Razones para volver a Costa Rica

Viajamos a Costa Rica para visitar el paraíso
natural de Papagayo: una península enclavada en pleno océano Pacífico, entre
playas de arena blanca y uno de los mejores resorts del mundo.

16 Oct 2026

En Papagayo me costaba creerle al paisaje. El mar tenía esa claridad de los fondos de pantalla de Windows, de las imágenes que alguien escogió para pasar el día deseando estar en otra parte. Por momentos parecía generado con inteligencia artificial: demasiado bien puesta la playa, demasiado verde alrededor, demasiado transparente el agua. Me daba una especie de incredulidad estar ahí. Después me metía a nadar y el problema era otro: no quería salir.

Para entonces, Costa Rica ya llevaba varios días conquistándome. Había empezado con el café y continuado con los desayunos, las conversaciones con los guías y unos monos que, cuando abrían la boca, parecían leones. Nuestro recorrido nos llevó de Chachagua y la zona de La Fortuna a Caño Negro, y después al Pacífico de Guanacaste.

1. El café de todos los días

Cada café me sorprendía. Cambiaban el lugar y el método de preparación, y yo volvía a encontrar una taza rica, fresca, de esas a las que les prestas atención después del primer sorbo. Me gustó esa constancia: que el café del desayuno pudiera ser, por sí solo, una buena noticia.

La relación del país con el grano tiene más de dos siglos. La primera exportación documentada salió hacia Panamá en 1820; durante el siglo XIX, el cultivo y su comercio con Europa se volvieron vitales para la economía costarricense. Buena parte de la historia del país se puede seguir por sus cafetales.

Me gusta pensar en eso con la taza enfrente. Entre tanta actividad, el café se convirtió en una pequeña continuidad. Había cambiado el paisaje, habíamos dormido en otro lugar, pero llegaba la taza y yo volvía a tener ese momento de felicidad.

2. Los desayunos que dan ganas de repetir

El gallo pinto fue otra de esas continuidades a las que me acostumbré muy rápido. Arroz y frijoles juntos, bien sazonados, con ese sabor a comida que alguien sabe preparar sin tener que pensar demasiado. Le encontré algo muy familiar. Y estaba la salsa Lizano, que pronto aprendí a identificar por su nombre. Tiene un sabor especiado, entre dulce y ácido, y una relación muy estrecha con el gallo pinto. Su historia se remonta a una pequeña cantina de Alajuela, donde nació en 1920. Una salsa de más de cien años que sigue encontrando qué hacer en la mesa.

También me enamoraron los plátanos con queso y nata o natilla. El dulce del plátano, lo salado del queso, la crema. Se me antojaba repetirlos antes de haber terminado.

Lo que más me gustó de la comida costarricense fue su calidez. Comía algo nuevo y, al mismo tiempo, sentía la comodidad de estar comiendo algo conocido. Entendí muy bien por qué uno puede querer desayunar gallo pinto todos los días.

3. Los guías que tienen una explicación para todo

Mis apuntes de Costa Rica son muy reveladores: junto a los nombres de animales aparecen datos sobre la economía, las familias y la formación del territorio. Me fascinó la cantidad de datos que sabía Michel nuestro guía y, sobre todo, las ganas que tenía de compartirlos.

En una de las conversaciones, la silueta del país se convirtió en un caballito de mar. Nuestro guía iba recorriendo su nariz, su espalda y sus aletas para explicarnos dónde estaban las distintas formaciones geológicas. Después comparó una cámara de magma con una olla de presión. Tenía esa habilidad de encontrar una imagen cotidiana para que pudiéramos seguir una historia que llevaba millones de años sucediendo.

En algún momento le pregunté de dónde sacaba tanta información. “Primero, porque amo mi país”, respondió. Nos contó que trabajaba como promotor internacional con el Instituto Costarricense de Turismo y que le gustaba leer para entender mejor el lugar que explicaba. Había querido ser veterinario y terminó estudiando biología tropical. Se interesó en las ranas venenosas y después en las serpientes. El turismo había ido encontrando su lugar en esa historia.

Me gustó conocerlo así, a partir de lo que sabía y de cómo había llegado a saberlo. Entre las explicaciones también aparecieron sus hijos y su familia. Habíamos empezado hablando de cordilleras y terminamos hablando de su vida.

4. Los cambios de paisaje

Michel nos anticipó lo que encontraríamos al pasar hacia Papagayo: un cambio fuerte de vegetación y de clima en un trayecto muy corto. Hablaba del Caribe y del Pacífico como de dos países dentro de uno. Era una buena manera de empezar a entender un territorio que en el mapa parece pequeño y, sobre el terreno, tiene tantas diferencias.

Aquí el calendario de cuatro estaciones sirve poco para orientarse. En el Pacífico se distinguen una temporada seca y otra lluviosa; el Caribe tiene un régimen de lluvias diferente. También importa la altitud y la posición respecto a las montañas.

5. El río Frío y Caño Negro

En Caño Negro, esa atención se vuelve muy concreta. Jorge, uno de nuestros guías, podía explicarnos cómo reducir el efecto de una visita al bosque y, de pronto, señalar un caimán de anteojos asoleándose con la boca abierta. La conversación tenía interrupciones así. Había que mirar cuando él decía.

El río Frío alimenta el sistema de humedales de Caño Negro, en el norte del país, cerca de Nicaragua. La laguna y las áreas que se inundan a su alrededor cambian con las lluvias. Desde el 27 de diciembre de 1991, Caño Negro está reconocido como sitio Ramsar, un humedal de importancia internacional. La designación abarca 9,969 hectáreas, valiosas, entre otras razones, para las aves residentes y migratorias.

Saberlo cambia la escala de lo que estás viendo. Ese lugar forma parte de los recorridos de aves que cruzan fronteras y necesitan sitios donde detenerse y alimentarse. Nosotros estábamos ahí por unas horas. Para ellas, ese humedal puede ser una parada necesaria en un viaje muchísimo más largo.

Me quedé con las explicaciones de Jorge y con esa manera suya de observar mientras hablaba. Yo todavía procesaba lo que acababa de contar cuando él ya había encontrado algo más.

6. Los monos que suenan como leones

El sonido de los monos aulladores fue uno de los sucesos que más me gustaron del viaje. Es grave, poderoso, desproporcionado. Parece que hay un animal mucho más grande escondido entre los árboles. Me recordaba a un león. Podría haberme quedado un buen rato escuchándolos.

Jorge nos explicó por qué había que resistirse a imitarlos. Los aullidos sirven para la defensa del territorio; una imitación puede ser interpretada como la presencia de otro macho. Entonces el animal responde, se mantiene en alerta y gasta energía. Lo que para un visitante puede parecer una ocurrencia tiene consecuencias para el mono.

“Pierden energía haciéndolo”, nos dijo. Esa frase me ayudó a entenderlo. Es fácil olvidarse de que un animal tiene cosas que hacer, necesita descansar y hay un territorio que debe cuidar, mientras nosotros estamos tratando de verlo mejor o de conseguir una fotografía.

7. La seriedad con la que cuidan lo que tienen

Las conversaciones sobre conservación siguieron. Hablamos de las grabaciones que se utilizan para atraer aves y de las fotografías para las que alguien sostiene un animal silvestre. Jorge nos contaba cómo han ido cambiando ciertas prácticas turísticas y cómo los propios guías tienen que cambiar con ellas.

Costa Rica impulsa la campaña Stop Animal Selfies para desalentar las imágenes que implican tocar, cargar o forzar el contacto con fauna silvestre. Propone observar a distancia, en silencio y respetando el comportamiento del animal. Para quien quiera abrazar un perezoso en la foto, la alternativa de la campaña es un peluche.

Me gustó esa solución. Tiene cierto sentido del humor y deja muy claro dónde está el límite.

Michel también nos habló de su trabajo con comunidades: ayuda a las familias a recibir a viajeros y encontrar una fuente de ingresos alrededor de los recursos de su entorno. Lo resumió con una frase: “Vivir del bosque sin destruirlo”. Hablaba de llevar visitantes a lugares menos saturados y de que el dinero del turismo llegara a más personas.

En el viaje, esa importancia que se le da al ambiente aparecía una y otra vez en las explicaciones. Me gustó que nos involucraran, que visitar un lugar incluyera aprender cómo comportarnos en él, aunque eso significara renunciar a una foto.

8. La gente y las muchas maneras de decir “pura vida”

Me cayeron muy bien los costarricenses que conocí. Así, sencillamente. Disfruté conversar con ellos, hacer preguntas y escuchar las respuestas, que muchas veces terminaban en otro tema. Sentí cercanía. Esa buena onda fue una parte muy importante del viaje y se me quedó tan presente como algunos paisajes.

También me dio curiosidad la expresión que escuchábamos todo el tiempo: “pura vida”. Sirve para saludar, despedirse, agradecer o decir que todo está bien. Cambia con el momento y con la persona que la dice. Pronto deja de sonar como una frase característica de un destino y empieza a formar parte de una conversación.

Su historia tiene una conexión mexicana que me encantó conocer. Los estudios del lingüista Víctor Sánchez Corrales, recogidos por la Universidad de Costa Rica, vinculan su difusión con la película mexicana Pura vida, estrenada en 1956 y protagonizada por Antonio Espino, Clavillazo. Su personaje la repetía con optimismo incluso cuando las cosas le salían mal. En Costa Rica, la expresión adquirió usos propios, incluidos el saludo y la despedida.

9. El mar de Papagayo

Y después está el mar. Podría dedicarle una lista entera.

El Four Seasons Resort Peninsula Papagayo tiene acceso directo a dos playas, Blanca y Virador, rodeadas de la vegetación del bosque tropical seco de Guanacaste. Playa Blanca se abre a aguas de tonos verdes; Virador tiene esos azules que cuesta trabajo describir sin recurrir a una comparación exagerada.

Yo pensé en un fondo de pantalla. También en una película. Había algo en la combinación del agua transparente y el verde alrededor que me hacía sentir dentro de una imagen que normalmente se mira desde lejos. Me costaba creer que pudiera estar ahí mientras nadaba.

El mar que me tocó fue perfecto para hacerlo. Tenía una claridad impresionante y yo quería quedarme adentro. Me cuesta explicar lo agradable que era sin repetir que no quería salir, pero esa es la verdad. Había llegado a uno de esos lugares donde el plan para después puede esperar.

Ahí hice el mejor buceo con esnórquel de mi vida. Nunca había visto tantos peces en una misma salida. Vimos bancos enteros, una cantidad que me tenía mirando de un lado a otro, y una mantarraya. Ese recuerdo tiene una nitidez especial: el agua, los peces, mi atención completamente puesta en lo que había debajo de la superficie.

Me gustó muchísimo que el mar tuviera ambos. Desde la playa era una imagen casi increíble; al meter la cara en el agua, aparecía toda esa vida. Había otro motivo para seguir ahí: cada banco de peces alargaba mis ganas de quedarme un poco más.

10. Un hotel del que no me quería ir

El Four Seasons tuvo mucho que ver con mis ganas de quedarme en Papagayo. Lo que más me gustó fue poder vivir la naturaleza costarricense con ese grado de comodidad. Tener el bosque y el mar tan cerca, salir a nadar, volver, descansar y saber que el agua seguía ahí. La posibilidad de repetir, de pasar otro rato en la playa sin sentir que había que buscar un plan distinto para aprovechar el día.

El servicio es una parte importante de esa sensación. Me gustó la calidez del trato, lo bien que se siente estar atendida en un lugar así. Hay mucho trabajo detrás de una estancia que se siente fácil.

El hotel ofrece maneras muy distintas de pasar el tiempo: kayak, paddleboard, esnórquel y recorridos por la naturaleza con su equipo de Papagayo Explorers. Se puede dedicar el día a salir y aprender del entorno, o reservar buena parte de él para descansar.

En nuestro itinerario, Papagayo ocupaba cuatro noches. Entendí pronto por qué se le había reservado tanto tiempo y, aun así, me daban ganas de tener más. Después de los recorridos por el interior, de las explicaciones y los descubrimientos, había llegado a un sitio donde podía quedarme con una sola cosa por hacer durante un buen rato.

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