De entre todos los tipos de viajeros que existen, hay una categoría especial para quienes son impulsados por las ganas de aventura. Son esos exploradores que no salen de casa para encontrar descanso y días soleados, como el resto de nosotros, sino para ponerse a prueba y descubrir qué tan lejos pueden llegar. A veces, de manera muy literal.
El feed de redes sociales de Pato deja muy claro que él pertenece a esta categoría. Impresionantes postales de dunas, glaciares, islas solitarias y muchas (muchas) carreteras, se van sucediendo una tras otra. Pero entre todas las fotos de estos dramáticos paisajes también surge un personaje inesperado: Tacho, su perro, un weimaraner y compañero inseparable que, de hecho, es la principal motivación tras los viajes de Pato.

“Muchos creen que yo le enseñé el mundo a Tacho, pero realmente él me lo enseñó a mí”. Pato nos cuenta que la necesidad de viajar empezó como un paseo para su “cachorro hiperactivo”. A medida que Tacho crecía en cuanto a tamaño y energía, los paseos se fueron transformando en excursiones y después en viajes cada vez más ambiciosos.
Su primer destino juntos fue un campamento en la Presa del Llano, en Estado de México. Ahí pasaron una semana en la naturaleza, sin nada más que su compañía, y fue cuando ambos definieron su vocación viajera. Pato supo que quería perseguir su pasión por la foto y la creatividad, con Tacho a su lado en cada aventura. El resto es historia.

Pato dejó su trabajo en una agencia de publicidad y empezó su primer gran viaje: un recorrido por todo México. “Yo no quería salir a otro país antes de realmente terminar de conocer el mío –dice–, quería compartir las bellezas naturales de México”. Tacho lo acompañó durante tres años, en lo que define como un objetivo imposible por conocer todo el país. “Me di cuenta de que no iba a terminar. Es tan grande y hay tanto que nunca terminas de conocer ningún lugar”. Sólo hasta haber pasado por los 32 estados del territorio fue que al menos se sintió satisfecho.
No obstante, al igual que cualquier viajero incansable, las ganas de viajar no se le quitaron ahí. “Quería hacer lo mismo que hice en México, pero con el resto de nuestro continente”, nos comparte Pato. Así surgió la ambiciosa idea de llegar hasta la Patagonia, parando en cada país para compartir su belleza por medio de fotos y videos. Siempre en compañía de Tacho.
De México a la Patagonia por carretera
Como aventureros natos, Pato y Tacho no son el tipo de viajeros que van a lo seguro. Conocieron todo México por carretera, acampando y durmiendo en la naturaleza, donde les cayera la noche. Sin embargo, mientras soñaban con su aventura más grande hasta la fecha, los planes sofisticados se iban haciendo más necesarios.

En el papel, la idea parecía simple: atravesar la geografía latinoamericana y compartir sus maravillas naturales. Aun así, como suele suceder con los grandes proyectos, en realidad no serían tan sencillo. Además del largo camino, frente a ellos se extendía un mar de trámites y planeación que podría haber sido suficientemente abrumador como para cebarlo todo. A ellos no los paralizó. “Agarro mi carro, trepo al Tacho y vámonos –asegura Pato–. Si nos esperamos más tiempo, no lo íbamos a hacer”.
Estaba claro que lo más importante era hacerlo juntos. Sin embargo, viajar en compañía de tu perro nunca es fácil y mucho menos cuando hay que cruzar todo un continente. “Hay muchos retos que no se ven en los videos –cuenta Pato–. Los cruces de frontera siempre son complicados. Cada país tiene regulaciones distintas”. Por si eso fuera poco, también tuvieron que enfrentarse al tema de la alimentación, con comida para perros muy diferente en cada país, o las limitaciones del hospedaje en ciertos destinos, donde a veces no había muchas opciones para quedarse con mascotas.

Pero más allá de los retos logísticos, lo que encontraron en el camino fue un continente lleno de paisajes, cultura y, sobre todo, buenas personas. Pato cuenta que cuando los veían llegar en un coche con placas mexicanas, en caminos lejanos de Panamá o Argentina, la gente se acercaba a preguntarle sobre su viaje. Muchos se encariñaban con Tacho, otros les ofrecían consejos o incluso los invitaban a comer en sus casas.
El viaje se extendió por casi dos años: 644 días, 13 países, más de 8,000 kilómetros al volante. Retos, carreteras sin pavimento, aventuras y amistades, hasta llegar al fin del mundo en Ushuaia, en la Patagonia argentina.
Al final de este viaje inmenso quedó un registro en las redes de Pato, en las que fue compartiendo fotos y videos de paisajes como el Chimborazo, el Nevado de Tolima o el archipiélago de San Blas. Es el diario visual de la aventura de una vida y de la amistad entre dos mejores amigos.