Durante siglos, medir el tiempo fue una cuestión de precisión. Hoy, en el mundo del lujo, también es una cuestión de experiencia. Quizá por eso no resulta extraño que algunas de las historias más interesantes de la alta relojería hayan comenzado a salir de las vitrinas y las boutiques para instalarse en lugares donde, paradójicamente, lo importante es olvidarse del tiempo.
La hospitalidad se ha convertido en un nuevo territorio para las grandes maisons. El movimiento tiene sentido: un reloj puede contar la historia de una marca durante décadas, pero un hotel permite vivirla en una estancia completa. Desde el diseño de una habitación hasta un restaurante, un spa o la relación con el destino, todo puede convertirse en una extensión del universo de una firma.

Bvlgari es uno de los ejemplos más claros de esta idea. Aunque su historia comenzó como una maison de joyería en Roma en 1884, la firma incorporó relojes a su universo desde las primeras décadas del siglo XX y con el tiempo desarrolló una identidad relojera propia, marcada por piezas como Bvlgari Bvlgari y Octo.
En 2004, la joyera dio un paso que, visto hoy, parece casi natural: abrió en Milán su primer hotel y entró oficialmente en el mundo de la hospitalidad. Aquel Bvlgari Hotel Milano nació en un palazzo del siglo XVIII, en el barrio de Brera, y se convirtió en uno de los lugares favoritos para olvidarse del caos de la ciudad gracias a un jardín de 4,000 metros cuadrados que logra detener el tiempo.
Desde entonces, Bvlgari Hotels & Resorts ha construido una pequeña colección de propiedades en diferentes destinos, cada uno con algo especial. Por ejemplo, en Roma puedes desayunar frente al Mausoleo de Augusto o bajar a su alberca rodeada de columnas de mármol que simulan un baño romano.

Las suites en París cuentan con algunas de las vistas más privilegiadas de la ciudad, con panorámicas de Sacré Coeur, el Grand Palais y la Torre Eiffel. Su propiedad en Bali se ha vuelto famosa por sus villas con alberca privada, a 160 metros sobre el océano Índico. O su playa de arena blanca, a la que no se puede llegar ni por tierra ni por mar, pues los huéspedes bajan en un elevador construido sobre el acantilado. La alberca en el piso 40 del hotel de Tokio es uno de los principales motivos por los que las personas lo visitan, mientras que el encanto de Shanghái está en tomar un drink en el piso 47, frente al Bund y a los rascacielos de Pudong.
Un hotel surgido de una colección de relojes
Muy diferente es el caso de Hotel L’Orologio, en Florencia. Aquí no estamos frente a una maison relojera que decidió entrar a la hotelería, sino frente a un hotel cuya identidad nació directamente de la pasión por coleccionar relojes de su propietario, el empresario italiano Sandro Fratini.
Situado frente a la basílica de Santa Maria Novella, el diseño del hotel convierte al tiempo en el lenguaje principal de sus interiores. Desde el lobby, donde destaca un enorme reloj de Vacheron Constantin, hasta libros, fotografías, objetos y referencias relojeras repartidos por el edificio, la obsesión por la haute horlogerie aparece una y otra vez.

Algo que ha enamorado a quienes se hospedan en el hotel es la temática de cada piso. Cada uno de ellos está dedicado a una de las firmas favoritas del propietario, como Patek Philippe, Rolex y Vacheron Constantin. Además, las habitaciones reciben el nombre de relojes históricos. Algunas incluso incorporan reproducciones o imágenes del modelo que les da nombre.
Por si fuera poco, L’Orologio transforma la obsesión de la relojería en experiencias a partir de pequeños detalles, como manijas inspiradas en relojes o la grifería que recuerda a una corona Oyster.
Se podría decir que aquí el lujo no está en la neutralidad, sino en el conocimiento. Para alguien que conoce la relojería, caminar por el hotel casi se convierte en una búsqueda de referencias. Y para quien no la conoce, la propiedad funciona como una introducción a un universo que normalmente pertenece a boutiques, subastas y colecciones privadas.
L’Orologio plantea así otra posibilidad: que la pasión por la relojería pueda convertirse en una forma de hospitalidad.
Dormir en el corazón de la alta relojería
Quizá ningún ejemplo explique mejor la relación entre territorio, tiempo y hospitalidad que Hôtel des Horlogers en Le Brassus, en Vallée de Joux, Suiza.
Los primeros archivos del establecimiento se remontan a 1857, cuando las primeras manifestaciones de la alta relojería comenzaban a florecer en Vallée de Joux. Originalmente llamado Hôtel de France, el establecimiento estaba relacionado con la antigua ruta postal de la región. En 2003, Audemars Piguet se convirtió en su propietario y lo rebautizó como Hôtel des Horlogers, como homenaje al savoir-faire relojero de la región.

El hotel actual es, en realidad, una reinvención completa de ese legado. Sus 50 habitaciones y suites cuentan con ventanales de piso a techo orientadas hacia el bosque de Risoud, lo que lo hace un hotel con una intervención en el paisaje.
Y ahí está lo interesante: el vínculo con la relojería no se resuelve llenando las paredes de relojes. Se expresa por medio de una filosofía. El hotel habla de precisión, innovación, tradición y tiempo, pero también de algo que resulta mucho más difícil de conseguir en un mundo hiperconectado: tener tiempo para uno mismo.
El propio Hôtel des Horlogers habla de reemplazar las restricciones del tiempo por una sensación de libertad y de conexión con la naturaleza.
La experiencia también lleva al huésped al mundo relojero. El hotel ofrece, por ejemplo, el programa Watch Lovers, que combina alojamiento y desayuno con el acceso al Espace Horloger de Le Sentier, un museo dedicado a la historia y al patrimonio de la relojería de Vallée de Joux. También hay una conexión con el Musée Atelier Audemars Piguet y con experiencias relacionadas con la artesanía relojera de la región.
