso es quizá el más inquieto. El término “activo” significa que ha hecho erupción al menos una vez en los últimos 10,000 años. El Aso explotó en 2021 y antes en 2016. Además, los registros históricos lo pintan como un volcán que nunca ha necesitado mucho para recordarle al mundo que sigue ahí. Por si las dudas, cerca del cráter hay una serie de búnkeres de concreto donde refugiarse si la montaña decide ponerse en modo erupción justo cuando estás en el mirador. Una precaución que, depende de cada quien, puede tranquilizarte o provocar exactamente lo contrario.
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Los cráteres del Aso no sólo se conquistan a pie. Hay una alternativa más rápida, y considerablemente más dramática: un tour en helicóptero que despega desde un helipuerto escondido en la parte trasera del zoológico de Kumamoto, llamado Aso Cuddly Dominion. Una empresa local opera los vuelos con precisión japonesa: aterriza, baja a dos turistas con cara de haber visto algo que no pueden describir, sube a otros dos y desaparece. Quince minutos después, de vuelta. Y así, una y otra vez.
Cuando fue nuestro turno de probar la actividad, Rory (el periodista inglés) decidió no subirse. Le había jurado a su esposa que no lo haría, y una promesa es una promesa, aunque el volcán esté ahí, a unos minutos de vuelo. Yo no lo dudé. En ese momento no lo sentí como una actividad de riesgo. Confié en la operación y me subí.
El vuelo se pasa rápido, pero lo que ocurre en esos minutos no se olvida. Todo lo que el mirador no había logrado transmitir, el helicóptero lo resolvió en segundos. Cuando te vas acercando al volcán y la vista entera se vuelve blanca por la fumarola, da miedo, pues cualquier corriente de aire en contra puede llevarte directo al cráter. El final sería doble, primero intoxicado por los minerales, luego calcinado. No es un pensamiento agradable, pero tampoco puedes evitarlo.
El sentimiento se borra con una vista impresionante. Puedes ver con claridad las venas que la lava ha formado en la roca a lo largo del tiempo, el agua hirviendo y con colores que parecen radiactivos, y la sensación de estar frente a algo que te hace sentir completamente diminuto no tiene comparación. El regreso lo haces lleno de adrenalina, sin poder creer del todo que acabas de volar encima de un volcán activo. Entonces aterrizas, te toman una foto y ya están subiendo los siguientes pasajeros. Rory nos recibió con un abrazo y estoy segura de que le escribía a su esposa que habíamos sobrevivido.
He de decir que la precaución de mi nuevo amigo inglés no estaba del todo injustificada. El 20 de enero de este año, unos meses después de mi viaje, uno de los helicópteros turísticos que operan sobre el Aso no volvió. Minutos después del despegue, las autoridades recibieron una señal de emergencia desde el teléfono de uno de los pasajeros: “Impacto fuerte”. Los restos aparecieron ese mismo día en el lado norte del cráter del monte Nakadake, a 50 metros del borde. Los gases volcánicos complicaron todo. Tardaron casi cuatro semanas, con drones peinando la zona, en encontrar los cuerpos de dos turistas taiwaneses y el piloto. Fue un suceso que claramente cambiará la forma de conocer Aso y su volcán.
La noticia me llegó por WhatsApp. Un link de Rory, quien en su momento explicó las razones por lo que no tomaría el vuelo, y a la larga tuvo razón. Lo abrí sin saber qué esperar y lo cerré sin saber qué sentir. No fue miedo, porque este llega antes, no después. Fue algo más raro: la conciencia de que estuve ahí, en ese mismo helipuerto, subí a ese mismo helicóptero, confié en esa misma operación. Y que entre mi vuelo y el de ellos la única diferencia fue el calendario.
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Aso es un lugar que no deja de sorprender, ya que te muestra formas de vida que ni siquiera se te ocurriría que existen. Waita es un buen ejemplo de eso. Es una pequeña comunidad de casas rodeada de vapor debido a las altas temperaturas del agua abajo de la tierra. Debajo de Waita Onsen, la tierra no descansa. Manantiales termales cargados de minerales escapan por donde pueden: agujeros en el suelo, tuberías, charcos y arroyos que hierven a simple vista.

Waita en japonés significa “haber sido hervido”. Además de chimeneas que echan humo hirviendo, el olor a azufre, pisos llenos de minerales, mezclas de colores increíbles y jardines con agua extremadamente caliente que sirve para liberar el agua que los rodea (obvio, imposible tocarlas ni nadar en ellas), Waita es famoso por su comida al vapor.
La especialidad del lugar se llama jigoku-mushi, que podría traducirse como “cocido al infierno”: verduras crudas, colocadas dentro de una vaporera comunitaria gigante que usa el calor de los manantiales. Veinte minutos después, el resultado es delicioso, específicamente si lo acompañas con yuzu kosho, un condimento de cítricos fermentados y chiles que lo cambia todo.
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El último día, antes de que el viaje empezara a convertirse en un recuerdo, cruzamos Aso en bicicleta. No la parte del volcán ni la caldera, sino la de afuera, la que rodea todo desde arriba y que es, en todos los sentidos, otro mundo. Si adentro de la caldera la naturaleza te recuerda constantemente su fuerza, afuera te la muestra en su versión más tranquila y generosa, con árboles llenos de hojas de todos los tonos de naranja, rojo y amarillo que en noviembre convierten el paisaje en algo que parece pintado a mano. Sin fumarola, sin olor a azufre, sin la tensión de saber que hay un volcán activo a unos metros. Solo el frío, el viento, el sonido de las ruedas sobre el camino y unas vistas que te hacen entender por qué la gente que nace aquí no se va.
Pedaleamos sin prisa, la única manera de hacer ese recorrido. Nos detuvimos donde había que detenerse, sin el apuro de llegar a algún lado. Y en ese momento, quizá más que en cualquier otro del viaje, entendí lo que hace especial a Aso: tiene muchas caras y ninguna se parece a la que el mundo tiene en mente cuando piensa en Japón.
Porque Japón, para la mayoría, todavía es Kioto. Y tiene todo el sentido: los templos, las geishas, los torii rojos son exactamente lo que los viajeros suelen esperar. Pero ocurre algo cuando un destino lleva décadas como el favorito de todos: empieza a parecerse a sí mismo más que a ser él mismo. Una versión pulida, lista para ser consumida, perfecta para la foto.
Aso es otra cosa. No porque sea mejor ni peor, sino porque es completamente irrepetible. No hay otro lugar en el mundo donde puedas desayunar con una vista de una fumarola volcánica, cocinar tu comida con el calor de la tierra, cruzar pastizales milenarios en bicicleta entre árboles de colores y terminar el día en un ryokan de 150 años, donde el dueño cultiva su propio arroz y nunca había visto a alguien como tú. Ese itinerario no existe en ningún otro punto del planeta. Es exclusiva e irremediablemente de Aso.
Y lo que lo hace único no es sólo lo que tiene, sino lo que no tiene: la versión de sí mismo que el turismo construye con el tiempo. No hay una fila para la foto ni menú en inglés, ni una narrativa preparada para el visitante. Tiene una comunidad que vive sobre un volcán activo desde hace generaciones y que encontró en ello no una amenaza, sino una forma de vida: la tierra que hierve les da calor, les cocina la comida, les fertiliza los campos. Lo que para cualquiera de nosotros sería una señal para evacuar, para ellos es simplemente el paisaje de siempre.
Eso no se replica. Eso no se exporta. Eso sólo existe ahí, en ese rincón del sur japonés que el mundo todavía no ha descubierto del todo y que ojalá tarde un poco más en hacerlo.