A veces el futbol moderno parece irreconocible. Visto desde la última fila del Metlife Stadium, un recinto que puede contener más de 80,000 almas, es imposible no sentirse alejado, ajeno a lo que sucede en la cancha. La televisión, los petrodólares y el negocio deportivo han agudizado la distancia. La pasión ha sido vendida a los mejores postores, que llenan las tribunas, pero que no cantan ni sienten los colores. Los partidos se viven en silencio y las luces son demasiado brillantes como para distinguir algo.


El fotógrafo Raúl Vilchis tuvo que ir hasta las raíces del futbol para reencontrarse con sus formas esenciales. Sólo en las canchas amateurs reconoció los elementos que no pueden traicionarse. El movimiento. Los rostros de dolor y cansancio. La calma antes de un penal. La belleza de un regate.


Aunque en primera instancia podrían parecer deportes completamente diferentes, las fotografías revelaron insospechados paralelismos entre el futbol de los grandes estadios y el de las canchas de tierra. Gestos que permanecen a pesar de todo. Ideas universales que conforman el juego.
