México no es uno de los centros joyeros más lógicos del mundo. Al menos no en comparación con Ginebra, Nueva York o Tokio. Por eso la relojería aquí ha florecido y tiene un potencial bajo sus propios códigos. “Es un pretexto para hablar de tradiciones, materiales, cultura popular, diseño, arquitectura y otras historias”, dice Ramiro Chaves, artista, fotógrafo y coleccionista de relojes vintage.

Con las piezas que ha ido encontrando en México, Ramiro ha formado lo que define como una colección ecléctica de microhistorias en las que la relojería y el arte se encuentran. Le atrae este tipo de modelos porque, más que exclusividad o valores astronómicos, las piezas vintage suelen estar especialmente cargadas de simbolismo y múltiples lecturas. Su fascinación por la relojería es una fascinación por el tiempo y sus posibilidades estéticas.





