Rutas a pie: aventura de largo aliento

Siete rutas que nos recuerdan la importancia del trayecto, más allá del destino.

10 Jul 2026

Hay algo que se activa en el cuerpo cuando los pies tocan tierra. Una memoria antigua, muscular, que no tiene que ver con el destino, sino con el acto de avanzar. Caminar durante días es una forma de desaprender la prisa. Es también, quizá, la manera más honesta de conocer un lugar: a la velocidad justa para ver el color de la tierra, reconocer los olores que rodean el lugar o escuchar cómo va cambiando el ritmo del viento conforme avanzas.

Las grandes rutas que se pueden recorrer a pie alrededor del mundo comparten esa promesa, aunque la cumplan de formas radicalmente distintas. Algunas tienen mil años de historia devocional, otras fueron trazadas por exploradores que buscaban pasos entre montañas imposibles. Todas, sin excepción, transforman a quien las recorre. No porque el paisaje sea de otro mundo, sino porque el tiempo que toma cruzarlas obliga a una presencia que la vida cotidiana rara vez permite.

¿Nuestros favoritos? Estas son siete de las rutas a pie más significativas del planeta. Caminos que van desde los bosques gallegos hasta los ventisqueros patagónicos. Siete maneras de poner un pie delante del otro y encontrar, al final, algo que no se puede comprar en ningún aeropuerto.

Camino de Santiago, España

El Camino de Santiago no necesita presentación, pero sí merece una buena defensa. En los últimos años, el exceso de popularidad lo ha convertido en blanco fácil de quienes buscan rutas “auténticas” lejos del turismo masivo. Hay que ignorarlos. El Camino Francés –el más transitado y que desde Saint-JeanPied-de-Port, en los Pirineos, cruza 780 kilómetros hasta la catedral de Santiago de Compostela– es una maravilla a pesar del gentío, o tal vez gracias a ello.

Lo que hace único al Camino no es la soledad, sino la conversación. En ningún otro sendero del mundo se comparte mesa, trayecto y silencio con tanta facilidad entre desconocidos. La estancia en los albergues es la mayor tradición, además de la credencial que se sella en cada pueblo y el peso de la mochila que va revelando lo que es prescindible: todo forma parte de una cultura antigua que no ha perdido vigencia.

La mejor época para caminar es mayo o los primeros días de octubre, cuando la luz gallega tiene esa calidad dorada y las multitudes de verano se han ido. Para quienes buscan quietud sin renunciar a la simbología de la ruta, el Camino del Norte, que bordea la costa cantábrica, o el Camino Primitivo, el más antiguo de todos, son alternativas que combinan un paisaje espectacular con silencios más largos.

La llegada a Santiago de Compostela, con independencia de las creencias de cada peregrino, produce siempre lo mismo: el derrumbe repentino de una tensión que no sabías que cargabas. Eso, difícilmente, se explica.

Camino Inca, Perú

Pocos caminos en el mundo tienen la capacidad de hacer que el destino final (Machu Picchu) quede en segundo plano. El Camino Inca clásico, de cuatro días y aproximadamente 43 kilómetros entre Ollantaytambo y la ciudad perdida, es uno de ellos. Lo que ocurre en el trayecto borra cualquier expectativa previa sobre la llegada.

El sendero asciende hasta los 4,215 metros del paso Warmiwañusca antes de descender por la selva de niebla hacia los trópicos. En el camino, ruinas que casi nadie conoce: Runkurakay, Sayacmarca, Phuyupatamarca, sitios ceremoniales construidos por una civilización que entendía la geografía como un lenguaje sagrado. Cada piedra encaja con una precisión que los ingenieros del siglo xxi todavía no terminan de entender.

Sin embargo, el acceso a la ruta está regulado: sólo 500 personas pueden iniciar el recorrido cada día, incluidos guías y porteadores. Las reservas se agotan con meses de anticipación. La experiencia de los porteadores –quienes cargan hasta 25 kilogramos a altitudes que dejan sin aire a los viajeros– merece una reflexión aparte sobre lo que significa el turismo responsable en comunidades andinas.

El último día, antes del amanecer, el grupo espera en la Puerta del Sol. Cuando la niebla cede y aparece Machu Picchu, la reacción instintiva es el silencio.

Vía Licia, Turquía

La Vía Licia es el secreto mejor guardado del senderismo mediterráneo: 500 kilómetros que bordean la costa suroeste de Turquía entre Fethiye y Antalya, atravesando uno de los paisajes más diversos y menos visitados del mundo. Por aquí caminó Alejandro Magno. Por aquí navegaron los griegos. Y aquí, enterradas bajo la maleza o sumergidas en bahías de agua turquesa, descansan las ciudades que los libros escolares nunca mencionan.

El camino fue trazado en los años noventa por la escritora y exploradora Kate Clow, quien reconoció en estas rutas pastoriles un hilo conductor entre civilizaciones superpuestas: licia, griega, romana, bizantina, otomana.

Hoy, la señalización es irregular, pero el recorrido es precisamente eso: una arqueología vivida a pie, en la que los turistas son la excepción y los pastores con sus cabras aún son los dueños de la mañana.

Los tramos que resultan los más extraordinarios alternan entre la costa (con descensos a calas donde el agua es de un verde pálido y las ruinas licias se reflejan en la superficie) y el interior montañoso, en el que aldeas de piedra permanecen casi intactas desde el siglo XVI . En Xanthos, en Patara, en Olympos, la historia se presenta sin guía: simplemente aparece al recorrer el camino.

La mejor temporada es en abril y mayo, cuando los campos de tomillo están en flor. El olor del mar mezclado con las hierbas aromáticas de la costa turca es, en sí mismo, una razón para venir.

Montañas Simien, Etiopía

El Parque Nacional de las Montañas Simien, en el norte de Etiopía, es uno de los paisajes más desconcertantes del planeta. Una altiplanicie que fue erosionada durante decenas de millones de años hasta producir precipicios de más de mil metros, mesetas que parecen continentes en miniatura y valles donde el tiempo parece haberse detenido en algún momento.

Caminar aquí es una experiencia que implica una doble sorpresa, por lo geológico y lo biológico. El gelada (un animal endémico de ojos rojos y pecho escarlata que no existe en ningún otro punto del planeta) vive en prados a cuatro metros del sendero con una indiferencia que desconcierta. El íbice de Walia, al borde de la extinción, se asoma entre las rocas en las horas azules del amanecer. El lobo etíope, el cánido más amenazado del mundo, caza roedores en los prados alpinos con una elegancia que nadie esperaría de un animal así.

Las rutas principales recorren entre tres y 10 días, con altitudes que van entre los 3,000 y 4,550 metros del Ras Dashen, el techo de Etiopía y cuarto pico más alto de África. La logística requiere guías y escoltas armados obligatorios –una medida que provoca debates, pero que también sustenta economías locales–, y el alojamiento varía entre lodges básicos y carpas bajo cielos llenos de estrellas.

Lo que queda de los Simien es difícil de explicar. No es una aventura extrema, aunque la altitud exige. Es algo más parecido a la sensación de haber caminado por un mundo anterior al nuestro.

Kumano Kodo, Japón

En la península de Kii, al sur de Osaka, hay una red de senderos sagrados que los japoneses llevan recorriendo desde el siglo X . El Kumano Kodo conecta los tres grandes santuarios de Kumano (Hongu, Nachi y Hayatama) a través de bosques de sugi centenarios, aldeas termales y torii de piedra cubiertos de musgo que aparecen entre la niebla.

Es el único camino del mundo, junto con el Camino de Santiago, declarado Patrimonio de la Humanidad. La conexión no es coincidencia: ambas rutas comparten una filosofía de peregrinaje que trasciende lo religioso. El Dual Pilgrim (para quien completa las dos rutas y recibe un sello especial en ambas credenciales) es una figura que define la universalidad del acto de caminar como forma de búsqueda.

El Nakahechi, el tramo más accesible y bonito del Kumano Kodo, atraviesa en tres o cuatro días los bosques húmedos de la prefectura de Wakayama.

La diferencia con los caminos europeos es sensorial: el sonido del agua es constante, el verde tiene una saturación que parece filtrada y los onsen (baños termales naturales) al final de cada jornada son una recompensa que convierte el dolor muscular en la gloria.

La marca del sendero es la etiqueta japonesa: silencio, respeto, gratitud. Los peregrinos con sus trajes blancos de lino que aún hacen el recorrido completo son un recordatorio de que algunos caminos no han cambiado su esencia en mil años.

Torres del Paine, Chile

Hay un argumento razonable para sostener que el Circuito W del Parque Nacional Torres del Paine es la ruta de trekking más cinematográfica del mundo. No necesariamente la más difícil ni la más remota, pero sí la que condensa, en cinco o seis días, la mayor densidad de paisajes imposibles por kilómetro recorrido.

Los cinco días del W –llamado así por la forma que traza su recorrido en el mapa– llevan al trekker desde el valle del Francés, con sus avalanchas permanentes, hasta el glaciar Grey, donde bloques de hielo azul flotan con una indiferencia que hace prescindible cualquier marco de referencia humano. El punto culminante es la base de las Torres mismas: tres agujas de granito de más de 2,500 metros

que se alzan sobre una laguna color turquesa. La caminata de madrugada para alcanzar la base al amanecer –cuatro horas de ascenso en la oscuridad– es una de las experiencias más impresionantes que ofrece el trekking mundial.

La Patagonia no regala sus vistas: el viento puede hacer inviable cualquier foto, la lluvia horizontal llega sin aviso y las temperaturas cambian en cuatro estaciones a lo largo de un día. Esa imprevisibilidad es parte del trato. Los refugios del sistema de reservas –que son obligatorios y se apartan con meses de anticipación en temporada alta– ofrecen desde literas básicas hasta opciones con cocina elaborada que hacen más llevadera la dureza del entorno.

La mejor época es de noviembre a marzo. Fuera de ese rango, la Patagonia tiene sus propias reglas y no negocia.

Highlands, Escocia

Las Highlands escocesas tienen una cualidad lumínica que los pintores del Romanticismo intentaron capturar y que las fotografías nunca terminan de reproducir. Una luz baja, que en verano dura hasta las 11:00 de la noche y convierte sus vistas en algo entre un incendio y una acuarela. Caminar con esa luz, sobre un terreno que nadie ha allanado, es una forma específica de libertad.

El concepto legal de right to roam –el derecho a caminar sobre tierra privada en Escocia, consagrado por ley desde 2003hace de las Highlands uno de los territorios de senderismo más libres del mundo. No hay que pedir permiso para cruzar una finca. El paisaje es abierto y el trekker, en principio, puede ir a donde quiera.

La ruta más celebrada es el West Highland Way, 154 kilómetros entre Milngavie, en las afueras de Glasgow, y Fort William, al pie del Ben Nevis. Siete u ocho días caminando a las orillas de lochs y aldeas donde el whisky local se sirve a temperatura ambiente y sin hielo, por favor. Quienes buscan algo más selvático pueden optar por el Cape Wrath Trail, uno de los recorridos no oficiales más exigentes de Europa: 370 kilómetros sin señalización, con cruces de río y varios días sin infraestructura alguna.

El ruido de Escocia, en las Highlands, es el del viento. Y el viento aquí no para nunca. Cuando uno aprende a caminar con él en vez de en su contra, algo cambia. Eso también es un camino.

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